La despolitización de la justicia es una agenda histórica de la izquierda
Entiendo que la agenda de revisión del Poder Judicial no puede ser bloqueada por las posiciones presentadas por los fascistas.
En la primera década del siglo XXI, el bando democrático, popular y progresista ejerció un predominio político significativo en los gobiernos y parlamentos de Sudamérica. Este fue el caso de Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina, Uruguay y Brasil.
En estos países, la clase dominante tenía como fuerza auxiliar, enquistada en la estructura del Estado, el Poder Judicial, que, junto a las Fuerzas Armadas y la burocracia, es una institución históricamente originaria del antiguo régimen feudal-absolutista que, a pesar de no tener representación –pues tiene relativa autonomía administrativa y política–, se adaptó (como el “leopardo” de Tomaso di Lampedusa) plenamente a las necesidades del Estado liberal, para servir a quienes controlaban el poder político.
Así, los gobiernos populares y democráticos, a lo largo de la implementación de sus políticas públicas, sufrieron una violenta interdicción, a través de decisiones judiciales que invadieron la esfera de competencia de los Poderes Ejecutivo y Legislativo.
En 2012, el expresidente uruguayo Pepe Mujica, ante un creciente clima político en el sistema de justicia, afirmó: "La política ha sustituido al sistema legal. La ley debe adaptarse a la vida, no la vida a la ley".
En ese momento, los medios de comunicación de la clase dominante elogiaron al Poder Judicial, al que erróneamente consideraron el "poder del siglo XXI", afirmando que "sin un Poder Judicial independiente y eficaz no hay un control adecuado del poder y, en consecuencia, ninguna garantía efectiva del respeto a los derechos humanos".
Así lo afirmaron también ciertos sectores de la izquierda en Brasil, que argumentaron que la garantía de los derechos fundamentales previstos en la Constitución de 1988 sólo podía lograrse mediante la fuerza del Poder Judicial.
Así, en aquella época, muchos jueces concedieron medidas cautelares que obstaculizaron gobiernos como el del entonces alcalde de São Paulo, el profesor Fernando Hadadd, quien llegó a afirmar que la judicialización de la política impedía la implementación de políticas públicas en su ciudad.
Entre 2009 y 2011, el Supremo Tribunal Federal (STF) promovió un festival de persecución política a lo largo del juicio mediático del escándalo del "mensalão", que fue transmitido casi a diario en canales de televisión controlados por la clase dominante, para criminalizar la política y, en particular, al Partido de los Trabajadores.
En 2013, la presidenta Cristina Kirchner presentó proyectos de ley al Congreso argentino para democratizar el Poder Judicial, afirmando que «al introducir medidas cautelares, se puede interrumpir la aplicación de las leyes». Cristina Kirchner tomó esta iniciativa porque, tras la aprobación por el Parlamento argentino de la importante «Ley de Medios», que regulaba el control económico de las empresas mediáticas, una medida cautelar suspendió la vigencia de la ley, aprobada en 2009 tras un amplio debate político en la sociedad.
Ese mismo año, la Corte Suprema de Argentina declaró inconstitucional la Ley 26.855, que aumentó el número de miembros del Consejo de la Magistratura de 13 a 19 y determinó que 12 de ellos serían elegidos por voto directo de la población. El argumento de inconstitucionalidad fue que «la propuesta violaba el principio de separación de poderes», que, en realidad, es un instrumento de control político empleado por la clase dominante para mantener un control efectivo sobre la estructura del Estado liberal. Cabe destacar que el único juez que votó a favor de la constitucionalidad de la mencionada ley fue el jurista Eugenio Raúl Zaffaroni.
