La politización de la muerte
La población pobre, negra y residente en favelas sigue siendo doblemente rehén tanto de las pandillas como de las fuerzas policiales.
Los institutos de investigación Quaest y Datafolha indicaron que una gran parte de la población de Río de Janeiro aprobó el mega operativo policial realizado el martes pasado (28 de octubre), incluso frente al trágico saldo de más de cien muertos, incluyendo personas sin ninguna relación con el crimen.
Esta aprobación reflejaba el agotamiento de una sociedad sometida a la barbarie diaria impuesta por facciones criminales y milicias que controlan vastos territorios.
La operación, ordenada por el gobernador Cláudio Castro (PL-RJ), tuvo un claro carácter político y electoral. Castro, además de aspirar a un escaño en el Senado en 2026, está siendo juzgado por el Tribunal Superior Electoral (TSE) por abuso de poder económico y político durante las elecciones de 2022, y podría ser destituido e inhabilitado para ejercer cargos públicos. La acción policial contribuyó a elevar su popularidad, que se encontraba baja debido a su mala gestión. En cierta medida, el apoyo popular tras la sangrienta megaoperación le otorgó un respiro político.
Tras esto, Cláudio Castro, movido por intereses de autopromoción, anunció públicamente a los medios que ordenaría nuevos operativos policiales. Esta postura, sin embargo, viola el principio elemental de secreto operativo que debe guiar las acciones dirigidas a combatir a las organizaciones criminales. Operativos de esta naturaleza requieren absoluta discreción, ya que la anticipación de información compromete el factor sorpresa, un elemento estratégico esencial para prevenir reacciones armadas, la fuga de los objetivos y la destrucción de pruebas. Ejemplos exitosos, como la Operación Carbón Oculto o la reciente Operación Libertad en Bahía, ilustran la eficacia de acciones silenciosas y técnicamente planificadas que alcanzaron las células armadas y los activos financieros del Comando Vermelho sin recurrir a la fuerza letal ni al espectáculo mediático. Esta popularidad fabricada, sin embargo, tiende a desvanecerse a medida que el ministro Alexandre de Moraes presenta el informe sobre la ADPF 635, conocida como la "ADPF de las Favelas", que evalúa la legalidad y los límites constitucionales de estas prácticas policiales.
Un gobierno que adopta métodos de lucha contra el crimen organizado en flagrante contradicción con los principios del Estado de derecho, como ocurre en El Salvador bajo la presidencia del dictador Nayib Bukele, establece un modelo de aparente eficacia represiva que, sin embargo, socava los fundamentos de la democracia. Si bien el régimen salvadoreño ha obtenido resultados inmediatos en la contención de las actividades delictivas, estas medidas han ido acompañadas de la consolidación de un estado de excepción permanente, caracterizado por la suspensión de las garantías constitucionales, las detenciones arbitrarias y el desprecio sistemático por el debido proceso. Importar dicho modelo implica erosionar las estructuras democráticas bajo el pretexto de la seguridad pública. En este sentido, la megaoperación ordenada por Claudio Castro parece haberse inspirado en el paradigma del «bukeleísmo», reproduciendo la lógica del autoritarismo disfrazada de eficacia, en la que la fuerza bruta sustituye a la planificación y al respeto de las normas constitucionales.
Este paradigma autoritario ha guiado el discurso de la extrema derecha brasileña, que busca capitalizar el sentimiento de inseguridad y cansancio de la población ante la escalada de violencia, convirtiendo este malestar en una narrativa politizada según la cual las medidas punitivas y espectaculares, aunque esencialmente letales e incapaces de alcanzar el núcleo estructural de las organizaciones criminales, serían las únicas efectivas.
