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César Fonseca

Reportero político y económico, editor del sitio web Independência Sul Americana

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Activos reales en el escenario proteccionista: nueva moneda y poder global

Éste es el mayor desafío para el gobierno de Lula

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ofrece detalles sobre los aranceles en el jardín de rosas de la Casa Blanca en Washington, D.C. - 2 de abril de 2025 (Foto: REUTERS/Carlos Barria)

Sudamérica, en el escenario del proteccionismo trumpista, es el nuevo país rico del mundo.

Lo único que falta es liderazgo político para transformar este hecho evidente en una realidad innegable.

El continente sudamericano, en el contexto del trumpismo proteccionista, va camino a convertirse en la nueva potencia mundial, porque posee activos reales que hasta este momento histórico han sido explotados por los países ricos e imperialistas, a través del deterioro de los términos de intercambio que impone el poder monetario imperialista.

Como tenían hegemonía sobre la emisión de la moneda dominante, los países capitalistas ricos, como Inglaterra en el siglo XIX y Estados Unidos en el siglo XX, impusieron el señoreaje, el privilegio de cobrar por este poder monetario.

Con ella compraban materias primas a precios bajos para vender productos manufacturados caros, apropiándose de la diferencia para sus propios intereses.

Ahora, los cambios están en la dirección opuesta: la riqueza financiera que compró activos reales a bajo precio pierde valor y la riqueza real se aprecia, ya que los ricos se ven obligados a gravar los bienes manufacturados de sus competidores para proteger sus mercados.

Luchas, una vez más, entre potencias industriales ante una oferta que supera la demanda, impulsada por los avances científicos y tecnológicos puestos al servicio de la producción y el beneficio.

En este contexto, quienes poseen las escasas materias primas imprescindibles para una manufactura superabundante, gracias al desarrollo tecnológico que aumenta la oferta en relación con la demanda, tienden a enriquecerse, aprovechando la nueva correlación de fuerzas.

CHÁVEZ, PRECURSOR DEL NUEVO ORDEN

La persona en Sudamérica que comenzó a poner en práctica el discurso de valorar las materias primas, como poder monetario, en relación a los productos manufacturados fue el líder socialista venezolano, Hugo Chávez.

Predicó la necesidad de pagar las cuentas del comercio internacional con la riqueza petrolera nacional y de defender políticamente esta riqueza con la emancipación política socialista venezolana.

Nicolás Maduro, sucesor de Chávez, en pleno auge de las sanciones comerciales del imperio estadounidense contra Venezuela, lanzó el Petros, una nueva moneda nacional, anclada en el petróleo.

Sufrió –y aún sufre– sanciones comerciales imperialistas que superó con lucha, sudor y sangre, traicionado por falsos líderes latinoamericanos que se aliaron con el imperio norteamericano, para no ver florecer en América Latina el discurso del libertador Simón Bolívar.

Estados Unidos es el que más anhela la moneda petrolera.

En 1974, los estadounidenses firmaron un acuerdo -que duraría 50 años, hasta 2024- con Arabia Saudita, mediante el cual nació el petrodólar, como ancla fundamental para la moneda estadounidense, que se había desprendido del patrón oro en 1971, durante la Administración Nixon.

Aliados europeos, como Francia y Alemania, en ese momento avanzaron hacia el retiro de sus reservas de oro depositadas en Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial como garantía para recibir financiamiento estadounidense en dólares.

Nixon, bajo presión, desvinculó el dólar del oro y dejó que la moneda flotara sin respaldo.

Posteriormente impuso la desregulación de la economía global, para favorecer los préstamos estadounidenses a tasas de interés bajas en el contexto monetario de una abundancia de oferta monetaria.

PODER MONETARIO IMPERIALISTA

Se inauguró una fase histórica en la que la moneda dominante aumentaría la liquidez global, hasta que, en los años 1980, Estados Unidos, preocupado por el peligro de inflación, elevó violentamente el tipo de interés americano, del 5% al ​​21%, al mismo tiempo que creaba el Consenso de Washington.

Basándose en restricciones monetarias y fiscales –el famoso marco neoliberal al que Brasil está hoy esclavizado financieramente–, Estados Unidos impuso nuevas reglas para evitar la quiebra internacional de los deudores en dólares, prestados a bajas tasas de interés: metas de inflación, superávits fiscales y tipos de cambio flotantes.

Frente a este trípode neoliberal, los deudores tenían prohibido crecer más allá de los límites fijados por Washington, cuya prioridad era exigir el pago de las deudas a tipos de interés flotantes y asfixiantes.

La moneda imperialista, una potencia internacional, compra barato en el mercado global para sostener bajas tasas de interés e inflación en Estados Unidos, mientras que, en un contexto de deterioro de los términos de intercambio, los deudores comenzaron a enfrentar lo contrario: altas tasas de interés e inflación.

Obligados a recurrir a devaluaciones intermitentes de su moneda para aumentar las exportaciones y pagar sus deudas, los deudores se sometieron a la perversa lógica imperialista de vender sus materias primas baratas para comprar bienes manufacturados caros.

El deterioro de los términos de intercambio impuso su precio: renuncia a la industrialización y a la creación de empleos de calidad, a un mercado interno fuerte, en definitiva, liberación económica, soberanía.

