María Luisa Falcao Silva avatar

María Luiza Falcão Silva

Doctorado por la Universidad Heriot-Watt, Escocia. Profesor jubilado de la Universidad de Brasilia. Miembro del Grupo Brasil-China sobre Economía del Cambio Climático (GBCMC) en Neasia/UnB. Autor de *Modern Exchange Rate Regimes, Stabilization Programs and Coordination of Macroeconomic Policies*, Ashgate, Inglaterra.

166 Artículos

INICIO > blog

China y Rusia reaccionan al rearme de Takaichi.

El centro de la disputa geopolítica entre las grandes potencias se ha desplazado al ámbito de la historia.

Sanae Takaichi (Foto: REUTERS/Kim Kyung-Hoon)

La geopolítica asiática vive actualmente un punto de inflexión casi sin precedentes desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Las tensiones que surgen en el Indopacífico no son meramente militares: son históricas, simbólicas y de civilización. La reunión de alto nivel entre China y Rusia celebrada esta semana en Moscú, en la que ambos países reafirmaron su "defensa inquebrantable del legado de la victoria antifascista", no es un ritual diplomático. Es una señal, una advertencia. Una respuesta estructurada a lo que Pekín y Moscú interpretan como el avance de un revisionismo peligroso y, sobre todo, al giro agresivo de Japón bajo el liderazgo de la primera ministra Sanae Takaichi, la "nueva Thatcher de Asia".

Mientras Xi Jinping busca consolidar una visión de seguridad compartida, un multilateralismo renovado y la estabilidad regional, Takaichi representa el movimiento opuesto: un rearme acelerado, una creciente retórica nacionalista y una disposición explícita a insertar a Japón en el centro de las tensiones que involucran a Taiwán. Para China y Rusia, la combinación es explosiva, reminiscente de un pasado que ambas potencias se niegan a permitir que regrese.

El regreso del fantasma: el militarismo japonés como riesgo estructural

Na El martes (12/2), en Moscú, Wang Yi y Sergei Shoigu presidieron la 20ªa Ronda de consultas estratégicas de seguridad entre la República Popular China y la Federación de Rusia.

La declaración conjunta de Wang Yi, ministro de Asuntos Exteriores de China y jefe de la estrategia de política internacional de China junto con Xi Jinping, y Sergei Shoigu, secretario del Consejo de Seguridad de la Federación Rusa, el organismo que formula la doctrina militar y estratégica de Rusia y asesora directamente a Vladimir Putin, reafirmó que ambos países "se opondrán resueltamente a cualquier intento de revivir el fascismo o el militarismo japonés".

El documento, ampliamente discutido en los medios de comunicación de ambos países, evoca algo más que recuerdos de la guerra. Hoy en día, se encuentra en el centro de una nueva disputa sobre la interpretación legítima del período de posguerra. Pekín y Moscú perciben al Japón de Takaichi no solo como un actor alineado con Estados Unidos, sino como un país que está rompiendo los consensos fundamentales establecidos después de 1945.

Japón, que durante décadas cultivó la imagen de una potencia pacifista, se ha convertido en un elemento central de la estrategia estadounidense para contener a China. Pero ahora avanza por su cuenta: ha aumentado el gasto militar, relajado las interpretaciones constitucionales, ampliado sus alianzas e incluso ha sugerido una intervención militar en caso de conflicto en Taiwán, una línea roja histórica para Pekín.

Desde la perspectiva china, no hay paradoja: se trata del regreso de un actor que nunca ha abordado plenamente su legado colonial y que, hasta la fecha, coexiste con grupos políticos que minimizan los crímenes de guerra y exaltan el pasado imperial. Con Takaichi, esta sombra parece estar cobrando luz.

La “nueva Thatcher de Asia”: nacionalismo, rearme y la ruptura con la posguerra

Sanae Takaichi llega al poder en 2025 como una líder que se presenta como moderna, reformista y decidida, pero cuya agenda rompe con la esencia de la Constitución pacifista de Japón. En muchos sentidos, su figura política funciona como una Thatcher asiática: asertiva, ideológicamente rígida, divisiva y convencida de que su misión histórica es restaurar la prominencia militar perdida.

