La nueva ola antiinmigrante: entre muros, miedos e hipocresía global
Estados Unidos: el laboratorio de la exclusión
La agenda antiinmigrante, que hasta hace poco parecía restringida a la retórica de los partidos de extrema derecha, se extiende ahora como una epidemia silenciosa por todo el mundo. Gobiernos de diversas ideologías, democracias consolidadas, regímenes híbridos y dictaduras autoritarias recurren a la misma táctica: criminalizar a los extranjeros, construir muros, levantar barreras legales y convertir a los migrantes en chivos expiatorios de las crisis sociales, económicas y políticas.
El fenómeno, lejos de ser periférico, adquiere dimensiones civilizadoras. Redefine los valores universales de la solidaridad y los derechos humanos y amenaza la lógica misma de la globalización, basada en la movilidad de personas, capitales, bienes e ideas.
Europa: de la solidaridad al cierre de fronteras
En Europa, la retórica antiinmigrante se ha vuelto corriente principalLos partidos ultranacionalistas imponen sus agendas incluso a los llamados gobiernos centristas, que acaban cediendo al miedo a perder votos.
El Pacto Europeo de Migración, aprobado en 2024, legaliza las deportaciones sumarias y transfiere responsabilidades a países vecinos como Marruecos y Túnez, transformándolos en guardianes externos de las fronteras de la Unión. Italia, Grecia y España —antaño puertas de esperanza— están erigiendo barreras físicas y jurídicas en abierta contradicción con las convenciones internacionales de derechos humanos. El continente que se enorgullece de haber superado los fantasmas del siglo XX ahora repite el ciclo del miedo.
Estados Unidos: el laboratorio de la exclusión
En Estados Unidos, Donald Trump ha hecho de la hostilidad hacia los inmigrantes su principal plataforma de poder. En su segundo mandato, amplió el muro fronterizo con México, militarizó la política migratoria y restringió las visas de trabajo y turismo. El discurso es familiar: «Roban empleos, traen crimen y amenazan nuestra cultura». Es un discurso que resuena en una parte significativa del electorado, aunque contradice las estadísticas que demuestran el papel central de la inmigración en la economía estadounidense, desde la agricultura hasta la tecnología de vanguardia. El país que se construyó como una «nación de inmigrantes» ahora niega su propia historia.
América Latina: el espejo distorsionado
En América Latina, las contradicciones también son flagrantes. Brasil, con su vasta diáspora repartida por Europa y Estados Unidos, ha presenciado episodios de hostilidad contra los venezolanos en Roraima, donde los refugiados han sido víctimas de ataques xenófobos. El discurso de exclusión resuena en otros países: en Chile y Perú, los migrantes haitianos y venezolanos son blanco de políticas represivas y estigmatización social. En la Argentina de Javier Milei, el ultraliberalismo económico va de la mano con una retórica antiinmigrante que enmascara fallas de gestión.
La región que históricamente ha dependido de los flujos migratorios internos y externos ahora se encuentra contaminada por el virus del cierre.
Rusia y China: grandes potencias con sus propias contradicciones
El debate sobre la inmigración no se limita al eje tradicional Estados Unidos-Europa. Rusia y China, que hoy se presentan como polos de resistencia a la hegemonía occidental y defensores de un nuevo mundo multipolar, también revelan prácticas contradictorias e inhumanas hacia los migrantes.
En el caso de Rusia, este problema es inseparable de su historia postsoviética. El país se ha vuelto muy dependiente de la mano de obra de las repúblicas de Asia Central, especialmente de Uzbekistán, Tayikistán y Kirguistán. Estos trabajadores, empleados principalmente en la construcción, los servicios urbanos y los sectores de bajos salarios, son indispensables para el funcionamiento de la economía rusa, más aún en el contexto de la guerra en Ucrania, que absorbió una parte significativa de la fuerza laboral nacional. Sin embargo, este papel esencial no les impide enfrentarse a la discriminación abierta, la xenofobia y las precarias condiciones de vivienda y legalización. Con frecuencia son estigmatizados por los medios de comunicación y la retórica nacionalista, mientras que el Kremlin manipula su situación para presionar a los gobiernos vecinos a permanecer dentro de la órbita de Moscú.
La política migratoria rusa, por tanto, es utilitaria y geopolítica: depende de los inmigrantes pero no los integra; explota su vulnerabilidad pero no reconoce su dignidad.
China, sin embargo, presenta un panorama diferente, pero igualmente revelador. La mayor migración del mundo ocurre dentro de sus propias fronteras: millones de trabajadores rurales, conocidos como nongmingongEste éxodo interno sustenta la industrialización y el crecimiento de China, pero el sistema de registro de hogares (Hukou) restringe el acceso a servicios públicos como salud y educación para quienes no nacieron en la zona, creando una ciudadanía de segunda clase.
En lo que respecta a la inmigración internacional, China ha sido selectiva. En los últimos años, ha atraído a técnicos, estudiantes y empresarios, especialmente de países africanos vinculados a la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI). Ciudades como Cantón han albergado importantes comunidades africanas, pero se han enfrentado a episodios de discriminación racial, controles policiales arbitrarios y dificultades para obtener o renovar visas. Pekín proyecta la narrativa de la "cooperación Sur-Sur", pero en la práctica, su política migratoria externa se caracteriza por el rigor y la exclusión.
Respecto a los refugiados, tanto Rusia como China mantienen una postura distante. Moscú, sumido en guerras y tensiones regionales, no se presenta como un país acogedor. Pekín prefiere canalizar la ayuda financiera a organizaciones internacionales o países vecinos, pero no abre sus puertas a flujos significativos de desplazados.
