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Pedro Carrano

Periodista, miembro de la organización Consulta Popular y coordinador del periódico Brasil de Fato Paraná

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América Latina: ¿Cuáles son los desafíos de los nuevos gobiernos progresistas? Parte 2

Es urgente realizar cambios estructurales, involucrar a la clase trabajadora y crear políticas públicas que promuevan el empleo y el ingreso.

Mujeres compran en un mercado de Lima, Perú (Foto: REUTERS/Sebastian Castaneda)

El período de implementación de las políticas neoliberales en América Latina fue predominante entre las décadas de 1980 y 1990 en la mayoría de los países del continente, lo que repercutió en las condiciones de vida de los trabajadores y la población en general, provocando revueltas callejeras en diferentes momentos y en cada contexto. 

Esta reacción se produjo incluso en medio de un largo período de actitud defensiva de la clase obrera mundial tras la caída de la URSS. Sin embargo, los movimientos populares y las organizaciones de izquierda en América Latina representaron, a principios de la década de 2000, un importante punto de resistencia contra el modelo neoliberal. 

Ejemplos de esto incluyen el levantamiento popular conocido como el "Caracazo" en Venezuela (1988), la insurgencia armada del pueblo indígena maya chiapaneco en México (1994), la revuelta de la "Marcha Paraguaya" (1999), la llamada Guerra del Agua (2000) y la Guerra del Gas (2003) en Bolivia contra la privatización de los recursos naturales de ese país; el torbellino de revueltas masivas en Argentina y Ecuador a principios de la década de 2000, esencialmente contra las políticas del Fondo Monetario Internacional (FMI), que condujo al derrocamiento sucesivo de varios presidentes en cada país. Todo esto representó un torbellino en el continente, a pesar de que, en muchos casos, las fuerzas populares fueron incapaces de presentar un proyecto programático y de poder como resultado de dichas movilizaciones.  

En Brasil, el gobierno de Fernando Henrique Cardoso (FHC) implementó medidas neoliberales en medio de un período de declive de las luchas populares, pero logró mantenerse en el poder hasta el final de su mandato, a pesar de su debilitamiento. Sin embargo, también fue el período en el que se fortaleció el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) y se articularon contra las políticas neoliberales, como fue el caso de la campaña contra el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). 

"Gobiernos progresistas" 

Estas revueltas populares de masas posibilitaron victorias de gobiernos de izquierda, proceso también conocido como la “primavera progresista”, que les permitió ocupar un espacio de poder ejecutivo dentro del Estado. 

Sin embargo, esto a menudo ocurrió en un contexto desfavorable de equilibrio de poder en el ámbito institucional (Poder Judicial, Legislativo, etc.). No obstante, aún existía una fuerte expectativa por parte de las masas, que en muchos países permanecían en un estado latente de movilización. 

Según Martha Harnecker (2018), los gobiernos progresistas pueden definirse mediante un criterio mínimo, ya que comparten las siguientes características: 

a) un cierto grado de autonomía en relación con las políticas estadounidenses; 

b) inclinación hacia las políticas sociales; 

c) la preocupación por la integración continental y con los países del Sur Global. La crisis económica mundial de 2008 aceleró este proceso de búsqueda de otras formas de relaciones internacionales; 

d) políticas de fomento del desarrollo industrial, aunque este último nunca pasó de la fase de planificación, en un contexto de predominio del capital financiero. Por lo tanto, no se rompió la dependencia de los países centrales, permaneciendo la industria en sectores de bajo valor añadido (minería, agroindustria, etc.). 

Por tanto, se puede decir que en Venezuela (1998), Brasil (2002), Uruguay (2005), Bolivia y Nicaragua (2006), Ecuador (2007), Paraguay (2008) y El Salvador (2009), los gobiernos tuvieron la orientación programática antes mencionada, con variaciones según la realidad de cada país –y con particular énfasis en los gobiernos de Venezuela, Bolivia y Ecuador, que dieron forma al proyecto de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), avanzando en los temas y medidas antes mencionados. 

En general, en 2009, América Latina tuvo al menos doce presidentes con este perfil, de izquierda y centroizquierda. Es decir, considerados de orientación progresista. Posteriormente, el continente experimentó una renovada iniciativa del gobierno estadounidense, que logró debilitar a los llamados gobiernos progresistas que no se alineaban plenamente con su orientación, lo que generó el crecimiento de sectores de extrema derecha que comenzaron a competir por el poder estatal. La experiencia de Argentina y Brasil ilustra mejor esta situación. 

Es incorrecto el argumento que atribuye la decadencia de los gobiernos progresistas únicamente a las acciones del imperialismo en el continente, como también lo es el argumento de que la debilidad de los gobiernos progresistas en el fortalecimiento de las reformas estructurales dirigidas a los trabajadores se debe únicamente al impacto del imperialismo, como es el caso de la obra de Barbosa dos Santos (Una historia de la ola progresista sudamericana). 

Al final, fueron ambas cosas. Dada la centralidad de la acción imperialista contra cualquier gobierno disidente, es un hecho que los llamados progresistas se aferraron únicamente a la perspectiva institucional, sin lograr crear reformas estructurales capaces de impulsar la organización popular y romper el dominio de la burguesía sobre la tierra y el campo, ni contar con las masas para resistir el acoso externo. 

No parece casual que, entre estos procesos con un eje general común pero con características propias según la lucha de clases en cada país, el ejemplo bolivariano en Venezuela resistió el embargo económico impuesto por los gobiernos estadounidense y europeo desde 2015, que se recrudeció en 2019. Resistió los intentos de golpe de Estado internos y la violencia perpetrada por la oposición contra el gobierno de Maduro. 

