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Bruno Fabricio Alcebino da Silva

Licenciado en Ciencias y Humanidades y actualmente cursando la especialización en Economía y Relaciones Internacionales en la Universidad Federal del ABC. Investigador del Observatorio Brasileño de Política Exterior e Integración Internacional (OPEB).

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Las venas siguen abiertas: Venezuela, la intervención extranjera y la persistencia del imperialismo en América Latina.

Las venas abiertas de América Latina siguen sangrando.

Se eleva humo tras múltiples explosiones en Caracas - 01/03/2026 (Foto: Video obtenido por Reuters/vía REUTERS)

La historia de América Latina está atravesada por una constante que Eduardo Galeano describió con precisión casi quirúrgica en Las venas abiertas de América Latina (1971): la región no solo fue explotada, sino organizada para ser explotada. Desde la invasión europea hasta las formas contemporáneas de interferencia política, económica y militar, el continente ha sido tratado como un espacio para la extracción de riqueza y el disciplinamiento político, rara vez como un sujeto pleno de su propia historia. Es dentro de este largo arco histórico —y no como un episodio aislado— que deben entenderse los ataques de Estados Unidos a Venezuela, que culminaron con el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, el 3 de enero de 2026. Esta lógica no es nueva. Desde los siglos XVI al XVIII, la plata de Potosí, el oro brasileño y el plantaciones Las sociedades caribeñas mantuvieron el florecimiento europeo, dejando atrás sociedades devastadas y economías dependientes. En el siglo XIX, tras la independencia formal, reapareció la tutela externa mediante deudas, tratados desiguales e intervenciones armadas. En el siglo XX, la Doctrina Monroe consolidó la idea de que América Latina sería una zona de influencia exclusiva para Estados Unidos, legitimando golpes de Estado y ocupaciones militares contra gobiernos considerados inconvenientes. Guatemala en 1954, Brasil en 1964, República Dominicana en 1965, Chile y Uruguay en 1973, Panamá en 1989: la lista es extensa y dolorosamente conocida.

Venezuela encaja perfectamente en este patrón. Poseedora de una de las mayores reservas de petróleo del planeta y vastos recursos naturales, siempre ha ocupado una posición estratégica en el panorama geopolítico, una situación que se ha visto agravada en el siglo XXI por su acercamiento a China y Rusia. En los últimos años, Caracas ha profundizado los acuerdos de cooperación energética, militar, financiera y tecnológica con Pekín y Moscú, buscando eludir las sanciones, reducir la dependencia del sistema financiero dominado por Estados Unidos y ampliar su autonomía internacional. Esta reorientación ha sido interpretada por Washington no solo como una decisión soberana, sino como un desafío directo a su hegemonía regional, reactivando la lógica de la Guerra Fría aplicada al espacio latinoamericano.

Bajo el gobierno de Maduro (2013-presente), el deterioro de las relaciones con Estados Unidos se intensificó. Las acusaciones de autoritarismo y violaciones de derechos humanos, a menudo movilizadas selectivamente en el discurso internacional, se acompañaron de severas sanciones económicas, bloqueos financieros e intentos sistemáticos de aislamiento diplomático. Sin embargo, este asedio no comenzó con Maduro, sino que se remonta al gobierno de Hugo Chávez (1999-2013), marcado por sucesivos intentos de desestabilización, incluyendo el intento de golpe de Estado de 2002, el sabotaje económico y el apoyo explícito o tácito a estrategias extrainstitucionales de la oposición.

La propia oposición venezolana, lejos de ser homogénea, se fragmentó entre sectores que abogaban por la contienda electoral y otros que apostaban abiertamente por sanciones, intervenciones externas y el reconocimiento paralelo de gobiernos interinos. En este contexto, destaca María Corina Machado, la controvertida ganadora del Premio Nobel de la Paz 2025, una líder de perfil ultraliberal y alineamiento explícito con Washington, cuya estrategia priorizó la presión internacional y la ruptura total con el chavismo, incluso a costa de la soberanía nacional. Esta postura contribuyó al debilitamiento de las soluciones internas negociadas y a la legitimación discursiva de una escalada externa cada vez más agresiva.

