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Washington Araújo

Máster en cine, psicoanalista, periodista y conferenciante, es autor de 19 libros publicados en varios países. Profesor de comunicación, sociología, geopolítica y ética, cuenta con más de dos décadas de experiencia en la Secretaría General del Senado Federal. Especialista en inteligencia artificial, redes sociales y cultura global, desarrolla una reflexión crítica sobre políticas públicas y derechos humanos. Produce el podcast 1844 en Spotify y edita el sitio web palavrafilmada.com.

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Exorcismo en la Corte Suprema con la democracia exigiendo el máximo castigo

Moraes y Dino abren juicio en el Supremo Tribunal Federal con pruebas abrumadoras contra los golpistas, sellando el destino de Bolsonaro y sus aliados en defensa de la democracia herida.

STF (Foto: Divulgación (STF))

Este martes 9, presenciamos cómo la primera sesión del Supremo Tribunal Federal se transformaba en un escenario donde la democracia, herida pero viva, finalmente contraataca. En el tercer día del juicio contra el núcleo central de la trama golpista —esa red de ambiciones destinadas a perpetuarse en el poder por la fuerza, ignorando las urnas y la Constitución—, Alexandre de Moraes y Flávio Dino emitieron sus votos como martillazos precisos sobre dos clavos oxidados.

Moraes construyó un bastión de pruebas que disipa cualquier duda sobre la culpabilidad de los ocho acusados, aceptando íntegramente los cargos de la Fiscalía General de la República. Dino, por su parte, optó por la condena, pero con una escala de castigos que, si bien lógica, a algunos les parece una sutil atenuación: una ironía de las ironías, en un caso donde la traición a la nación no admite concesiones. El marcador comienza 2-0 a favor de la condena, señal de que la impunidad podría finalmente haber llegado a un punto muerto.

Moraes no escatimó tinta ni rigor en su voto, dedicando horas a diseccionar los entresijos de la conspiración que se extendió desde julio de 2021 hasta el caos del 8 de enero de 2023. Para cada acusado, trazó un resumen devastador de culpabilidad, anclado en pruebas como mensajes interceptados, acuerdos de culpabilidad validados y documentos que exponen la crudeza del plan.

Empezando por Jair Bolsonaro, el expresidente emerge como y desde la organización criminal, con Moraes destacando su propia edición del borrador del golpe: un decreto que preveía las detenciones arbitrarias de los magistrados del Tribunal Supremo y del presidente del Senado, recibido y "refinado" por él el 6 de diciembre de 2022, según el testimonio de Mauro Cid. Pero el golpe de gracia llega con la aprobación tácita de la Operación Puñal Verde-Amarillo, un plan asesino para eliminar a Lula, Alckmin y al propio Moraes, con detalles macabros como envenenamiento y uso de armamento pesado, financiado por la agroindustria a través de aliados e impreso en el Palacio de Planalto. Moraes se burló de la defensa: "No es creíble que esto sea simplemente 'pensamiento digitalizado'; fue un guion para el terrorismo de Estado".

Contra Walter Braga Netto, el general que se consideraba el eje de la ruptura, Moraes apuntó a su coordinación central en las reuniones de palacio del 7 de diciembre de 2022, donde se discutieron los estados de sitio y defensa para bloquear la investidura de Lula, con actas y testimonios que revelan su insistencia en romper la "normalidad constitucional". Peor aún, su conexión directa con la infame Operación Puñal Verde-Amarillo, transfiriendo fondos a ejecutores como el mayor Rafael de Oliveira para cubrir los gastos de una operación que previó "efectos secundarios" y fríamente calculadas probabilidades de éxito, y que, de tener éxito, transformaría al Ejército en una herramienta para el asesinato selectivo.

Mauro Cid, el denunciante que se convirtió en pieza clave, no escapó al filo de la navaja: Moraes validó su acuerdo de culpabilidad al destacar su entrega del borrador del golpe a Bolsonaro y su participación en transacciones financieras que financiaron los campamentos de Bolsonaro, con audios y mensajes que prueban su papel central en una máquina de desinformación que inflamó a las multitudes contra las urnas.

