Una escuela sin sesgo político es una escuela sin historia.
Lo que pretenden los censores no es modificar el currículo escolar, sino impedir enfoques liberadores, restringir el derecho del profesor a fomentar la contradicción y el debate de ideas.
Marc Bloch, uno de los referentes más importantes de la historiografía contemporánea, afirmó que el historiador debe examinar críticamente el pasado no para juzgar si fue bueno o malo, sino para comprenderlo. Desde hace tiempo, historiadores de distintas generaciones se han esforzado por comprender las diferentes sociedades humanas, sus particularidades, sus modos de vida, sus problemas y sus logros.
Esta dedicación ha dado lugar a obras reconocidas mundialmente, investigaciones que han desvelado horrores y bellezas sobre las consecuencias de la acción humana a lo largo del tiempo. Por ello, la historia sigue siendo una disciplina fundamental en los sistemas educativos más avanzados del mundo. La historiografía nos permite confrontarnos con otras sociedades distantes y distintas, generando un auténtico contraste humano entre lo que fuimos y lo que somos ahora.
Es evidente que los historiadores ya no pretenden ser dueños de la vida, ni comprenden que la historia humana siempre sigue una senda evolutiva. Sin embargo, la disciplina histórica continúa siendo una forma de demostrar a los estudiantes que no existe una sola sociedad humana, ni una sola forma de vivir y existir, y que nuestra propia forma de vida eventualmente llegará a su fin. Por lo tanto, la historia tiene la responsabilidad de desnaturalizarlo todo.
Pero para cumplir con su función, los historiadores y educadores quizá necesiten una de las herramientas más básicas que se puedan reivindicar: la libertad de pensamiento y la libertad académica. Estos son precisamente los dos principios que ahora están siendo atacados con dureza por el movimiento de la «Escuela sin Partidos», que los docentes han rebautizado, con mayor acierto, como «Escuela con Bozal».
Quienes defienden la censura argumentan que los docentes no deberían tener libertad académica porque sus alumnos son oyentes cautivos y carecen de la capacidad de cuestionar lo que el profesor dice o calla. Los censores de nuestra época, que tal vez ni siquiera han asistido a una o dos reuniones de padres y profesores, desconocen que los docentes, las escuelas y los libros de texto no son, ni nunca han sido, las únicas herramientas que moldean a los estudiantes. Tal vez lo entenderían si hubieran leído a Paulo Freire, el pedagogo al que demonizan a pesar de su completa ignorancia.
La libertad académica permite a los docentes elegir el mejor enfoque para cada materia. Sin embargo, el contenido que se imparte no lo elabora el profesor, sino los departamentos de educación municipales y estatales, y el propio Ministerio de Educación. Por lo tanto, lo que pretenden los censores no es modificar el currículo escolar, sino impedir enfoques liberadores y restringir el derecho del profesor a fomentar la contradicción y el debate de ideas.
Pero la agenda de quienes abogan por la censura tiene su razón de ser: quieren que formemos estudiantes alienados, siervos del gran capital, individuos cuya existencia se reduce al trabajo y a la prédica religiosa. En este proyecto educativo, solo encaja la pedagogía tecnocrática de los años setenta, que nos moldea a todos según los intereses del mercado. Por lo tanto, en la «Escuela sin Partidos» tampoco hay lugar para la Sociología ni la Filosofía y, por supuesto, mucho menos para la Historia.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.
