Increíble conspiración: un estafador en el banquillo
El 24 y 25 de marzo, todo transparente y televisado, fuimos testigos de un acontecimiento histórico.
Finalmente, ha llegado la hora. Jair Bolsonaro y sus compinches han sentado las bases. Lo que realmente importa en el país se ha detenido a observar, en el Tribunal Supremo, los argumentos, contraargumentos y conclusiones sobre lo que nos llevó al 8 de enero. No hay duda. El 24 y 25 de marzo, con transparencia y televisación, presenciamos un acontecimiento histórico. Algo trascendió las acciones que nos pusieron en riesgo, con sus asombrosas conspiraciones dirigidas a atacar el corazón de nuestro modelo democrático. Sin mucha reflexión, quedó claro que los golpistas añoraban la dictadura militar y ansiaban restaurarla. Desde su llegada al poder, el expresidente había dejado claras sus preferencias: el régimen de fuerza, la profusión de uniformados a su alrededor y la defensa de los torturadores. Arrogante y arbitrario, había extraído de su frustrada estancia en los cuarteles una especie de adhesión a lo peor que habíamos creado allí y en el resto de la vida nacional en términos de relaciones sociales.
Sabemos que la experiencia del autoritarismo se arraigó en contextos de patriarcado y esclavitud, fermentos de nuestra formación, que necesitábamos corregir, pero no lo hicimos. Y carecimos de los medios para confrontar, en términos de opinión y comportamiento, lo ocurrido en esos veintiún años de triste memoria. No castigamos con la severidad necesaria a los responsables de los episodios de terror político, con la muerte de inocentes y manifestantes. Por eso, ahora, en el banquillo de los acusados, en persona o en memoria, nos enfrentamos a un grupo de criminales que, ayer y hoy, nos han afligido y continúan afligiéndonos con sus actitudes conspirativas. Por una vez, convocada, la justicia se manifiesta para traducir en demandas la indignación que exige resultados. La audacia de los involucrados, ante la crudeza de los acontecimientos, no se corresponde con la naturalidad con la que actuaron y conspiraron contra el sistema. Ante la ley, quienes son considerados agresores intrépidos se debilitan vergonzosamente. Está demostrado que estas personas son incapaces de honrar ni siquiera sus propias palabras. Disfrutaban ocupando palacios. De eso no hay duda. La comodidad, el prestigio y la prominencia de sus cargos mancharon sus intenciones. En cuanto entregaron sus puestos de liderazgo, se retractaron. Huyeron descaradamente, sin siquiera cruzar la línea del protocolo. Desde Estados Unidos, el líder del grupo extendió sus tentáculos y continuó su predicación para alentar la sublevación... En el juicio, el primer panel del Tribunal demostró firmeza y capacidad legal para dirigir los procedimientos. Eso era lo que necesitábamos para, una vez más, ahora con el apoyo de las instituciones, sentir que no, que no se tolerará a civiles y militares que nos acorralan por indulgencia y falsa cordialidad. Será nuestra manera de decir un rotundo ¡BASTA!
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.
