180 años de “Pobres”: Dostoievski y la vigencia del odio hacia los pobres hoy.
Una novela que expone la humillación estructural de la pobreza y ayuda a entender por qué el odio hacia los pobres sigue siendo tan frecuente en el Brasil de hoy.
En 1846, Fiódor Dostoievski publicó "Pobres gentes", su primera novela. 180 años después, la obra sigue siendo inquietantemente relevante, retratando una realidad que abarca siglos: el desprecio de las élites por los pobres.
Makar Devúchkin, modesto funcionario y protagonista de la obra, trabaja, sigue las normas y se esfuerza por mantener cierta dignidad. Aun así, sigue siendo miserable. Dostoievski desmantela la idea, tan arraigada en las ideologías liberales, de que el trabajo, en sí mismo, conduce al progreso social. La pobreza no se presenta como un defecto individual, sino como producto de una posición estructuralmente subordinada. Sin embargo, lo más cruel de esta condición es que Devúchkin internaliza la culpa de su propia miseria. Se avergüenza de su abrigo desgastado, de su precaria vivienda, de su forma de hablar. No culpa a la sociedad. Se culpa a sí mismo. La miseria, por lo tanto, deja de ser meramente material para convertirse en un defecto moral.
La figura de Varvara Dobrossiolova profundiza aún más esta crítica. Varvara trabaja, ahorra, se sacrifica e intenta, con enorme esfuerzo, preservar su dignidad en condiciones extremas. Aun así, es víctima de innumerables humillaciones. Carga no solo con el peso de la pobreza, sino también con la opresión de género. Su supervivencia depende de favores, concesiones y, en última instancia, de un matrimonio que no representa libertad, sino sumisión. Varvara no fracasa por falta de esfuerzo, sino porque el mundo no le ofrece alternativas reales. Dostoievski revela, con enorme sensibilidad, que para las mujeres pobres, la miseria es aún más cruel. Su sufrimiento desmantela definitivamente la narrativa meritocrática según la cual «quien se esfuerza, triunfa».
Esta lógica se extiende a lo largo del siglo XIX y reaparece con fuerza en el Brasil contemporáneo, especialmente en el discurso de Bolsonaro. La pobreza se explica como consecuencia de la pereza, la falta de esfuerzo o la dependencia del Estado. Se retrata a los pobres como personas que viven de privilegios indebidos, como parásitos sostenidos por políticas públicas como la Bolsa Familia. Al igual que en la Rusia descrita por Dostoievski, la desigualdad se naturaliza y la miseria se reinterpreta como una elección individual. El odio a los pobres, en este discurso, aparece disfrazado de moralismo, meritocracia y la defensa del supuesto "buen ciudadano".
"Pobres" denuncia que esta opresión se sustenta no solo en la explotación económica, sino también en la humillación cotidiana. Devúchkin se disculpa constantemente por existir, por ser una molestia, por ocupar espacio. Acepta la caridad como un favor, nunca como un derecho. Esta humillación es funcional; es decir, una sociedad profundamente desigual necesita que los pobres se sientan pequeños, culpables y agradecidos. El bolsonarismo actualiza precisamente este mecanismo al atacar a los beneficiarios de las políticas sociales, a los residentes de la periferia y a los trabajadores precarios como responsables de sus desgracias. La limpieza social se expande con fuerza.
Es cierto que "Pobres" no presenta una solución política organizada. Dostoievski, en esta etapa temprana de su obra, aún recurre a la compasión y al sufrimiento resignado como posibles respuestas a la miseria. Esta es la limitación de la novela. Aun así, su fuerza crítica es inmensa. Al humanizar a sus personajes, el autor expone con precisión los efectos subjetivos de una sociedad desigual, mostrando cómo erosiona la autoestima, fragmenta los vínculos y transforma la vida en mera supervivencia.
Aquí es donde la analogía con los recientes acontecimientos brasileños se hace inevitable. Los programas sociales desarrollados durante los gobiernos de Lula (como la Bolsa Familia, el aumento del salario mínimo, las políticas para combatir el hambre y la ampliación del acceso a la educación) no representaron una simple transferencia de ingresos. Representaron una ruptura con la lógica de la humillación. Al garantizar condiciones mínimas de existencia, estas políticas afirmaron que los pobres no necesitan disculparse por vivir. Contrariamente a lo que afirma el discurso de Bolsonaro, restauraron la dignidad donde antes había vergüenza.
No es casualidad que estas políticas hayan provocado reacciones tan violentas. El odio hacia los pobres se intensifica cuando dejan de ser invisibles. Al igual que en la Rusia zarista, en "Pobres", el ataque a las políticas sociales revela menos preocupación por la economía y más miedo a la igualdad. El problema nunca ha sido el coste fiscal, sino el coste simbólico de reconocer a los pobres como sujetos de derechos y, sobre todo, de dirigir todos los esfuerzos a la erradicación de la pobreza.
En un mundo que produce riqueza a una escala sin precedentes y concentra recursos en manos de supermillonarios, erradicar la pobreza sería perfectamente posible desde un punto de vista material. El escándalo contemporáneo no es la escasez, sino la abundancia monopolizada. Si en el siglo XIX la miseria se explicaba por la productividad limitada, en el siglo XXI solo puede explicarse por la negativa deliberada a redistribuir la riqueza y reconocer la dignidad de quienes viven de su trabajo.
Celebrar el 180.º aniversario de "Pobres" es, por tanto, un gesto crítico y político. Dostoievski nos recuerda que una sociedad que desprecia a sus pobres no solo es injusta, sino profundamente deshumanizada. Si, después de casi dos siglos, su novela sigue siendo tan relevante, es señal de que seguimos viviendo en un mundo que insiste en confirmar, con nuevos discursos y viejos prejuicios, lo que él denunció con tanta claridad.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.
