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Reynaldo José Aragón Gonçalves

Reynaldo Aragón es periodista especializado en geopolítica de la información y la tecnología, con especial atención a las relaciones entre tecnología, cognición y comportamiento. Es investigador del Centro de Estudios Estratégicos en Comunicación, Cognición y Computación (NEECCC – INCT DSI) y miembro del Instituto Nacional de Ciencia y Tecnología en Disputas y Soberanía de la Información (INCT DSI), donde investiga los impactos de la tecnopolítica en los procesos cognitivos y las dinámicas sociales en el Sur Global. Es editor del sitio web codigoaberto.net.

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Estrategias fascistas para censurar a los medios progresistas en Brasil

'Cómo el aparato estadounidense, aliado con MAGA y la extrema derecha brasileña, prepara un plan de silenciamiento digital antes de las elecciones de 2026'

Donald Trump, Eduardo y Jair Bolsonaro (Foto: Divulgación/Facebook Eduardo Bolsonaro)

Denuncias coordinadas, etiquetas como "Antifa", sanciones económicas, acceso a datos y tratados internacionales conforman un arsenal legal y tecnológico que puede utilizarse para eliminar selectivamente perfiles, canales y páginas progresistas en Brasil. Una maquinaria de guerra híbrida que amenaza la soberanía informativa y la democracia brasileña.

Introducción — El mecanismo de censura híbrido

Brasil está a punto de entrar en un ciclo electoral decisivo, y el bando progresista necesita comprender una amenaza que se manifiesta no en tanques en las calles ni en sedes golpistas, sino en la arquitectura invisible del internet global. Lo que está en juego no es solo la contienda política de 2026, sino la propia soberanía informativa del país.

Los mecanismos ya están en marcha: por un lado, la narrativa inventada por la extrema derecha que etiqueta a periodistas, medios de comunicación independientes y movimientos sociales como "antifa"; por otro, el arsenal legal y tecnológico de Estados Unidos, listo para transformar esta etiqueta en sanciones, bloqueos y silenciamiento digital. El resultado es un mecanismo de censura selectivo y quirúrgico que podría derrumbar el ecosistema progresista de Brasil justo cuando más necesita su voz.

Esto no es una teoría conspirativa. El mecanismo ya se ha probado en otros países —Rusia, Irán, Venezuela, Palestina, Cuba— donde las sanciones de la OFAC, las órdenes ejecutivas de la Casa Blanca, los acuerdos de datos como la Ley CLOUD y tratados como la Convención de Budapest se han combinado con las políticas internas de las plataformas digitales para eliminar canales, desmonetizar medios y exponer redes de apoyo. Ahora, este mismo modus operandi se está utilizando contra Brasil, con un objetivo claro: romper la resistencia democrática y debilitar al gobierno de Lula en el escenario global.

La etiqueta “antifa” como arma de guerra semántica

Pocas manipulaciones lingüísticas han sido tan efectivas para la extrema derecha como transformar "antifa" en sinónimo de enemigo público. El término deriva de antifascista, es decir, alguien que lucha contra el fascismo. Por lo tanto, cualquiera que sea "antiantifa" es, en la práctica, profascista. Esta simple ecuación, que debería ser obvia, ha sido secuestrada y distorsionada hasta convertirse en un arma retórica y legal.

En Estados Unidos, el movimiento MAGA (Hacer Grande su Gran Acción) presionó para que Antifa fuera considerada una organización terrorista, a pesar de no existir fundamento legal para ello. En Brasil, el bolsonarismo siguió el mismo camino: perfiles, periodistas y medios de comunicación independientes comenzaron a ser etiquetados como "antifa", como si luchar contra el fascismo fuera un delito. Este es un mecanismo de guerra cultural que crea estigma para justificar la persecución.

