¿Podrá la democracia brasileña superar el desafío actual?
“Retroceder en este momento es ceder terreno a los golpistas. Este es el momento de detener el avance del golpe antes de que sea demasiado tarde”, escribe Emir Sader.
La ruptura de la democracia fue desastrosa para Brasil. En 1964, en nombre de la defensa de la democracia, las Fuerzas Armadas instauraron la dictadura más violenta que el país había conocido hasta entonces. Las consecuencias aún pesan sobre Brasil. Entre ellas, destaca la propia presencia política de las Fuerzas Armadas, que se consideran la institución capaz de salvar al país de la subversión.
La nueva ruptura, en 2016, se produjo después de que Brasil hubiera disfrutado de casi tres décadas de continuidad democrática, lo que permitió al país, a través del voto mayoritario de la población, tener gobiernos del PT que promovieron políticas para luchar contra la desigualdad y la exclusión social y regional.
Los gobiernos de los últimos seis años han conducido al país de vuelta a regímenes autoritarios, que llegaron al poder mediante mecanismos arbitrarios e ilegales. El país ha vuelto a tener gobiernos antidemocráticos, y los retrocesos, en todos los niveles —económico, social, político y cultural— han sido brutales.
El actual presidente representa la amenaza más reciente y grave para la democracia en Brasil. Desacata las decisiones judiciales, desafía las instituciones y busca consolidar su poder autocrático.
Su reciente decreto representa un hito más en esta senda que busca desmoralizar al Poder Judicial y al Congreso. Desobedeció la decisión del Poder Judicial y nombró personalmente a Daniel Silveira para ocupar cargos en cinco comisiones de la Cámara de Diputados.
Pero también se aprovecha de la situación, ante la falta de una reacción adecuada del Poder Judicial, para lanzar nuevas amenazas. Entre ellas, este nuevo desafío al TSE (Tribunal Superior Electoral), afirmando que las Fuerzas Armadas realizarían su propio recuento de votos. Esta posibilidad daría pie a sus acusaciones de fraude electoral mediante máquinas de votación electrónica y le abriría la puerta a repetir las acciones de Donald Trump, quien amenazó con no entregar la presidencia debido a un supuesto fraude en el recuento de votos.
Esto, en sí mismo, constituye una postura abiertamente golpista. Comprometería a las Fuerzas Armadas al cuestionar los resultados electorales, que son la base del golpe. Y, además, pondría de manifiesto el camino hacia el proyecto golpista.
No solo eso. Aprovechó las circunstancias para invocar, por primera vez, la posibilidad de suspender las elecciones si surgían situaciones graves. Teniendo en cuenta que mintió al afirmar que la decisión del Tribunal Supremo había generado situaciones de caos, cabe imaginar sus criterios para definir situaciones anómalas.
Así avanza por la senda del golpe, detallando las formas en que atacará la democracia. Sin la resistencia adecuada.
La Corte Suprema, cuyas decisiones han sido irrespetadas, actúa con suma moderación, considerando profundamente el poder arbitrario que ejerce el presidente. Esto demuestra que el Poder Judicial no está dispuesto a intensificar la lucha de poder.
Ceder ahora significa aceptar las actitudes dictatoriales del presidente, tolerar nuevas amenazas y facilitar el golpe de Estado. Es hora de detener el avance del golpe antes de que sea demasiado tarde.
Una cosa es no aceptar el debate sobre los términos propuestos por el presidente. Otra muy distinta es no contribuir a que él defina la agenda nacional. Discutir el decreto presidencial es seguirle el juego. Pero ignorar las nuevas amenazas —investigaciones electorales paralelas por parte de las Fuerzas Armadas y la posibilidad de suspender las elecciones— es tolerar las posturas más abiertamente golpistas que jamás hayamos visto.
Aceptar también el papel de las Fuerzas Armadas en el ámbito electoral. Aceptar la posibilidad de que el presidente suspenda las elecciones por decreto. Estos son límites que la democracia no puede tolerar, so pena de ser sepultada sin retorno.
Solo una combinación de una respuesta firme del Poder Judicial, una votación en la Cámara de Diputados que impida las impugnaciones de los partidarios de Bolsonaro, manifestaciones generalizadas de todos los sectores democráticos y movilizaciones masivas pueden evitar este nuevo y grave desafío a la democracia.
La elección de Lula en la primera vuelta es un elemento indispensable para prevenir intentos de golpe de Estado.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.