En este sombrío panorama, los gobernadores Cláudio Castro (PL-RJ), Tarcísio de Freitas (Republicanos-SP), Jorginho Melo (PL-SC), Ronaldo Caiado (União-GO) y Romeu Zema (Novo-MG), al tiempo que se atribuían la responsabilidad exclusiva de la derecha en la "buena lucha" contra el crimen, terminan, por otro lado, desacreditando el enfoque federal para combatir la delincuencia, que se basa en metodologías más estratégicas. Esta política prioriza acciones integrales dirigidas a desmantelar las estructuras financieras y logísticas de las organizaciones criminales, buscando debilitarlas estructuralmente, y no solo mediante enfrentamientos inmediatos.
Otra estrategia igualmente peligrosa adoptada por la derecha y la extrema derecha consiste en promover una narrativa que confunde deliberadamente los conceptos de crimen organizado y terrorismo, tratando de equiparar a facciones criminales, como el Comando Vermelho y el PCC, con el llamado narcoterrorismo.
Esta propuesta cuenta con el respaldo de gobernadores y parlamentarios afines a Bolsonaro, como el propio Flávio Bolsonaro, y ha recibido apoyo de iniciativas de manifiesta inconstitucionalidad, como el envío, por parte del gobernador Cláudio Castro, de un informe a Estados Unidos solicitando la clasificación del Comando Vermelho como organización narcoterrorista. Esta iniciativa viola principios constitucionales fundamentales, puesto que es responsabilidad exclusiva de la Unión, a través de sus canales diplomáticos, conducir las relaciones y negociaciones internacionales. Se trata, por tanto, de una maniobra política destinada a reforzar la agenda electoral de 2026 y a debilitar al Poder Ejecutivo federal.
Sin embargo, existe una profunda distinción conceptual y jurídica entre el crimen organizado y el narcoterrorismo, tanto en sus objetivos como en sus métodos operativos. Mientras que el crimen organizado busca principalmente el lucro y el mantenimiento de actividades económicas ilícitas, el narcoterrorismo tiene motivaciones políticas e ideológicas, y pretende desestabilizar las instituciones e imponer agendas de poder mediante la violencia.
Con la intención de institucionalizar esta confusión conceptual, se presentó el Proyecto de Ley N° 1.283/2025, del diputado Danilo Forte (União/CE), que propone equiparar a las facciones criminales con los grupos terroristas. Por el momento, la Comisión de Constitución y Justicia (CCJ) ha aplazado la votación del proyecto. Sin embargo, los gobernadores Cláudio Castro, Tarcísio de Freitas, Jorginho Mello, Ronaldo Caiado y Romeu Zema, disconformes con el aplazamiento, solicitaron una reunión urgente con el presidente de la Cámara de Diputados, Hugo Motta, para presionar por la inclusión de la propuesta en la agenda de la próxima semana.
La insistencia de la extrema derecha en fusionar estas categorías responde a un propósito predominantemente político: fomentar el miedo social y justificar cambios legislativos que amplíen el poder coercitivo del Estado.
En contraste, el gobierno federal se opuso vehementemente a equiparar el crimen organizado con el narcoterrorismo, presentando el Proyecto de Ley No. 5.582/2025, que se analizará bajo un procedimiento acelerado, que "propone cambios a la legislación brasileña para endurecer la lucha contra las organizaciones criminales y las facciones criminales" sin recurrir a distorsiones conceptuales.
Esta retórica inconstitucional, además de debilitar la autonomía nacional, reproduce la lógica geopolítica de Estados Unidos, país que instrumentaliza el discurso de la lucha contra el narcoterrorismo como herramienta de control político y económico sobre América Latina. La eventual adopción de este modelo en Brasil no solo comprometería la soberanía nacional, sino que también expondría al país a estrategias intervencionistas estadounidenses en la región.
En este contexto, la oposición busca instrumentalizar electoralmente el tema de la seguridad pública, acusando a los gobiernos progresistas de ineficacia. Lo que omite deliberadamente es el boicot sistemático a las políticas estructurales de seguridad y reducción de desigualdades, medidas indispensables para abordar eficazmente el problema. Un ejemplo de esta contradicción es la Enmienda de Seguridad Pública n.° 18/2025, que propone la integración de las fuerzas federales, estatales y municipales, pero que lleva meses estancada en la Cámara debido a la resistencia de la propia oposición, que teme que su aprobación refuerce la imagen de eficiencia del Poder Ejecutivo.