Es un hecho que la llamada revolución bolivariana se apoya en una alianza cívico-militar y en la formación de una generación de militares identificados con los principios de la nueva configuración del Estado. 

Sin embargo, es importante resaltar el papel fundamental que juega el Gobierno Bolivariano en su capacidad de movilización, organización popular y organización de la producción de los trabajadores venezolanos, como uno de los principales factores que ha mantenido, hasta la fecha, la resistencia exitosa frente al acoso constante de la guerra económica, que alcanzó su punto máximo en 2017. 

Ante la ofensiva que derrocó a gobiernos progresistas en varios países, revelando una estrategia con numerosas debilidades, la lección central —de la revolución cubana y el proceso bolivariano— es la percepción de la toma del poder estatal. Con avances y retrocesos, en circunstancias favorables o desfavorables, estos dos procesos no sucumbieron a la lógica del oportunismo electoral y buscaron impulsar reformas estructurales y la soberanía sobre sus propios recursos. 

Estos son dos ejemplos de países que no lograron adaptarse a las normas institucionales en un momento en que el continente atravesaba una crisis de democracias representativas. Como lo ilustra un documento de la organización Consulta Popular, elaborado en 2007: 

60. La dominación mediante democracias representativas formales solo permite la alternancia democrática entre líderes y partidos que se someten a las reglas del proyecto neoliberal. Los márgenes de decisión política son estrechos y solo pueden ejercerse si no afectan las bases determinantes de la política y la economía.

Crisis 

Desde 2019, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) ya venía señalando un escenario de declive para las economías del continente. La crisis económica y política se vio agravada por la crisis sanitaria de la COVID-19. 

La perspectiva de una caída de la producción en cada país, un aumento de la inflación, un incremento de la deuda pública, un aumento del desempleo y una disminución del número de horas trabajadas en 18 países del continente, según la Comisión, agrava la crisis y los dilemas que enfrentan los nuevos gobiernos de izquierda en el continente. 

El pico de la pandemia, de 2020 a 2022, estuvo marcado por intensas protestas callejeras en Paraguay, Brasil, Chile, Perú, Ecuador, Haití y Guatemala, debido a las precarias condiciones de vida y la ausencia de políticas para combatir la pandemia. Esto provocó una reorganización del continente, lo que dificultaba, hasta hace muy poco, identificar una tendencia distinta a la intensa lucha de clases y las constantes movilizaciones. 

Ahora bien, es un hecho que durante este período gobiernos con tintes populistas o progresistas están ganando nuevamente elecciones en países como Argentina, Bolivia, y por primera vez en México, Chile, Perú y el caso de Colombia, lo que debe ser seguido de cerca por las fuerzas populares. 

Aunque estos resultados son celebrados por la izquierda del continente y en Brasil, que ahora tiene fuertes posibilidades de elegir a Lula, es importante considerar cuál es la posible estrategia para el continente en este momento: 

Podemos decir que estos gobiernos asumen el cargo en un contexto de crisis más profunda que la mencionada a principios de la década. Después de todo, tenemos: 

- Un escenario de inestabilidad global con la guerra de Rusia contra la OTAN/Ucrania; 

- La polarización entre EE. UU. y China, que podría favorecer a los gobiernos progresistas en el fortalecimiento de los lazos con los BRICS, pero ya en un contexto de menor crecimiento chino. También es fundamental considerar la prioridad que deben tener las experiencias de integración solidaria y antiimperialista, como fue el caso del ALBA.

- Consolidación de una base popular y de candidaturas de extrema derecha en el Cono Sur, especialmente en Brasil, Chile y Argentina. La necesidad de combatir y desmantelar la presencia militar y neofascista dentro del Estado, en el caso brasileño. 

La necesidad de comprender la profunda crisis institucional del continente. La erosión de la democracia representativa y la serie de golpes de Estado experimentados en los últimos años revelan que un proceso de cambio no puede sustentarse únicamente en los valores de la democracia y el orden institucional. 

Es urgente realizar cambios estructurales, involucrar a la clase trabajadora y crear políticas públicas que promuevan el empleo y el ingreso. 

¿Cómo concebir entonces un programa de gobierno y, sobre todo, medidas que involucren a las masas trabajadoras, que contribuyan a su educación y, en consecuencia, a su defensa durante un período en el que el gobierno sin duda sufrirá presiones? Ya sean internas, a través de una base neofascista, o externas, a través de las acciones del imperialismo. 

Ésta es la cuestión central no sólo para derrotar al fascismo en este momento, sino también para construir un nuevo período y una nueva estrategia para la izquierda. 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS: 

BARBOSA DOS SANTOS, Fabio Luis. Una historia de la ola progresiva sudamericana (1998-2016), Editorial Elefante, 2018. 

CEPAL, Balance Preliminar de las Economías de América Latina y el Caribe

CHÁVEZ, Hugo. Cinco discursos antiimperialistas. Editorial Alcaldía de Caracas, 2015.

CONSULTA PÚBLICA. Folleto número 19, Resoluciones de la Tercera Asamblea Nacional 

HARNECKER, Marta. Un mundo por construir. Expresión Popular, 2018.

HEREDIA, El socialismo como alternativa a los dilemas de la humanidad. Expresión Popular, 2020.

SERAFINO y VIELMA. Radiografía de un país de baja altitud. Misión Verdad. Caracas, 2019.

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.