En 2013, un debate similar estalló en Brasil, donde el Partido de los Trabajadores y sus líderes cuestionaron la actuación política del Poder Judicial. En un enfrentamiento entre el diputado Marco Maia, del Partido de los Trabajadores (PT/RJ), y el entonces presidente de la Cámara de Diputados, Joaquim Barbosa, quien a la sazón era presidente del Supremo Tribunal Federal (STF), reafirmando la autoridad del Tribunal, Barbosa declaró: «En Brasil, en cualquier asunto de carácter constitucional, la última palabra la tiene el Supremo Tribunal Federal (...) No tengo nada más que decir». En respuesta al presidente del Supremo Tribunal Federal (STF), Marcos Maia afirmó que «el Poder Judicial se ha arriesgado a interpretaciones circunstanciales de la Constitución», lo que requeriría una postura firme del Poder Legislativo.
En ese escenario, en que la politización de la justicia impidió acciones políticas desde el campo popular, democrático y progresista, la Comisión de Constitución y Justicia de la Cámara de Diputados aprobó un parecer favorable a la PEC 33/2011, de autoría del diputado Nazareno Fonteles, del PT/PI, que estableció que una decisión judicial que declare inconstitucional una enmienda a la Constitución debe ser sometida a reexamen por el Congreso Nacional, en la medida en que la soberanía popular efectiva no reside en el poder judicial, sino en el parlamento y, por tanto, son los representantes del pueblo los que deben efectivamente “decir qué es la Constitución”.
Curiosamente, el 24 de abril de 2013, cuando el dictamen sobre la constitucionalidad de la PEC 33/2011 fue aprobado por la CCJ de la Cámara de Diputados, el ministro Gilmar Mendes concedió una medida cautelar suspendiendo el proceso de votación del Proyecto de Ley 14/2013, de la Cámara de Diputados, que estaba en trámite en el Senado Federal, después de ser aprobado por la Cámara, que trataba sobre la transferencia de parlamentarios a otros partidos de la misma legislatura, fondos del fondo de los partidos y propaganda electoral.
Es importante recordar que el mismo ministro Gilmar Mendes, presionado por la clase dominante y sus tentáculos insertos en los medios corporativos, en 2016 concedió una medida cautelar impidiendo el nombramiento de Luís Inácio Lula da Silva como ministro de la Casa Civil, un intento de la presidenta Dilma Rousseff de frenar el “golpe con la Corte Suprema y todo”, que culminó en su impeachment.
Como se puede observar, las luchas por la democratización del Poder Judicial y contra sus posibles abusos constituyen una vieja bandera sostenida por el campo popular y progresista, que más sufre las persecuciones impuestas por la clase dominante.
Resulta que, como resultado de las medidas de combate al fascismo en Brasil y de la amenaza del gobierno 2019-2022, que intentó imponer una dictadura en el país, la bandera de la despolitización de la justicia y la reforma democrática del Poder Judicial fue dejada de lado por la izquierda.
Al mismo tiempo, esta agenda ha sido secuestrada por la ultraderecha, que ataca al sistema de justicia para intentar lograr sus proyectos de poder y amenaza con remover a los jueces que simplemente cumplieron con la Constitución y trabajan para promover la rendición de cuentas de quienes intentaron un golpe de Estado el 08 de enero de 2023.
Sin embargo, la izquierda necesita retomar esta lucha histórica por la reforma del Poder Judicial, siguiendo el ejemplo de lo que ocurre en México, cuyo Parlamento aprobó una ley que exige que los miembros del poder judicial sean elegidos directamente por la población. Necesitamos recuperar esta agenda, necesaria para revitalizar un poder esencialmente burocrático, hasta ahora utilizado para reprimir a la clase trabajadora y servir a la clase dominante, que arroja a miles de personas negras y pobres a un sistema penitenciario ya declarado por el Supremo Tribunal Federal (STF) como un "estado de cosas inconstitucional", que sirve no solo para "limpiar" la sociedad, sino también para eliminar, cuando es necesario, a importantes líderes políticos del campo democrático, popular y progresista.
Por todo ello, entiendo que la agenda de revisión del Poder Judicial no puede ser bloqueada por las posiciones presentadas por los fascistas, y debe ser retomada por una izquierda decidida que no tenga miedo de entablar las discusiones necesarias con la sociedad y todo el ambiente político.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.