DOS PESOS, DOS MEDIDAS

Los estadounidenses facilitaron la vida a sus aliados ricos, como Europa, Japón y Canadá, que, con monedas devaluadas frente al dólar fuerte, exportaban productos manufacturados a Estados Unidos con ventajas comparativas.

China, al no entrar en el juego del Consenso de Washington, preservar su soberanía, mantener un Estado fuerte, bancos públicos soberanos y una competitividad acelerada, ganó la carrera competitiva en todo el mundo.

Frente a este nuevo juego en el que el poder financiero imperialista se mostró inexpugnable para aprovechar la financiarización, los estadounidenses se encontraron con su talón de Aquiles: la desindustrialización y el desempleo.

Los empleos, frente a la creciente explotación de la plusvalía en Estados Unidos, con salarios presionados por la acumulación capitalista sin límites, se han vuelto cada vez más precarios, al ritmo de la hegemonía monetaria, para financiar guerras de dominación en los cinco continentes, expandiendo el imperio norteamericano.

FRENO DE OSO

El freno a esta situación llegó en 2022, con el intento de la administración Biden de derrotar a Rusia con fuerzas de la OTAN, apoyadas por Europa.

Los rusos se aliaron con los chinos, siempre acosados ​​por los estadounidenses, cada vez más inferiores en la disputa comercial con China, y un nuevo orden mundial comenzó a tomar forma, hasta que Trump, un republicano, le dio vuelta a la tortilla a los demócratas, derrotando a Joe Biden, el carnicero de la guerra.

En esencia, Trump inicia un cambio en la política económica imperialista al abandonar el orden financiero, que empobrece a la sociedad, para defender el proteccionismo económico.

El trumpismo busca defender la economía real frente a la economía ficticia y especulativa, en nombre de la recuperación de la industria y del empleo en Estados Unidos.

El poder hegemónico de la moneda imperialista sin respaldo señala su declive para mantener el predominio del deterioro de los términos de intercambio en las relaciones con los socios internacionales.

El punto de inflexión se anuncia pues con la valorización de la riqueza real y la devaluación de la riqueza falsa y ficticia.

Nacionalismo en ascenso

Políticamente, el nacionalismo proteccionista imperialista socava el neoliberalismo especulativo que impuso la esclavitud financiera del imperio a las colonias y a los aliados en general.

Geopolíticamente, Estados Unidos, bajo el gobierno de Trump, aleja a quienes carecen de la influencia necesaria para financiar la recuperación económica, como los europeos, que carecen de riqueza real.

El trumpismo busca coexistir, aunque sea de forma conflictiva, con quienes detentan el poder real: por un lado, Rusia y su poderío militar, victoriosa en la guerra de Ucrania contra la OTAN –estadounidenses y europeos– y, por otro, China, una potencia económica y financiera en ascenso irresistible.

Los aliados, China y Rusia, imponen el nacionalismo frente al neoliberalismo especulativo.

En este nuevo contexto, se abren nuevos horizontes, especialmente para América del Sur, donde Brasil, la mayor potencia continental, miembro de los BRICS, aliado de China y Rusia, posee la nueva riqueza global que cuenta: los activos reales.

Trump, como emperador, intenta una coexistencia confrontativa y arrogante con los sudamericanos en el nuevo entorno internacional, que despierta el nacionalismo continental.

La estrategia imperialista de Trump puede imponerse fácilmente a los europeos, que carecen de las materias primas esenciales para la industria manufacturera estadounidense.

Sin embargo, el agujero es más profundo en relación a Sudamérica, que tiene una riqueza que Estados Unidos –ni ningún otro país, ni siquiera China– no posee.

Los términos de la negociación internacional tendrán que cambiar.

El poder de negociación de Sudamérica requerirá una selectividad que gane dimensiones globales en compañía de sus aliados BRICS, una nueva potencia geopolítica internacional, etc.

NUEVA MONEDA GLOBAL 

La moneda brasileña es diversa y poderosa.

En resumen, una canasta de monedas: petróleo, oro, minerales raros, un medio ambiente capaz de producir hasta tres cosechas anuales, energía solar y eólica, una biodiversidad infinita, las bases de una nueva industrialización anticontaminación atractiva para el capital especulativo, candidatas a la devaluación frente al proteccionismo, para ser recicladas en América del Sur.

Por encima de todo, Brasil logró, desde la era Vargas, de 1930 a 1980, construir una fuerte base industrial con una clase empresarial diligente y vinculada al Estado nacional que el neoliberalismo pretende destruir.

Sin embargo, lo que falta es lo que determina la Constitución de 1988: prioridad política para la unión económica latinoamericana que el modelo golpista neoliberal rompió para imponer el rentismo especulativo mediante ajustes fiscales y monetarios antidesarrollistas.

Cambiar el curso de los acontecimientos, en el nuevo escenario inaugurado por el trumpismo proteccionista, es por tanto un imperativo kantiano categórico.

Éste es el mayor desafío que enfrenta el gobierno de Lula en los dos años que quedan de su tercer mandato: intentar asegurar un cuarto en el nuevo escenario internacional que inaugura el proteccionismo trumpista, sin ninguna certeza de que triunfe.

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.