Esta resistencia política, aunada a una retórica punitiva, produce efectos concretos sobre el terreno. La reciente megaoperación en Río de Janeiro, además de ser desproporcionada e ineficaz, no logró desarticular las estructuras del Comando Vermelho, que mantiene su dominio sobre comunidades históricamente marcadas por la desigualdad y la ausencia del Estado.
Este escenario es consecuencia de la reiterada negligencia de los gobiernos conservadores, que han priorizado el populismo penal sobre políticas sociales sostenibles. Como resultado, la población pobre, negra y habitante de las favelas permanece doblemente cautiva: de las facciones criminales y de las fuerzas policiales. La falta de oportunidades y de políticas públicas efectivas favorece el reclutamiento por parte de milicias y grupos criminales que explotan económicamente a los residentes mediante la venta de gas, internet, energía y servicios de «protección». En este entorno precario, se consolida una disputa territorial entre las milicias, frecuentemente comandadas por expolicías o agentes en activo, y facciones como el PCC y el Comando Vermelho, atraídas por los beneficios del dominio local.
Por lo tanto, es esencial que la lucha contra el crimen organizado se base en una metodología de seguridad pública compatible con los principios del estado de derecho y los derechos humanos, priorizando la inteligencia investigativa, la cooperación federal e internacional y abordando las causas estructurales del crimen, en lugar de la mera represión violenta que, históricamente, victimiza a los sectores más vulnerables de la sociedad.
En este sentido, la creación de la Comisión Parlamentaria de Investigación sobre la Delincuencia Organizada por el Senado Federal el 4 de noviembre de 2025 representa un paso institucional relevante. La extrema derecha intentó, sin éxito, elegir a Hamilton Mourão (Republicanos-RS) para presidir la comisión, con el fin de convertirla en una plataforma ideológica. Sin embargo, la dirección recayó en el senador Fabiano Contarato (PT-ES), con Alessandro Vieira (MDB-SE) como relator, ambos con experiencia policial. El relator tiene previsto convocar a expertos, al ministro de Justicia, Ricardo Lewandowski, y al gobernador Cláudio Castro para examinar con mayor profundidad el avance de las facciones y milicias, así como sus conexiones políticas y económicas.
Aunque la CPI (Comisión Parlamentaria de Investigación) también incluye senadores de la oposición radical, que buscan utilizar la plataforma para atacar al gobierno federal y obtener capital político en las redes sociales, este movimiento podría volverse en contra de sus propios organizadores si las investigaciones se centran en las milicias de Río de Janeiro, que son notoriamente vinculadas a los partidarios de Bolsonaro.
Sin embargo, se espera que el presidente y el relator de la comisión sean capaces de preservar la seriedad del trabajo, priorizando la investigación de los mecanismos de operación del crimen organizado, incluyendo la financiación de las milicias, los flujos de blanqueo de capitales y la infiltración de estas estructuras en las esferas institucionales y económicas.
En resumen, combatir el crimen exige acciones coordinadas e integradas entre los diversos organismos competentes, planificación técnica y un compromiso con el debido proceso, no la instrumentalización política de la muerte. La persistencia de modelos autoritarios y mediáticos de seguridad pública no solo exacerba la violencia, sino que también amenaza los fundamentos democráticos y el propio estado de derecho. Desde esta perspectiva, el resultado concreto de la reciente y sangrienta megaoperación en Río de Janeiro fue escaso: el Comando Vermelho (Comando Rojo) no se debilitó, su dirección permanece activa y sus finanzas intactas, mientras que los muertos ya han sido reemplazados. Lo que se presenció fue una puesta en escena violenta, al estilo de Bukelist, concebida para generar titulares y réditos electorales, no para garantizar la seguridad pública.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.