Esta postura choca directamente con la filosofía geopolítica de Xi Jinping. Mientras China apuesta por la integración económica, la estabilidad y la narrativa de un "destino común para la humanidad", el discurso de Takaichi reaviva la lógica de las esferas de influencia y las alianzas armadas. Para Pekín, este contraste no es meramente teórico: constituye una amenaza material.

Por eso, China y Rusia han decidido, en este momento, utilizar el recuerdo de la Segunda Guerra Mundial como herramienta diplomática. Juntos envían un mensaje a Tokio, pero también a la opinión pública estadounidense e internacional: el revisionismo histórico japonés no es un debate académico. Es un vector de inestabilidad real.

El orden posterior a 1945 en disputa: ¿Quién tiene derecho a decir qué fue la Segunda Guerra Mundial?

El centro de la disputa geopolítica entre las grandes potencias se ha trasladado al ámbito histórico. No se trata solo de quién controla el presente, sino de quién tiene la autoridad moral para definir el pasado.

Para China y Rusia, la posguerra no es simplemente un hito legal. Es un recuerdo existencial.

  • Se trata de países que han perdido decenas de millones de vidas;
  • Fueron ellos los protagonistas directos de la derrota del fascismo;
  • Pagaron el precio más alto en la lucha contra los regímenes expansionistas.

Por eso, cuando Tokio relaja su política de defensa, Pekín y Moscú responden no con tecnicismos, sino con la fuerza simbólica de 1945. Se trata de una narrativa poderosa porque asocia el rearme japonés con un fallo moral y no sólo con una decisión militar.

Taiwán como epicentro de la crisis

Cuando Shoigu afirma que Moscú apoya "firmemente" la posición china sobre Taiwán, envía un mensaje claro: la cuestión, que era vista principalmente como una disputa chino-estadounidense, se ha convertido en una cuestión de alineamiento geopolítico más amplio.

La declaración de Takaichi sobre la posible intervención japonesa en una "contingencia en Taiwán" fue la gota que colmó el vaso para Pekín. Japón, protagonista histórico del expansionismo asiático, al declararse dispuesto a actuar militarmente en un conflicto que involucra territorio considerado parte de China, suena, a ojos chinos, a la repetición de un patrón histórico que el mundo prometió no repetir jamás.

Por eso la coordinación chino-rusa se hace cada vez más explícita: ambos quieren evitar que Taiwán se convierta en el Sarajevo del siglo XXI.

Multipolaridad en la madurez: la unión chino-rusa como arquitectura de contención

Lo que surge de esta situación es la consolidación de un eje chino-ruso más cohesionado que en cualquier otro momento desde la década de 1950. No se trata de una alianza formal, sino de una convergencia estratégica impulsada por las acciones de terceros: Estados Unidos, Japón, la OTAN.

El rearme japonés, paradójicamente, impulsa esta convergencia. Moscú ve a Tokio como un país alineado con Washington en su política de cercar el territorio ruso en el Pacífico Norte. Pekín ve renacer a un potencial agresor histórico. Y ambos ven, en el sistema internacional, un orden que debe defenderse para evitar el colapso.

El pasado no ha pasado: ha vuelto al centro de la geopolítica

La reunión en Moscú no fue una mera formalidad. Fue la formalización de un entendimiento común: el mundo asiste al regreso de viejos fantasmas, y Japón se encuentra, una vez más, en el centro de las inquietudes regionales. La diplomacia de la memoria ha regresado.

Para China y Rusia, el rearme japonés liderado por una primera ministra con rasgos de la "nueva Thatcher" representa un cambio peligroso en la arquitectura de seguridad asiática. Por ello, ambos países han decidido convertir el legado de la Segunda Guerra Mundial en una bandera política, como forma de contener el revisionismo, aislar comportamientos considerados provocadores y reafirmar su papel en el centro del orden global.

El mensaje es claro: la historia no es un campo neutral. Es el terreno politizado del siglo XXI.

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.

Artigos Relacionados