8 de enero: La democracia atacada, la democracia victoriosa.
El intento de golpe fracasó, las instituciones resistieron y el país reafirmó que el voto popular y la Constitución no pueden ser reemplazados por la violencia.
El 8 de enero de 2023 no fue un incidente aislado ni un exceso. Fue un intento deliberado de ruptura democrática, construido durante meses. Ese domingo, la democracia brasileña fue atacada cobarde, violenta y sistemáticamente por grupos que se negaron a aceptar los resultados electorales y decidieron sustituir el voto democrático por el autoritarismo, la política por la barbarie y la Constitución por la arbitrariedad.
No hubo ingenuidad, improvisación ni espontaneidad. Hubo planificación, financiamiento, estímulo político y colusión. El ataque a la sede de los tres poderes del Estado tuvo el objetivo explícito de anular la voluntad popular expresada en las urnas, coartar las instituciones y crear un clima de caos que propiciara un golpe de Estado. Fue un ataque frontal al Estado Democrático de Derecho.
Quienes intentan reescribir los hechos, minimizar los crímenes o presentar el 8 de enero como una mera "manifestación" perjudican la verdad histórica y la democracia. Lo ocurrido en Brasilia fue terrorismo político. Fue la negación consciente del orden constitucional. Fue la culminación de una escalada golpista alimentada por años de desinformación, ataques sistemáticos a las instituciones e incitación al odio contra la política y contra el propio régimen democrático.
Sin embargo, la respuesta de la democracia fue más contundente. Las instituciones reaccionaron. El Supremo Tribunal Federal cumplió con su función constitucional. El Congreso Nacional se posicionó en defensa de la legalidad. El gobierno democráticamente elegido actuó para restablecer el orden y garantizar el funcionamiento del Estado. La sociedad brasileña, en su gran mayoría, rechazó la aventura autoritaria.
Esta reacción fue decisiva. Demostró que la democracia brasileña no es frágil, pero tampoco automática. Necesita ser defendida, protegida y fortalecida día a día. Necesita leyes, instituciones, memoria y, sobre todo, rendición de cuentas.
Por lo tanto, cualquier debate sobre la amnistía es inaceptable. No hay democracia posible sin consecuencias para quienes intentan destruirla. Otorgar amnistía a los golpistas es legitimar el crimen político, mostrar tolerancia al colapso institucional e invitar a nuevos ataques autoritarios. Los países que han minimizado los ataques a la democracia lo han pagado caro. Brasil no puede repetir este error.
Exigir responsabilidades a la gente no es venganza. Es un compromiso con el futuro. Es garantizar que la Constitución no sea meramente decorativa, sino un pacto vivo. Es afirmar que la soberanía popular no es negociable y que el voto no puede ser reemplazado por la violencia.
Tres años después, Brasil continúa reconstruyendo políticas públicas, reconstruyendo vínculos con la comunidad internacional y reafirmando los valores democráticos erosionados. Esta reconstrucción solo es posible porque el golpe fracasó. Fracasó porque la democracia resistió.
El 8 de enero debe seguir siendo un hito y una advertencia. Un hito del intento de ruptura con el statu quo. Una advertencia permanente de que el autoritarismo no desaparece, solo cambia de forma. Nos corresponde a nosotros, representantes electos y ciudadanos, asegurarnos de que nunca más vuelva a tener cabida.
La democracia fue atacada, pero prevaleció. Y seguirá prevaleciendo mientras se defienda con firmeza y verdadero patriotismo.
Viva la democracia. Sin amnistía.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.