El poder de esta etiqueta reside en su traducción automática en los sistemas internos de las plataformas digitales. Términos como "organización peligrosa", "incitación a la violencia" o "injerencia extranjera" sirven como términos genéricos para las voces progresistas, incluso cuando no hay actividad ilegal involucrada. La mera acusación basta para activar algoritmos de moderación, generar informes coordinados y allanar el camino para sanciones más severas.

Lo que vemos, por tanto, es un uso instrumental del lenguaje: inversión de significados, criminalización de la lucha antifascista y naturalización de la colusión con el fascismo. La guerra empieza con la semántica, pero termina en una censura real y concreta.

Del etiquetado a la censura digital: el modus operandi

Una vez que la etiqueta "Antifa" se ha consolidado como sinónimo de amenaza, el siguiente paso es implementar la censura. El proceso es silencioso, casi burocrático, pero devastador. Funciona en cadena:

  1. Acusaciones coordinadas: grupos organizados de extrema derecha lanzan ataques masivos contra páginas, canales y perfiles progresistas, acusándolos de incitar a la violencia o difundir el odio.

  1. Traducción automática por plataformas: las quejas se clasifican en categorías internas predefinidas: «organizaciones peligrosas», «incitación a la violencia», «injerencia extranjera». La etiqueta «Antifa» encaja perfectamente en este contexto.

  1. Acción privada inmediata: ataques sucesivos, desmonetización, degradación algorítmica (reducción del alcance) y, en última instancia, eliminación de cuentas y canales completos.

  1. Escalada legal y política: cuando es necesario, Estados Unidos activa sanciones, órdenes ejecutivas o tratados internacionales, transformando acusaciones fluidas en obligaciones de cumplimiento que las plataformas se ven obligadas a cumplir.

Este modus operandi no es teoría: ya ha sido probado y aplicado.

● Rusia (2022): YouTube y Google Ads derribaron a RT y Sputnik a nivel mundial.

● Irán (2019): Las cuentas oficiales del CGRI desaparecieron de Instagram después de ser designadas como terroristas.

● Venezuela (2017-2020): Las sanciones de la OFAC se dirigieron a teleSUR y otros medios de comunicación vinculados al gobierno.

● Palestina: bloqueo sistemático de cuentas y páginas vinculadas a movimientos de resistencia bajo la justificación del “terrorismo”.

● Cuba: Periodistas independientes y medios de comunicación críticos al bloqueo fueron blanco de prohibiciones en Facebook y Twitter, bajo acusaciones de “violaciones de políticas”.

El hilo conductor es el mismo: narrativa + moderación privada + instrumentos legales estadounidenses. El mecanismo funciona porque cada pieza se refuerza mutuamente. En Brasil, este proceso podría afectar al ecosistema progresista precisamente en el momento en que más necesita visibilidad: las elecciones de 2026.

La capa jurídica de EE.UU.

Tras las quejas y la moderación algorítmica se esconde un arsenal legal estadounidense listo para transformar acusaciones fluidas en órdenes concretas de censura y vigilancia. Aquí es donde la guerra cultural se cruza con el aparato estatal.

OFAC/IEEPA —La Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) del Tesoro y la ley IEEPA otorgan al presidente la facultad de declarar emergencias nacionales y bloquear bienes, servicios y transacciones. Una vez sancionada, cualquier persona o entidad se vuelve radiactiva: las plataformas estadounidenses (Google, Meta, Microsoft, PayPal, Stripe) están legalmente obligadas a suspender cuentas, contratos, monetización e incluso el alojamiento. Así fue como los medios rusos perdieron visibilidad global tras la guerra en Ucrania.

Ley NUBE La ley de 2018 exige a las empresas tecnológicas estadounidenses que entreguen los datos de sus usuarios en cualquier parte del mundo, incluso si están almacenados fuera de EE. UU. Además, crea acuerdos bilaterales que permiten solicitudes directas de información entre gobiernos. Esto significa que, en nombre de investigaciones "antiterroristas" o "antifascistas", se puede acceder rápidamente a los datos de periodistas y medios de comunicación brasileños, sin necesidad de revisión judicial en Brasil.

