La tormenta sobre Venezuela
Venezuela está al filo de la navaja.
La crisis venezolana ha entrado en una zona de peligro en las últimas semanas, inédita desde las grandes operaciones estadounidenses del siglo XX. Venezuela —una nación sudamericana con gran importancia estratégica en el Caribe— se ha convertido en el epicentro de una escalada militar estadounidense que combina provocaciones públicas, despliegues militares a gran escala y la construcción sistemática de un pretexto para el uso de la fuerza. La reciente declaración del presidente Donald Trump, quien sugiere que las aerolíneas deberían "considerar cerrado el espacio aéreo venezolano", no es un arrebato casual: es un gesto típico en momentos previos a las intervenciones. Combinada con el despliegue de barcos, aviones y tropas, esta advertencia presenta un panorama que podría conducir a un conflicto real.
El cerco militar: el mayor refuerzo estadounidense en el Caribe en décadas.
En las últimas semanas, la administración Trump ha enviado el portaaviones USS Gerald R. Ford a aguas estratégicas cercanas a territorio venezolano, acompañado de destructores, buques anfibios, aviones de combate y aproximadamente 15 soldados estacionados entre buques de guerra y bases en Puerto Rico.
Mientras Estados Unidos amenaza con atacar a Venezuela, algunos aliados caribeños ofrecen apoyo. El presidente dominicano, Luis Abinader, autorizó a las fuerzas militares estadounidenses a operar en áreas restringidas de la Base Aérea de San Isidro y el Aeropuerto Internacional de Las Américas como parte de la lucha contra el narcotráfico venezolano, ampliando así la capacidad operativa estadounidense en el Caribe.
Segundo o El elemento El Correo de WashingtonHegseth, del Departamento de Guerra, declaró que el destacamento tendría una "pequeña presencia, sería temporal, con pleno respeto a su soberanía y sus leyes". Lo calificó como "un modelo para la región, un modelo que esperamos desarrollar" para otros países que deseen "unirse a nosotros".
Sin embargo, se sabe que este es el mayor despliegue militar estadounidense en la región caribeña de Sudamérica desde la invasión de Panamá en 1989. No se trata de una simple demostración de fuerza. El despliegue militar está diseñado para permitir ataques rápidos, si se da la orden. El mensaje enviado al mundo, y en especial a los países vecinos, es inequívoco: Washington está dispuesto a forzar la confrontación.
También apoya a Trump la primera ministra de Trinidad y Tobago, Kamla Persad-Bissessar, quien ha defendido abiertamente las acciones de la administración Trump con respecto a las islas. "No siento ninguna simpatía por los narcotraficantes", declaró tras el primer ataque, en septiembre, que cobró la vida de 11 personas. "El ejército estadounidense debería matarlos a todos violentamente", informa el Washington Post en un artículo de Sammy Westfall titulado: "Aquí están los aliados caribeños que ayudan a Estados Unidos contra Venezuela". También resultan aterradores y violentos los líderes de extrema derecha que se están extendiendo por el Caribe y Sudamérica.
La retórica antidrogas como justificación en construcción.
Para sostener esta escalada, Trump nombró al llamado Cártel de los Soles como organización terrorista extranjera. La decisión, aunque políticamente controvertida, carece de una sólida base fáctica: el grupo no es un cártel estructurado ni cuenta con un mando unificado. Además, las autoridades estadounidenses admiten que solo una pequeña fracción de las drogas que circulan por Venezuela llega a Estados Unidos. La mayor parte del flujo se dirige a Europa o el Caribe.
La retórica antidrogas, por lo tanto, funciona como un pretexto, no como un diagnóstico. Activa mecanismos legales nacionales en Estados Unidos, abriendo la puerta a operaciones militares que no serían justificables por los medios tradicionales. Es un guion familiar para cualquiera que haya estudiado las intervenciones estadounidenses del siglo XX: antes de los tanques y los bombardeos, siempre está la invención de un enemigo criminal o terrorista.
Un país movilizado pero falto de información confiable.
Ante la escalada externa, el gobierno de Maduro inició una movilización militar interna. Se desplegaron tropas en zonas estratégicas, se activaron baterías antiaéreas y se intensificaron los ejercicios de defensa aérea. Sin embargo, la población, marcada por una década de colapso económico, hiperinflación, escasez, deterioro institucional y migración masiva, enfrenta esta situación en absoluta vulnerabilidad.
