La mujer y el carcelero 2
Como todo hombre que se le acercaba, y como todas las mujeres saben que hacen, la colmó de cumplidos absurdos.
Por Giselle Mathias
Volviendo a Historia de mi amigo periodista.
Nos pidió que no nos hiciéramos ilusiones con ese hombre, porque ahora nos iba a describir su modus operandi, y que no era diferente a lo que ya estábamos acostumbrados, y riendo a carcajadas empezó a contárnoslo.
Como todo hombre que se le acercaba, y como todas las mujeres saben que hacen, la colmó de elogios, hablando de su mirada y su seguridad, de lo inteligente que era, y la admiraba porque había leído muchos de sus análisis políticos en el periódico en el que trabajaba.
Es importante destacar que los elogios que este hombre le dirigió fueron bien elaborados y halagadores, porque, como dije, él es escritor y eso a ella le agradó.
En los diversos intercambios de mensajes que mantuvo con este hombre, descubrió que «ser escritor» era, en realidad, algo a lo que él aspiraba; aún estaba al comienzo de su carrera. Le había contado que había publicado un libro, pero fuera de Brasil, y que estaba intentando publicarlo aquí. Su agente aún estaba contactando con editoriales.
Aun así, le había enviado el libro por correo electrónico, que aún no se había publicado aquí. Como no había encuentros personales y el contacto se limitaba a mensajes de texto, muchos mensajes de audio y muy pocas llamadas telefónicas, ella dijo que apenas abrió el libro en su iPad. Al fin y al cabo, no necesitaba mostrarle que había leído la novela, lo cual para ella sería una cortesía, una forma de mostrar interés. Así que, hasta que no la invitaran a una reunión, no necesitaba leer el libro, pues la vida ya le ocupaba mucho tiempo con sus dos hijos adolescentes y un trabajo exigente.
Riendo a carcajadas, nos contó que un día, poco más de dos meses después de aquel intercambio de miradas, recibió un mensaje de audio suyo, en el que le decía que no tenía ni idea de cuánto ansiaba verla. Dijo que se detuvo, pensó, y antes de responder (recuerden que es irónica y no desaprovecha ninguna oportunidad), decidió ser lo más cordial posible, manteniendo un poco de ironía. Así que simplemente le dijo lo impresionada que estaba con su control de la ansiedad. De hecho, le dijo que quería decirle que se convirtiera en coach, porque nunca había visto a nadie con tanto control de la ansiedad en su vida, pues ya llevaba al menos dos o tres meses en el mundo virtual de las redes sociales.
Tras otro periodo de conversaciones virtuales, el hombre finalmente decidió invitarla a almorzar, y así se produjo su primer encuentro. Una buena conversación, miradas, cumplidos y risas, y la sorpresa cuando el hombre le dijo a la periodista que, en realidad, era guardia de prisión y que en su tiempo libre escribía e intentaba desarrollar una carrera como escritor.
Ese descubrimiento había agudizado sus sentidos y despertado un genuino interés por aquel hombre, quien, a pesar de la dureza de su profesión, donde los afectos debían reprimirse y ocultarse, demostraba una gran sensibilidad al hablar y un deseo aparentemente sincero por ella. Pero ella, siempre desconfiada y con una increíble capacidad para leer a los demás, se limitaba a observarlo y seguía calculando sus movimientos frente a él.
Luego del encuentro cordial, no físico, la comunicación quedó virtual, con la promesa de encuentros en la vida real, lo que, según él, solo no ocurrió porque aquel hombre le contó que vivía en un torbellino que le quitaba todo su tiempo, debido a problemas familiares y un trabajo muy exigente.
Podríais preguntar: ¿Pero no es él simplemente un carcelero?
Yo también lo cuestioné y el periodista me respondió:
¡Sí! Es su profesión, pero recuerda que también es escritor, y ese trabajo también le exige mucho.
Pero ella no interpretó esa declaración como una manera de mantener el contacto; sabía que eran sólo excusas y que su juego estaba quedando al descubierto, al igual que el de todos los otros hombres que habían estado en su vida.
¡No había nada nuevo!
Pero ella mantenía cierta curiosidad por él. Quizás era su inteligencia, el refinamiento intelectual que tanto admiraba, y permaneció allí, luchando contra la condena que ya conocía y que ya le había sido impuesta. Estar con ese hombre era como encarcelarse, pero creo que creía que, respondiendo en libertad, tal vez podría revertir la condena.
Me cautivó su personalidad y cómo asumía riesgos emocionales con cálculos tan precisos, y disfruté de esa historia.
Entonces, con una sonrisa pícara, nos contó que su refinamiento la había impulsado a recorrer un tramo más largo de ese camino, que no lo rechazaría ni lo descartaría, porque le parecía interesante y disfrutaba de sus conversaciones. Dijo que por un breve instante incluso creyó haberse topado con un hombre, no con un chico, pero como conocía bien el juego, observaría más y haría sus jugadas.
Una vez más, las conversaciones continuaron en redes sociales hasta que surgió una invitación para un segundo encuentro. Antes de la invitación, la sedujo hábilmente centrándose en lo que había observado con astucia en ella, enviándole sus poemas y pidiéndole su opinión sobre lo que había visto. Se acercó a ella a través de lo que más valoraba: su intelecto. Necesitaba asegurarse de que aceptara la invitación, pues ya había establecido cierta distancia, demostrada por sus conversaciones virtuales.
Al recibir la invitación, decidió leer la novela que él le había enviado al principio de su contacto en línea. Después de todo, había decidido seguirle el juego y demostrarle, como buena mujer, que le prestaba atención y lo admiraba (¡Les encanta! Bueno, ¿a quién no le gusta ser admirado y despertar el deseo en el otro?). Y, ya que había decidido seguirle el juego, necesitaba estar preparada para lo que estaba por venir.
Solo una breve pausa más. La historia es un poco larga, a pesar de los pocos encuentros y los muchos emojis.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.
