La extrema derecha gana terreno en América Latina y Brasil entra en la zona de peligro.
La victoria de la ultraderecha en Costa Rica, decidida en primera vuelta, destruye el mito de que las democracias “ejemplares” son inmunes.
Desde la victoria confirmada de la extrema derecha en Costa Rica hasta el riesgo brasileño. Incluso con Lula como favorito, octubre podría rehabilitar el bolsonarismo por nuevas vías.
La victoria de la extrema derecha en Costa Rica, decidida en primera vuelta, destruye el mito de que las democracias "ejemplares" están a salvo del autoritarismo. La señal es continental y llega a Brasil en un año electoral decisivo. Jair Bolsonaro está en prisión. El proyecto político que intentó destruir el Estado de derecho democrático sigue activo, organizado y a la espera de un nuevo punto de entrada.
Cuando cae la excepción, la advertencia se vuelve inevitable.
El domingo 1 de febrero de 2026, Costa Rica entró oficialmente en el mapa del auge de la ultraderecha latinoamericana. Las elecciones presidenciales se decidieron en primera vuelta, con la victoria de Laura Fernández, candidata del Partido del Pueblo Soberano (PPSO), quien obtuvo aproximadamente el 48,3% de los votos válidos. El segundo candidato, Álvaro Ramos, del tradicional Partido Liberación Nacional (PLN), obtuvo alrededor del 33,4%, lo que imposibilitó la segunda vuelta.
La cuestión política central no reside solo en el resultado, sino en lo que simboliza. Durante décadas, Costa Rica se ha presentado como una excepción regional: sin fuerzas armadas, con estabilidad institucional, elecciones confiables y alternancia democrática. Si incluso este modelo termina eligiendo a un líder de extrema derecha, el mensaje es inequívoco: ninguna democracia latinoamericana es inmune.
La extrema derecha ganó sin rupturas explícitas, sin tanques y sin segunda vuelta. Ganó con votos, miedo y la promesa de orden. Así avanza el autoritarismo del siglo XXI.
América Latina como laboratorio de la extrema derecha y Brasil reflejado en el espejo.
La victoria en Costa Rica no es un accidente electoral. Confirma que América Latina se ha convertido en el laboratorio privilegiado de la nueva extrema derecha global, un espacio donde el autoritarismo ya no necesita golpes de Estado clásicos para imponerse. Solo necesita erosionar la democracia desde dentro.
En El Salvador, Nayib Bukele consolidó un estado de excepción permanente bajo el pretexto de la lucha contra el crimen. Las detenciones masivas sin garantías, el control del poder judicial y la extrema concentración de poder se convirtieron en políticas de Estado. Bukele convirtió el autoritarismo en un espectáculo popular y se convirtió en un referente explícito para la ultraderecha regional.
En Argentina, la elección de Javier Milei impulsó al poder a una extrema derecha orientada al mercado. Con un discurso ultraliberal radical, un ataque frontal a los derechos sociales, desprecio por la política institucional y una retórica de odio contra los adversarios, Milei representa la cara económica de un mismo proyecto: desmantelar el Estado, deslegitimar la política y reemplazar el pacto democrático por una lógica de conflicto permanente.
Costa Rica completa este triángulo. Un país que alguna vez fue considerado un ejemplo de democracia eligió a una candidata que basó su campaña en el discurso de la "mano dura" y la exaltación explícita del modelo Bukele. El autoritarismo triunfó donde parecía improbable, y esto altera el mapa político del continente.
Estos gobiernos no forman una alianza formal, pero comparten métodos, lenguaje y objetivos: una guerra cultural permanente, la fabricación de enemigos internos, ataques a las instituciones de control, la relativización de los derechos y la promesa de orden a cambio de libertad.
Este método tiene un nombre muy conocido en Brasil.
La zona gris: cuando la derecha da paso a la extrema derecha.
No todos los gobiernos conservadores latinoamericanos pueden clasificarse como de extrema derecha. Pero ignorar el papel de la derecha liberal o tradicional en la normalización del autoritarismo sería un grave error.
En Ecuador, Daniel Noboa gobierna bajo una derecha liberal-autoritaria, caracterizada por una retórica de seguridad, medidas excepcionales y la militarización de la vida cotidiana. No es de extrema derecha, pero adopta prácticas que convergen con ella en momentos cruciales.