Convención de Budapest / Segundo Protocolo Adicional — Este tratado internacional sobre ciberdelincuencia, actualizado en 2022, permite a las autoridades de los países signatarios realizar solicitudes directas a los proveedores y registradores de dominios, evitando los canales diplomáticos tradicionales. En la práctica, facilita la entrega de datos de cuentas progresivas a autoridades extranjeras, abriendo lagunas para su uso político en contextos de guerra híbrida.

Órdenes ejecutivas — La Casa Blanca aún podría emitir órdenes como la de 2025, que clasifica la "detención injusta" de ciudadanos estadounidenses como motivo de sanciones y restricciones de visa. Otros intentos de crear una "ley antifa" también demuestran el afán de transformar la retórica en poder coercitivo.

Esta arquitectura legal funciona como un campo minado: cualquier acusación podría desencadenar obligaciones de cumplimiento que obliguen a las plataformas a cerrar canales, recortar la financiación y exponer redes de apoyo progresistas.

Presión política y presiones

Mientras que el aparato legal garantiza la fuerza coercitiva, la política crea un clima de intimidación permanente. En Estados Unidos, este mecanismo se conoce como jawboning: el gobierno no necesita ordenar directamente a las plataformas que eliminen contenido; simplemente señala costos regulatorios, recortes de fondos y amenazas públicas para inducir una moderación "voluntaria".

El reciente caso de la muerte de Charlie Kirk y la suspensión del programa de Jimmy Kimmel es ejemplar. Trump aprovechó el episodio para atacar a ABC y volvió a sugerir que las cadenas críticas deberían perder sus licencias. Si bien la FCC no puede revocar licencias basándose en contenido periodístico, el mero hecho de que el presidente planteara el tema crea un clima de temor corporativo, donde los ejecutivos y abogados de las plataformas prefieren eliminar contenido y cuentas antes que arriesgarse a futuras represalias.

Esta presión no se limita a las grandes cadenas privadas. Trump y sus aliados ya han tomado medidas contra los medios públicos, recortando la financiación de NPR y PBS, y anunciando el fin de la Corporación para la Radiodifusión Pública (CPB). Es el mensaje perfecto: quienes desafían el poder pierden recursos, concesiones o espacio institucional.

En Brasil, esta lógica puede replicarse. La extrema derecha denuncia a los medios de comunicación progresistas como "antifa", crea un ambiente de linchamiento digital y luego señala al gobierno estadounidense que representan una "amenaza" para los ciudadanos o intereses estadounidenses. A partir de ahí, la presión transnacional toma el control: las plataformas, temerosas de las sanciones, optan por actuar preventivamente y eliminar contenido incluso antes de recibir una orden formal.

Así, la presión política indirecta actúa como un nexo entre la narrativa y la ley. El mecanismo es completo: denuncia → intimidación → autocensura.

La economía política de la censura

Ninguno de estos mecanismos existe en el vacío. La ofensiva contra el ecosistema progresista brasileño no es meramente ideológica: se arraiga en intereses materiales concretos que impulsan el imperio digital y la extrema derecha global.

En el centro de la atención se encuentra la regulación de las grandes tecnológicas. El gobierno de Lula, en colaboración con el Supremo Tribunal Federal (STF), abrió el frente más audaz del hemisferio occidental para confrontar a las plataformas digitales, planteando la necesidad de limitar el poder algorítmico, gravar a las empresas y exigirles responsabilidades por la desinformación. Para Estados Unidos, esto significa amenazar la joya de la corona de su dominio geopolítico: el complejo cívico-militar de tecnología, datos y plataformas.

Otro punto crítico son los BRICS. El acercamiento de Brasil a China, Rusia, India y Sudáfrica —especialmente en temas de inteligencia artificial, infraestructura de datos y monedas alternativas al dólar— desafía la hegemonía financiera e informativa de Washington. Es en este escenario donde la narrativa antifa y los mecanismos legales se convierten en armas para erosionar la credibilidad de Brasil y debilitar su liderazgo internacional.

