Y hablando de química... el laboratorio de Ceará
Ciro Gomes regresa al PSDB aliado del bolsonarismo y hace de Ceará el escenario de una nueva cruzada moral y política contra el PT
"Moriré por Brasil, mataré por Ceará". Las palabras de Ciro Gomes, pronunciadas en la tribuna a su regreso al PSDB, no fueron una exageración retórica. A pesar de su temperamento histriónico, Ciro no dramatizó. Su regreso al partido donde todo empezó simboliza un ciclo completo, un giro de 360 grados sobre sí mismo y su propia historia política. Nació y murió en el PSDB, así como, en 2022, cerró otro ciclo muriendo políticamente en su lugar natal, Sobral.
El gesto condensó una reacción química poco común en la política: la fusión del liberalismo de Tasso Jereissati, el resentimiento de los cristianos y la retórica punitiva del bolsonarismo. Ceará se convirtió en el laboratorio de la nueva derecha para 2026, donde se pondrá a prueba la narrativa de que el Partido de los Trabajadores ha transformado el país en un narcoestado.
La afiliación de Ciro en octubre de 2025 puso fin a una travesía de fiestas y conflictos. Regresó al PSDB acompañado de antiguos adversarios, entre ellos André Fernandes, diputado federal del PL (Partido Progresista), aliado de Jair Bolsonaro, conocido por su negacionismo y su defensa de las agendas más radicales de la ultraderecha en el estado. A su lado estaba Roberto Cláudio, médico, exalcalde de Fortaleza y principal aliado de Ciro, quien ya se había alineado con el bolsonarismo local en las elecciones municipales de 2024.
La improbable unión, presentada como una cruzada moral para "salvar a Ceará de la corrupción y las facciones", inauguró un bloque que busca nacionalizar el sentimiento anti-PT a través de la agenda de seguridad pública. Tasso Jereissati, el padrino político de Ciro, pronunció el discurso inaugural mencionando un supuesto acuerdo de cooperación entre el gobierno y las facciones. Ciro reforzó su línea de ataque elogiando la investigación del capitán Wagner sobre los presuntos vínculos del PT con el crimen organizado.
Estas afirmaciones no son casuales. Constituyen el núcleo del experimento de Ceará: fabricar un discurso de guerra moral que asocia al gobierno estatal, y por extensión al gobierno federal, con la delincuencia. La fórmula privilegia la disociación entre datos y sensaciones, entre métricas y miedo.
El gobierno estatal presenta cifras consistentes, elaboradas por la Superintendencia de Investigación y Estrategia de Seguridad Pública, que muestran una disminución de homicidios y robos hasta 2025. Sin embargo, la oposición afirma que estos indicadores son irrelevantes en la vida cotidiana. Roberto Cláudio ejemplificó esta táctica en el evento de miembros al afirmar que Ceará es uno de los estados más violentos del país, no basándose en las estadísticas, sino en el dominio de las pandillas y la humillación generalizada que afecta a los barrios.
La inseguridad en Ceará es real. No son rumores como los de 2018 y 2022; no es una invención sobre el cierre de iglesias ni los kits eróticos en las escuelas. Es un miedo constante que condiciona la vida de quienes toman el autobús, de quienes cierran sus tiendas temprano y de quienes evitan ciertas rutas. La sensación de riesgo impregna la vida cotidiana de quienes escriben, quienes conocen la carga de vivir en un territorio marcado por la extorsión, el conflicto y el miedo. Sin embargo, reconocer esta realidad no autoriza a transformar el miedo en un instrumento de manipulación política.
Tras la disputa local se esconde una agenda nacional. La tesis del narcoestado ha sido cultivada por sectores de extrema derecha y amplificada por actores extranjeros. En el Congreso, los proyectos de ley que equiparan a las facciones criminales con grupos terroristas ignoran la distinción entre delito e ideología. De aprobarse, allanarían el camino para acusar a los gobiernos civiles de complicidad con el terrorismo, una estrategia de desestabilización ya probada en países latinoamericanos. En el extranjero, figuras bolsonaristas incluso han asociado al PCC con organizaciones como Hezbolá, desplazando el debate de la seguridad pública al ámbito de la guerra religiosa y política.
En este escenario, Ciro actúa como legitimador de esta agenda. Al adoptar la narrativa del vínculo entre el Partido de los Trabajadores (PT) y el crimen, le otorga respetabilidad técnica a una teoría conspirativa y sirve como normalizador de alianzas impías, uniendo a la élite del PSDB con el radicalismo de Bolsonaro bajo la bandera de la moral y el orden.
Fortaleza fue el ensayo. En 2024, la capital vivió unas elecciones decididas por un estrecho margen, una de las contiendas más reñidas del país. Los aliados de Ciro, liderados por Roberto Cláudio, apoyaron a André Fernandes en la segunda vuelta contra el candidato del Partido de los Trabajadores. El episodio demostró que la máxima de "todo vale contra el Partido de los Trabajadores" se había convertido en un método. La capital sirvió de prototipo para la alianza que ahora se consolida a nivel estatal, poniendo a prueba la profundidad de la fusión entre el resentimiento y el castigo.
Mientras la oposición sembraba el miedo, el gobierno federal respondió con una estrategia de integración institucional. La Operación Carbono Oculto, llevada a cabo en 2025 por el Ministerio de Justicia y la Secretaría de Ingresos Federales, desmanteló redes de lavado de dinero vinculadas al PCC y congeló miles de millones de dólares en activos. Fue una iniciativa federal, no del gobierno del estado de Ceará, pero se transformó en un escaparate para el Palacio de Planalto, donde se demostró la interconexión entre inteligencia, combate financiero y soberanía nacional.
El choque de 2026, por lo tanto, enfrenta dos nacionalizaciones. Por un lado, la nacionalización moral de Ciro, que busca transformar a Ceará en un símbolo de resistencia al "sistema PT"; por otro, la nacionalización institucional de Lula, que se apoya en la cooperación federativa y la soberanía informativa para combatir la delincuencia.
El regreso de Ciro al PSDB también es un drama personal. Tasso, el empresario que inauguró la modernización administrativa del estado en la década de 1980, proyectó a Ciro como el heredero de una élite reformista que se consideraba civilizada. La reunión repite el pacto, pero el estado ha cambiado. La nueva élite de Ceará, formada en universidades públicas, movimientos sociales y redes culturales, aprendió a ver la política como un pacto social, no como una meritocracia individual.
Cuando Ciro acusa a Lula de clientelismo y de esclavizar la asistencia social, se dirige a una clase media resentida que no reconoce el estado de bienestar como una política soberana. Su lema resume esta contradicción. Promete morir por Brasil y matar por Ceará, pero lo que realmente simboliza es el retorno al sistema feudal.
El laboratorio de Ceará, en esta metáfora química, revela la inestable mezcla de élites tradicionales, nuevos movimientos de derecha y temores genuinos. Pone a prueba hasta qué punto el pánico puede actuar como catalizador político y si la narrativa del terror aún tiene el poder de encender un Estado que ha aprendido a verse como parte del Brasil que construye, no solo como uno que resiste.
Ciro vuelve al punto de partida, pero Ceará, después de todo, ya no es el mismo.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.



