Familias denuncian violencia y abandono en las cárceles militarizadas de Ecuador.
Los informes indican torturas, hambrunas y muertes de prisioneros tras la declaración de un conflicto armado interno.
247 - Familiares de personas privadas de libertad han denunciado una vez más una serie de violaciones de derechos humanos en las cárceles ecuatorianas, marcadas por la militarización, la falta de alimentos, enfermedades y muertes que, según ellos, podrían haberse evitado. Los representantes de las familias afirman que la situación ha empeorado significativamente tras la ampliación de la presencia de las Fuerzas Armadas en las cárceles, ordenada por el gobierno ecuatoriano a principios de 2024.
Las acusaciones fueron detalladas en una entrevista concedida a Prensa Latina por Estefanía Garzón, portavoz de la Alianza de Familiares de Personas Privadas de Libertad, una organización formada por familiares de reclusos que exige respuestas del Estado y la supervisión del sistema penitenciario. "Llevamos dos años luchando contra esta militarización", declaró Garzón, al relatar la visita del grupo a la Legislatura para exponer lo que describió como los horrores vividos en las cárceles.
Según ella, el decreto del presidente Daniel Noboa, que declaró el conflicto armado interno en enero de 2024, profundizó el sufrimiento en las cárceles. "Solo nos demostró su crueldad con las personas privadas de libertad" y también con sus familias, afirmó la portavoz, criticando la constante presencia de agentes uniformados en los centros penitenciarios.
Garzón explicó que la Alianza surgió “del dolor de las familias, de la falta de respuesta de este Estado indiferente” y denunció prácticas como el aislamiento prolongado, la escasez de alimentos y las muertes recurrentes. “No tienen por qué morir golpeados, torturados ni de hambre, que es lo que estamos viviendo hoy”, enfatizó.
Según el relato, hubo periodos en los que el propio gobierno dejó de proporcionar alimentos a los presos, obligando a las familias a asumir este costo. «Somos un grupo de mujeres trabajadoras, madres y ancianas», dijo Garzón, enfatizando que las personas encarceladas «no son basura humana, son personas».
La portavoz también denunció casos de desapariciones, entierros sin previo aviso a las familias y certificados de defunción que indican "muertes naturales" en situaciones incompatibles con las condiciones observadas. "El Estado los está dejando morir", afirmó, mencionando enfermedades como la tuberculosis, la deshidratación y la falta de agua en las cárceles. Según ella, la demanda de las familias no es la liberación de los presos, sino el cumplimiento de la ley. "No pedimos su liberación, solo que se cumpla la ley", declaró, haciendo un llamamiento a los familiares para que se organicen contra la impunidad.
Ecuador atraviesa una grave crisis en su sistema penitenciario, marcada por masacres, motines y miles de muertes en los últimos años. A pesar de la militarización de las cárceles y las calles, las organizaciones de derechos humanos consideran que problemas estructurales como el hacinamiento, la falta de servicios básicos y el control de las facciones criminales siguen sin resolverse.
Los datos citados por Garzón indican aproximadamente 800 muertes en cárceles ecuatorianas que no están relacionadas con motines, sino con las malas condiciones sanitarias y el hambre. El 9 de noviembre, al menos 30 presos murieron en una penitenciaría del sur del país, sospechosos de asfixia. Un mes después, en el mismo lugar, se registraron otras 13 muertes tras la detonación de un artefacto explosivo en el exterior de la prisión, sin que se haya esclarecido la relación directa entre los hechos.
La situación se agrava por las muertes asociadas a la tuberculosis, especialmente en el Penal del Litoral, el más grande del país, y por los traslados al Penal de Encuentro, una unidad de máxima seguridad que aún está inconclusa y no ha recibido visitas de organizaciones de derechos humanos, prensa ni activistas.
Según un informe del servicio penitenciario, el sistema penitenciario de Ecuador alberga entre 31 y 37 reclusos, con una tasa de hacinamiento estimada en 38%, situación que refuerza las denuncias de colapso y abandono realizadas por los familiares de los presos.