Y también está la disputa por recursos estratégicos, como las tierras raras de la Amazonia y el petróleo del Margen Ecuatorial. Estos insumos son la base de la transición energética y la industria de alta tecnología. Cualquier gobierno que defienda su soberanía sobre ellos será clasificado como "hostil" a los intereses del capital transnacional. El silenciamiento de las voces progresistas forma parte de esta guerra: sin comunicación, no hay resistencia política organizada.

Por lo tanto, la censura no es solo cultural o tecnológica: es económica y geopolítica. Eliminar perfiles, canales y páginas progresistas en Brasil allana el camino para que el imperio digital capture datos, recursos y mercados.

Escenario 2026: El riesgo de un apagón progresivo

Brasil entrará en 2026 bajo una tormenta híbrida. El mismo mecanismo, ya probado en otros países, podría aplicarse de forma selectiva y quirúrgica contra el ecosistema progresista brasileño en pleno auge de la campaña electoral.

El guión es predecible: quejas coordinadas contra perfiles, canales y medios progresistas → traducción automática por parte de las plataformas a categorías como “organizaciones peligrosas” o “interferencia extranjera” → huelgas, desmonetización y expulsiones masivas → presión política y sanciones legales de EE. UU., transformando acusaciones fluidas en obligaciones de cumplimiento.

El efecto concreto es la creación de un apagón comunicacional selectivo: en el mismo momento en que Lula y las fuerzas progresistas desafían los intereses estratégicos del imperio digital (regulación de las grandes tecnológicas, los BRICS, las tierras raras, la soberanía de la información), sus canales de comunicación pueden quedar reducidos al silencio mediante bloqueos, recortes de monetización y eliminaciones algorítmicas.

Más que censura, se trata de una operación para estrangular la democracia. El bando progresista podría llegar a 2026 en una desventaja brutal, no solo frente a la maquinaria de noticias falsas de la extrema derecha, sino también frente a la propia infraestructura global que controla las plataformas. Se trata del uso de la guerra cultural, legal y tecnológica para manipular el campo de batalla electoral.

Informe y advertencia final

Lo que nos espera no es solo la amenaza generalizada de la desinformación, sino un plan de guerra híbrido estructurado que combina narrativa, tecnología, derecho y geopolítica para reprimir las voces progresistas en Brasil. Al convertir a "Antifa" en un enemigo público, el eje EE. UU./MAGA/Bolsonarismo crea la base semántica para criminalizar a quienes defienden la democracia. Al utilizar plataformas digitales como intermediarias, convierte las denuncias coordinadas en censura privada. Y al activar instrumentos como la OFAC/IEEPA, la Ley CLOUD y Budapest II, otorga un manto legal a la persecución política, transformando las acusaciones en obligaciones formales de cumplimiento.

El objetivo es claro: el ecosistema progresista brasileño. El momento también lo es: las elecciones de 2026. Si se activan las cosas, veremos perfiles eliminados, canales eliminados, recortes en la monetización y redes de apoyo expuestas, todo bajo el pretexto de "combatir a los extremistas". En la práctica, será una victoria para la estrategia fascista de silenciar a los antifascistas.

Por lo tanto, es urgente denunciar y advertir. Cualquiera que sea anti-Antifa es, objetivamente, profascista. Y permitir que este mecanismo de censura se instale es aceptar que la democracia brasileña se verá sofocada en medio de una disputa electoral. Corresponde a las fuerzas progresistas, las instituciones democráticas y la sociedad civil construir barreras de soberanía informativa, aumentar la resistencia y prepararse para la inevitable confrontación. Porque la batalla que se avecina no será meramente electoral: será por la supervivencia de la voz progresista en el espacio público digital y, en última instancia, por la propia democracia en Brasil.

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.

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