En Paraguay, Santiago Peña lidera una derecha tradicional, heredera de estructuras conservadoras históricas, muchas veces dispuesta a formar alianzas con fuerzas ultraconservadoras cuando ello sirve a la estabilidad del poder.
En Uruguay, Luis Lacalle Pou lidera una derecha liberal que formalmente respeta las instituciones, pero cuya coalición incluye sectores conservadores de línea dura y una voluntad pragmática de coexistir con los gobiernos autoritarios de la región.
Perú vive un escenario particular: inestabilidad institucional crónica, una sucesión de gobiernos débiles y la ausencia de un proyecto democrático consistente. Actualmente no existe un gobierno de extrema derecha estructurado, pero el vacío político permanente crea un terreno fértil para iniciativas autoritarias.
Esta zona gris es crucial. La extrema derecha rara vez llega al poder sola. Avanza cuando encuentra aliados dispuestos a relativizar los principios democráticos en nombre de la conveniencia política. Así fue en Europa. Así fue en Estados Unidos. Así fue en Brasil en 2018.
Lula va ganando, pero las elecciones aún no están ganadas.
Las encuestas indican que Lula llega a la contienda de octubre como el favorito para la reelección. Pero las próximas elecciones no se decidirán solo por la intención de voto. Se disputarán por la legitimidad, el clima político y la capacidad de la democracia para resistir a un campo que ya ha demostrado su disposición a romper las reglas cuando pierde.
El riesgo brasileño no reside solo en un candidato explícitamente de extrema derecha. Reside, sobre todo, en la normalización del autoritarismo por parte de sectores de la derecha que se presentan como "moderados", pero que absorben el repertorio de Bolsonaro: ataques al poder judicial, desconfianza sistemática en las urnas, criminalización de las políticas sociales y desprecio por los derechos.
No hace falta un Bolsonaro en las elecciones para que el bolsonarismo gane.
Bolsonaro detenido, bolsonarismo reorganizado.
La condena a 27 años de prisión de Jair Bolsonaro por intentar abolir violentamente el Estado de derecho democrático es un hito histórico. Pero tratarlo como el fin del bolsonarismo es un grave error político.
Bolsonaro está en prisión, pero el movimiento que lideró ha aprendido, se ha adaptado y se mantiene activo. El castigo se ha convertido en una narrativa de victimización. El agresor intenta presentarse como víctima; el ataque a las instituciones se borra; la reacción democrática se presenta como persecución.
En este escenario, la llegada de Flávio Bolsonaro como heredero político preserva el capital electoral del apellido y ofrece una apariencia de normalidad institucional al mismo proyecto autoritario. A su alrededor orbitan otras figuras de la derecha que evitan la retórica golpista explícita, pero que nunca han roto con el bolsonarismo.
2018 × 2026: el mismo guión, pero más sofisticado
En 2018, la extrema derecha ganó construyendo al enemigo definitivo, promoviendo pánicos morales, atacando a la prensa y al poder judicial y vendiendo a un “salvador antisistema” que negociaba desde dentro del sistema.
En 2026, el guion es el mismo, solo que más pulido. Menos gritos, más cinismo. Máquinas digitales más profesionales. Dos caminos hacia el mismo proyecto: la extrema derecha explícita o la derecha afín al autoritarismo.
La esencia no ha cambiado.
Octubre: Costa Rica, América Latina y Brasil en la misma encrucijada.
La victoria de la extrema derecha en Costa Rica destroza cualquier ilusión de una excepción democrática permanente. Lo que ocurrió allí ya ha ocurrido en otros países del continente, y es precisamente este método el que intenta resurgir en Brasil.
La democracia no muere simplemente con tanques. Muere cuando los tribunales se convierten en enemigos, las elecciones se vuelven sospechosas por definición y los derechos se tratan como concesiones revocables.
Si octubre se convierte en una rehabilitación electoral para los partidarios de Bolsonaro —ya sea directamente o a través de terceros—, el mensaje será devastador: intentar destruir el Estado democrático de derecho da sus frutos.
Esto no es alternancia. Es una regresión histórica. Y cuando la recesión se afianza, el precio siempre llega más tarde: más alto, más duro y demasiado tarde.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.