Entre el miedo a la intervención y la desconfianza en la información oficial, millones de venezolanos viven en un vacío informativo. Este entorno, marcado por los rumores y la ansiedad colectiva, es terreno fértil para el pánico, los desplazamientos precipitados y la legitimación de futuras operaciones "humanitarias" que casi nunca pasan de ser simplemente humanitarias en nombre.
El impacto humanitario: una tragedia anunciada.
Una intervención militar tendría efectos devastadores en la población venezolana, ya debilitada por el colapso económico y las deficiencias estructurales. Incluso ataques aéreos clasificados como "quirúrgicos" impactarían en densas zonas urbanas, poniendo en peligro hospitales, escuelas, redes eléctricas, plantas de agua y sistemas de transporte. Venezuela atraviesa actualmente una crisis humanitaria silenciosa; una operación militar externa la transformaría en una catástrofe abierta.
El país tiene regiones enteras bajo la influencia de grupos paramilitares, bandas armadas y facciones guerrilleras remanentes. Cualquier ataque podría desencadenar disputas violentas, reorganizaciones territoriales y estallidos de delincuencia. Organizaciones humanitarias advierten que millones de venezolanos ya enfrentan una grave inseguridad alimentaria, una cifra que podría multiplicarse rápidamente si se destruyera la infraestructura crítica.
Para los países vecinos, especialmente Colombia y Brasil, los efectos serían inmediatos. Fronteras presionadas por nuevos flujos migratorios, ciudades sobrecargadas, servicios públicos colapsados, mayor tensión social y episodios de xenofobia formarían parte de un escenario regional explosivo. El impacto, por lo tanto, no sería meramente interno: se extendería por toda Sudamérica.
¿Qué tipo de ataque está sobre la mesa?
Los analistas apuntan a diferentes escenarios: ataques limitados a bases militares y sistemas de radar, destrucción selectiva de pistas clandestinas y supuestos laboratorios de refinación, o una zona de exclusión aérea, hipótesis que requeriría la destrucción previa de los sistemas de defensa antiaérea venezolanos, equipados con tecnología rusa.
Ninguno de estos escenarios sería controlable. Venezuela puede estar militarmente debilitada, pero posee defensas capaces de generar daños y riesgos reales. Una intervención podría escalar rápidamente, convirtiéndose en un conflicto prolongado con altos costos políticos y humanitarios.
El continente al borde del desastre.
La escalada contra Venezuela revela un patrón histórico —ahora actualizado— de la proyección del poder estadounidense en el hemisferio. A lo largo del siglo XX, Washington alternó intervenciones directas, como en Panamá y la ocupación de Haití, con operaciones indirectas o clandestinas, como el derrocamiento de Árbenz en Guatemala, el apoyo a la Contra en Nicaragua o la injerencia que precedió al golpe de Estado en Chile.
Los métodos han cambiado, pero la lógica sigue siendo la misma: crear justificaciones para acciones que expandan la influencia estadounidense en áreas consideradas estratégicas.
Venezuela se ha convertido, a principios del siglo XXI, en el laboratorio de esta nueva forma de intervención. Un país ya exhausto y socialmente fracturado se ve empujado al centro de una disputa que involucra petróleo, rutas marítimas, redes energéticas, influencia sobre el Caribe y el intento de Estados Unidos de restablecer una hegemonía que, a nivel global, tiende a disiparse.
Independientemente de las posturas ideológicas, una intervención militar pondría en riesgo a toda Sudamérica: aumentaría los flujos migratorios, tensionaría las fronteras, reactivaría la Doctrina Monroe bajo nuevas apariencias y debilitaría los mecanismos diplomáticos regionales. Brasil, históricamente comprometido con una solución negociada y la no intervención, tiene una verdadera responsabilidad: defender la soberanía venezolana y la estabilidad del continente antes de que el conflicto llegue a un punto sin retorno.
Venezuela está en el filo de la navaja. Las próximas semanas serán decisivas. Lo que está en juego no es solo el destino de un país, sino el derecho de América Latina a existir al margen de la lógica de las intervenciones y a elegir su propio camino en un mundo que, una vez más, coquetea peligrosamente con las sombras del pasado.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.




