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Ricardo Mezavila

Escritor, postgraduado en Ciencia Política, activo en movimientos sociales en Río de Janeiro.

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Arrurruz, arrurruz, eh eh eh...

La sabiduría de las gradas nos enseña a endurecernos con ternura, por eso necesitamos practicarla hasta el extremo y sin tregua, quitar las piedras, ocupar todos los espacios, especialmente en las calles, con nuestros instrumentos de lucha.

Hinchas de Botafogo (Foto: Vitor Silva/BFR)

Las tribunas de los años 1970 eran sabias, cantaban en tonos mayores y menores, en verso y en prosa, acompañadas de agogôs, surdos, repiniques, panderetas y la fervorosa charanga levantaba la multitud: Araruta, Araruta, ê ê ê, ¡hijo de puta!

Los gritos eran una forma de desahogar su ira contra el oscurantismo de la dictadura militar que torturaba, desaparecía y asesinaba a opositores del régimen asesino.

Desde la redemocratización, no hemos vivido tiempos tan oscuros como los actuales. La pandemia por sí sola habría bastado para impactar negativamente esta era. Sin embargo, Dios, en su infinita paciencia, puso una piedra fascista en el camino de Brasil.

¿Por qué carajo hizo Dios esto?  

Además de ser un bromista al que le encanta hacer bromas, Dios puede haberse sentido molesto con el Lava Jato, con aquella pequeña coreografía de baile "Fuera Dilma, fuera Pete", con la audacia de Eduardo Cunha y Aécio Neves, con las expresiones faciales de Leilane Neubarth y los comentarios de Miriam Leitão, con la comparación entre Michel Temer y un helecho, con la cobarde Corte Suprema.

Si a Carlos Drummond de Andrade le molestó una piedra, ¿qué será de nosotros con una avalancha de piedras fascistas intentando bloquear nuestro paso?

La sabiduría de las tribunas nos enseña a endurecernos con ternura, así que debemos practicarla al máximo y sin descanso, quitando las piedras, ocupando cada espacio, especialmente las calles, con nuestros instrumentos de lucha. Arrurruz, arrurruz...

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.