El resultado es un cuadro paradójico: dos potencias que desafían a Occidente en el terreno económico y geopolítico, pero que reproducen, a su manera, la misma lógica restrictiva e instrumental de la inmigración.
El contraste es evidente. Rusia utiliza a los migrantes como mano de obra barata y moneda geopolítica; China los utiliza como recurso productivo interno y presencia externa que debe ser estrictamente controlada. Ninguna de las dos ofrece una alternativa humanitaria integral. En ambos casos, prevalece la lógica del utilitarismo: los migrantes solo son tolerados cuando sirven a los intereses estratégicos del Estado.
Portugal: de un escaparate de inclusión a un cierre inesperado
El caso de Portugal fue sorprendente. Durante años, el país fue considerado un ejemplo de apertura dentro de la Unión Europea. Su legislación facilitó la regularización de trabajadores extranjeros, y el gobierno cultivó la imagen de una "nación de puertas abiertas", capaz de acoger a brasileños, caboverdianos, angoleños y otros ciudadanos de habla portuguesa. El hecho de que millones de portugueses hayan emigrado a lo largo de la historia siempre ha servido como argumento para que el país sea más abierto a los recién llegados.
Pero esta situación dio un giro repentino. Presionado por el auge del partido ultraderechista "Chega", el gobierno actual ha endurecido los procesos de regularización y anunciado medidas restrictivas. La sorpresa no solo reside en las políticas en sí, sino en el contraste con la narrativa histórica de un país de emigrantes, que durante siglos envió a sus hijos a Francia, Luxemburgo, Brasil, Venezuela, Sudáfrica y tantos otros destinos. ¿Cómo puede una nación que prosperó gracias a la migración, que dependió de las remesas de sus emigrantes y que expandió su lengua y cultura mediante la colonización, adoptar una retórica de cierre?
Este cambio tiene repercusiones directas para la Comunidad de Países de Lengua Portuguesa (CPLP). Se esperaba que la lusofonía funcionara como un espacio privilegiado para la libre circulación, la solidaridad y la protección. Sin embargo, los brasileños y africanos lusófonos se enfrentan a crecientes dificultades burocráticas, prejuicios y restricciones legales en Portugal. La CPLP, ya criticada por su fragilidad institucional, ve su credibilidad tambalearse. ¿Qué sentido tiene proclamar la fraternidad lusófona si, en la práctica, los ciudadanos de estos países se enfrentan a muros y puertas cerradas?
África y la CPLP: la solidaridad a prueba
El escenario africano demuestra la misma contradicción. Países con una fuerte movilidad interna, históricamente acostumbrados a los flujos regionales, también adoptan políticas restrictivas bajo la presión de las élites locales y las agendas de seguridad internacional. Para la CPLP, que debería ser un ejemplo de cooperación basada en la lengua y la historia compartida, este endurecimiento socava su legitimidad. En lugar de tender puentes, se están erigiendo barreras dentro de una comunidad que se suponía debía ser solidaria.
La migración como cuestión humanitaria
No se trata solo de la economía, sino de vidas. La mayoría de los flujos migratorios actuales están compuestos por personas que huyen de la guerra, la persecución política, la hambruna, los desastres ambientales y la inseguridad. Familias enteras se ven obligadas a abandonar sus hogares sin perspectivas de retorno. La travesía del Mediterráneo sigue siendo una de las rutas más mortíferas del planeta: hombres, mujeres y niños pierden la vida a diario en embarcaciones precarias, mientras Europa debate cuotas y deportaciones.
En Estados Unidos, la cara más cruel de la política migratoria ha surgido con la separación de niños de sus padres en centros de detención fronterizos. Esta práctica, denunciada por organizaciones internacionales, revela la profunda deshumanización que los Estados pueden alcanzar al tratar a los seres humanos como números desechables.
Imágenes de niños llorando en jaulas, familias acampadas bajo puentes en la frontera o cadáveres recuperados del Mediterráneo deberían bastar para despertar conciencias. Pero lo que vemos es la naturalización de la barbarie: gobiernos que compiten por ser los más duros en la represión, mientras se ignoran los principios básicos de humanidad.
El dilema de la civilización
El avance de la agenda antiinmigrante no es solo político: es civilizador. La migración no es una anomalía, sino parte de la condición humana. Siempre nos hemos desplazado en busca de supervivencia, trabajo, conocimiento y refugio. Aislarnos de los demás significa negar nuestra propia historia. Hoy, mientras las sociedades envejecidas reclaman jóvenes trabajadores y nuevas energías, la elección entre inclusión y exclusión definirá no solo el futuro económico, sino también el tejido moral de las naciones.
Entre elecciones y vergüenza
El mundo se encuentra en una encrucijada. Por un lado, la tentación de reducir la política migratoria a la lógica de la seguridad y el miedo; por otro, la urgente necesidad de reconstruir los lazos de solidaridad internacional. Portugal, al abandonar su imagen de escaparate inclusivo, corre el riesgo de perder su liderazgo dentro de la CPLP y comprometer su posición estratégica en la Unión Europea. América Latina, al imitar discursos excluyentes, traiciona su propia tradición de mestizaje. Estados Unidos y Europa, al construir muros, niegan los valores que una vez proclamaron universales.
O retomamos la defensa de la movilidad humana como un derecho inalienable, o nos condenamos a un futuro de regresión civilizatoria, marcado por los muros, la exclusión y la vergüenza. Ninguna civilización se ha fortalecido jamás aislándose de las demás.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.
