La derrota de la moral golpista
'Las detenciones ordenadas por el Tribunal Supremo son un paso fundamental para que la democracia deje de ser siempre provisional y se convierta finalmente en permanente.'
La historia política brasileña está marcada por la presencia persistente y a menudo dominante de las Fuerzas Armadas en la lucha por el poder. Desde la Proclamación de la República —que, lejos de ser un movimiento popular, fue un golpe militar orquestado por Deodoro da Fonseca y Benjamin Constant—, una especie de "moral golpista" ha habitado parte del imaginario y la cultura militar brasileña. Una lógica según la cual los hombres armados tendrían no solo el derecho, sino también el deber de intervenir cuando juzgaran que la Nación necesitaba ser "corregida".
Esta mentalidad resurgió con fuerza en diferentes momentos: en 1930, cuando Getúlio Vargas llegó al poder apoyado por un movimiento militar; en 1937, cuando estableció el Estado Novo mediante un autogolpe apoyado por el cuerpo de oficiales; en 1945, cuando fue depuesto por quienes lo habían apoyado; y de nuevo en 1954, cuando la presión y las amenazas de sectores de las Fuerzas Armadas precipitaron el suicidio de Vargas. Cada uno de estos episodios reafirmó el sentido de autoridad de los militares sobre el destino de la nación.
En 1964, esta moral alcanzó su forma más brutal. Los oficiales se dieron carta blanca para derrocar a un presidente legítimamente electo e instaurar una dictadura que torturó, asesinó y desapareció a cientos de brasileños. Al final, no hubo castigo. Al contrario: hubo una amnistía amplia, general e irrestricta, y en ella germinó la creencia militar de que los golpes de Estado, cuando fueran "necesarios", serían tolerados.
El resultado de esta permisividad histórica reapareció en 2022-2023, cuando documentos, mensajes y testimonios de la Acción Criminal 2668 revelaron que militares en activo y en reserva conspiraban para derrocar a un gobierno electo. El intento fue derrotado el 8 de enero de 2023, pero la cultura que lo sustentaba sigue viva. Y parte de la sociedad, alimentada por discursos conspirativos, continuó creyendo en mitos salvacionistas y fantasías autoritarias.
La tesis central es simple: la falta de castigo para los golpistas del pasado ha fortalecido y normalizado la moral golpista del presente. Cada vez que los militares han atacado la democracia y han quedado impunes, han transmitido a sus sucesores la idea de que el uniforme confiere poder moderador, cuando, en realidad, la Constitución solo les asigna la defensa de la Patria, la ley y el orden bajo la autoridad civil.
La tardía, pero necesaria, represión comienza ahora. Con la condena de cientos de acusados y, sobre todo, con las órdenes de arresto emitidas contra Jair Bolsonaro —líder político de la conspiración— y contra los generales Augusto Heleno, Braga Netto y Paulo Sérgio, así como el excomandante de la Marina Almir Garnier, figuras centrales de la radicalización dentro de los cuarteles militares, Brasil entra en una nueva fase.
Por primera vez desde 1889, un intento de golpe de Estado que involucra a altos funcionarios se considera un delito, no un desacuerdo político. Por primera vez, el uniforme ya no es un escudo. Y por primera vez, la sociedad y las instituciones dejan claro que no aceptarán más intentos autoritarios.
Este proceso no resuelve el problema, pero lo afronta. Es una medida correctiva tardía, pero indispensable. El castigo ejemplar de los responsables —tanto civiles como militares— y el rechazo firme a cualquier amnistía son ahora una obligación democrática. Funcionan como un herbicida aplicado a las raíces de una mala hierba que ha crecido durante más de un siglo.
Con las órdenes de arresto emitidas contra Bolsonaro, Augusto Heleno, Braga Netto, Paulo Sérgio y Paulo Garnier, Brasil finalmente comienza a vencer la moral golpista. Un paso fundamental para que la democracia deje de ser siempre provisional y se convierta finalmente en permanente.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.



