Canalha
El episodio de Delcídio do Amaral recuerda al Tercer Reich en dos aspectos.
Recuerda el régimen abominable que cobró millones de vidas en la Alemania de los años 1930 bajo la dictadura de Hitler, por haber usado la denuncia como forma de escapar de la dictadura que se instauró en parte del territorio brasileño, más precisamente en Curitiba, donde detener ciudadanos sin juicio previo se volvió rutina, pero donde ingresaba tras cometer un delito en flagrancia.
Su crimen fue tan atroz que la Corte Suprema no tuvo más alternativa que ordenar su arresto, con el acuerdo del Senado, en una decisión extraordinaria que sólo se aplica a casos extraordinarios.
La traición fue una de las piedras angulares del régimen nazi, en el que incluso los niños eran animados a denunciar a sus padres en nombre de la preservación de la dictadura más sangrienta del siglo XX, recompensados también, no con la libertad, como en el caso del ahora ex senador, sino con la convicción de que estaban ayudando a construir un futuro brillante para sí mismos.
Más sórdido aún que la propia confesión fue la razón que utilizó para justificar lo que hizo: estaba cumpliendo órdenes, "fue un crimen ordenado por otro", no lo estaba haciendo por iniciativa propia, sino para complacer a la presidenta Dilma y al ex presidente Lula.
Éste, coincidentemente, fue el mismo pretexto utilizado por los verdugos nazis –todos ellos– cuando fueron juzgados en los juicios de Núremberg.
Enviaron a la muerte en las cámaras de gas a seres humanos de todas las edades, siempre que fueran judíos, porque cumplían órdenes de sus superiores, que no podían rechazar.
Es claro que esta excusa, por ignominiosa que fuera, no conmovió al jurado y no salvó a ninguno de ellos de la horca, a pesar de que, si no obedecían, ellos mismos podían ser fusilados o morir de la misma forma que sus víctimas.
En el caso de Delcídio, ni siquiera existía esa circunstancia atenuante. Si no cumplía esa orden, suponiendo que existiera, lo cual roza lo absurdo, ¿qué ocurriría si no la cumplía? ¿Lo fusilarían? ¿Lo ahorcarían? ¿Iría a la cámara de gas? No. Como mucho, lo destituirían de su puesto de liderazgo en el gobierno. Ese habría sido su castigo.
Si fuera un hombre honorable, una persona de carácter, al supuestamente recibir una tarea cuyas consecuencias serían extremadamente graves, habría respondido "no", porque el precio de perder el liderazgo sería mucho menor que el de perder el honor y la libertad.
Él sólo hizo lo que hizo por iniciativa propia, y no por órdenes, como demuestra la grabación presentada por el hijo de Cerverò por sinvergüenza.
Y lo justificó como lo hizo, por la misma razón.
Y los oportunistas que se aprovechan de esto para desacreditar una vez más a un presidente que no es de esa calaña son tan viles como él.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.