Las elecciones presidenciales de 2024 profundizaron este escenario. El proceso electoral fue deslegitimado por Washington y sectores de la oposición incluso antes de su conclusión, mientras que el Departamento de Justicia de Estados Unidos reanudó las acusaciones contra Maduro, clasificándolo como "jefe de un cártel de la droga". Esta acusación penal interna estadounidense se convirtió en un instrumento de política exterior, sirviendo de base para la intensificación de la presencia militar estadounidense en el Caribe y la posterior acción armada directa, con el argumento de combatir el narcotráfico y la inestabilidad regional.

El 3 de enero de 2026, esta acumulación de presiones culminó en la operación militar. Operación Resolución Absoluta...con bombardeos en Caracas y otras regiones, que resultaron en el secuestro de Maduro y su esposa por fuerzas especiales estadounidenses y su traslado fuera del país. El presidente Donald Trump declaró que Estados Unidos "administraría" temporalmente Venezuela y se involucraría directamente en sectores estratégicos, especialmente el petróleo, retomando, sin tapujos, la lógica histórica de apropiación de recursos bajo control externo. Expertos en derecho internacional clasificaron la operación como una violación directa de la soberanía venezolana y de la Carta de las Naciones Unidas, al no contar con la autorización del Consejo de Seguridad ni con una situación de legítima defensa.

La reacción internacional estuvo marcada por la indignación y la aprensión. Países latinoamericanos, como Brasil y Colombia, condenaron la agresión y advirtieron sobre los riesgos de inestabilidad regional. Incluso en Estados Unidos, se criticaron la falta de autorización del Congreso y el precedente que sentó la captura de un jefe de Estado extranjero en funciones.

Este precedente es quizás el elemento más grave de todo el episodio. Al arrogarse el derecho unilateral de secuestrar a un presidente basándose en acusaciones de sus propios tribunales, Estados Unidos normaliza un estado de excepción permanente para los países periféricos. La soberanía deja de ser un principio universal y pasa a funcionar como una concesión condicional, revocable según la alineación geopolítica. Ningún Estado del Sur Global queda protegido cuando las elecciones pueden ser invalidadas externamente y las acusaciones penales internas transformadas en justificación para una intervención armada.

Este movimiento se vincula además con el uso estructural de las sanciones económicas como arma política. Lejos de ser medidas diplomáticas aisladas, las sanciones impuestas a Venezuela funcionaron como una auténtica guerra económica, erosionando la capacidad del Estado para importar alimentos, medicamentos y suministros básicos. Los efectos sociales de este estrangulamiento —empobrecimiento, deterioro de los servicios públicos y migración masiva— se utilizaron posteriormente como pretexto humanitario para nuevas formas de injerencia. Se produce el colapso, se explota el sufrimiento y luego se presenta la intervención como la solución.

Como advirtió Galeano, el subdesarrollo latinoamericano no es un accidente, sino la otra cara del desarrollo de las potencias centrales. La retórica contemporánea de “transición” y “estabilización” simplemente actualiza la vieja misión civilizadora que históricamente justificó invasiones, ocupaciones y masacres. Reconocer las contradicciones internas de Venezuela es necesario; aceptarlas como justificación de secuestros, bombardeos y tutelaje extranjero es políticamente inaceptable.

Las heridas abiertas de América Latina siguen sangrando, ahora no solo por el saqueo de los recursos naturales, sino por la erosión directa de la soberanía política. Lo que está en juego no es solo el futuro de Venezuela, sino el destino de la propia región como espacio de toma de decisiones autónoma. Tratar este episodio como una excepción es un error histórico. Debe entenderse como una advertencia: sin memoria, sin solidaridad regional y sin la defensa colectiva de la soberanía, el imperialismo no regresará; simplemente nunca se fue.

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.