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Ronaldo Lima Lins

Escritor y profesor emérito de la Facultad de Letras de la UFRJ

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El regreso (Foto: Ricardo Stuckert, sitio web de PT)

Existen diferencias y similitudes en la forma en que se desarrollan los acontecimientos a nivel individual y colectivo. En ambos casos, tenemos la impresión de que algo parecido a la lógica organiza y define los eventos, de una manera que, si no racional, al menos tiene un mínimo de sentido. 

No sorprende que los griegos, a diferencia de nuestros contemporáneos, no separaran la noción de destino de la de individuo y de pueblo. Shakespeare, al tratar sobre reyes y reinas, también siguió con precisión la naturaleza de los procesos, asociándolos y extrayendo las conclusiones necesarias de los hechos. 

Hoy en día, ya no prestamos tanta atención a estos fenómenos. Al fin y al cabo, vivimos en una sociedad individualista. Atribuimos a cada persona la responsabilidad de sus decisiones y de las consecuencias de sus actos. Es como si el hombre fuera el dios de sus propias acciones.

Sea como fuere, para un oyente desprevenido, la forma en que el expresidente Lula afrontó las adversidades de su vida, superándolas paso a paso, resulta impresionante. Aun estando en el ojo del huracán, acusado de corrupción por sus adversarios políticos y sometido a todo tipo de procesos judiciales, no perdió su tenacidad. 

Siguió defendiendo sus posturas y luchó con uñas y dientes, utilizando las armas del poder judicial, hasta demostrar la conspiración en la que cayó como una mosca en la telaraña. Ahora, podría decirse, la situación se ha vuelto en su contra. Se asemeja a un caso kafkiano, una especie de Joseph K., un juicio sin fundamento, como si fuera realista acusar a alguien de poseer una propiedad que nunca estuvo a su nombre y donde jamás vivió. 

La red kafkiana que se abalanzó sobre él incluía a un juez y fiscales (la autodenominada «República de Curitiba») sedientos de venganza, dispuestos a eliminarlo y tomar el poder sin impedimentos. Así ganaron las elecciones. El problema es que, poco a poco, sin dejarse vencer moralmente, ni siquiera en prisión, el expresidente demostró una obstinación envidiable. Nunca cesó en su empeño de argumentar, en cada uno de los juicios, la frivolidad de las acusaciones. 

Resulta asombroso, en estos tiempos, el descaro de Sergio Moro, denunciado y desacreditado por los tribunales superiores, de presentarse a las próximas elecciones para el cargo más alto del país. En las encuestas, no logra captar apoyo. La población ha aprendido la lección. Ha visto, reflexionado y llegado a una conclusión. 

El resultado es unánime en las encuestas, donde está claro que hay un candidato líder capaz de ganar en la primera vuelta, sin que exista una tercera o cuarta opción que pueda hacerle frente.

Los rasgos de carácter representan perfiles que, como un conjunto de cualidades, poseen una apariencia única, una esencia que los define. Suelen indicar personalidades, como en la biografía de alguien. Sin embargo, las naciones también tienen sus propios rasgos de carácter, algunos más fuertes que otros y con mayor capacidad de perseverar en la lucha contra sus problemas. 

Cuando el individuo y el colectivo coinciden, cuando el destino de un hombre se une al de una nación, ciertas certezas se imponen. Es como si, por fin, hubiera llegado el momento de dar un salto adelante. Un repaso a la historia lo confirmará. 

Después de todo, mis queridos magistrados de la "República de Curitiba", como observó el poeta, el mar de la Historia es turbulento. Nadie está por encima de él. 

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.