Almir Garnier, ex comandante de la Marina, fue expuesto por testimonios que lo retrataron como el único líder militar dispuesto a movilizar tropas para el golpe, con correos electrónicos y reuniones que confirmaron su oferta de fuerzas navales para imponer la “intervención”, una traición que Moraes describió como “disposición para el abismo”.

Anderson Torres, el exministro de Justicia que convirtió la negligencia en complicidad, vio a Moraes blandir el borrador impreso del golpe hallado en su residencia, un artefacto que describe la abolición violenta del Estado Democrático de Derecho, con notas que vinculan directamente a Torres con la planificación. La otra acusación letal: su omisión intencional de asegurar Brasilia el 8 de enero, ignorando las advertencias de inteligencia sobre invasiones, lo que Moraes describió como "facilitación deliberada del caos".

Augusto Heleno, el general en la sombra, algo torpe pero siempre tratado con respeto, fue acusado por sus "notas de golpe" incautadas por la Policía Federal, un diario de intenciones que no era un "querido diario", sino un manual para deslegitimar elecciones, con notas sobre ataques al Poder Judicial y alianzas con milicias digitales.

Paulo Sérgio Nogueira, exministro de Defensa, fue criticado por retrasar el informe sobre las máquinas de votación electrónica por orden de Bolsonaro, manteniendo viva la "llama del fraude" para justificar la investidura de Lula, una manipulación comprobada mediante memorandos internos. Su segunda línea de defensa: buscar alineamiento con los comandantes para preparar el golpe.

Finalmente, Alexandre Ramagem, exdirector de Abin (Instituto Brasileño de Asuntos Jurídicos), ahora diputado, estuvo implicado en el uso ilegal de la agencia para monitorear a opositores y difundir mentiras sobre fraude electoral. Envió mensajes a Bolsonaro que atacaban el sistema electoral; Moraes lo comparó con un "criminal de Estado". La otra prueba: la financiación de caravanas golpistas mediante extractos bancarios, integrándolo en la cadena de mando que orquestó las protestas del 8 de enero.

Estas disecciones, basadas en informes periciales, acuerdos de culpabilidad y documentos, conforman la esencia del voto de Moraes, que concluyó con la condena plena de los ocho por delitos como golpe de Estado, abolición violenta del Estado Democrático y organización criminal armada. "No cabe duda: este fue un intento consumado de ruptura", sentenció, favoreciendo sentencias que suman décadas, sin atenuantes para quienes conspiraron contra el pueblo.

Flávio Dino, el segundo en votar, presentó una evaluación que, si bien coincide con la condena, merece un análisis minucioso por su gradación de penas, un enfoque que diluye la furia colectiva contra los traidores, sugiriendo que no todos los venenos merecen el mismo antídoto. Situó a Bolsonaro y Braga Netto en la cima de la pirámide, como los máximos responsables intelectuales, merecedores de las sanciones más severas por su "posición dominante" en la organización, con amenazas directas a ministros y la coordinación de acciones ejecutivas como la Daga Verde-Amarilla. En el estrato medio, Cid, Garnier y Torres recibieron sentencias algo menores por su "alto nivel de participación" como operadores: Cid por delatación parcial, Garnier por ofrecer tropas y Torres por facilitación logística.

Para los tres que recibieron las sentencias más leves —Heleno, Paulo Sérgio y Ramagem—, Dino argumentó siguiendo una línea que prioriza los roles periféricos: Heleno por brindar mero "asesoramiento ideológico" sin mando operativo, limitándose a notas que, si bien tóxicas, no movilizaron ejércitos; Paulo Sérgio por "preparativos logísticos" como el informe fraudulento, pero con intentos de disuadir a Bolsonaro, sugiriendo vacilación; Ramagem por centrarse en la "inteligencia paralela" que dejó el gobierno en marzo de 2022, antes del punto álgido de la trama, evitando delitos directos como daños a la propiedad. Es una justificación legal, pero ironiza sobre la esencia: conspirar, incluso "consultivamente", es veneno puro, y la pena máxima, en mi opinión, sería el único remedio proporcionado.

Dino no se detuvo ahí: lanzó advertencias al Congreso sobre el proyecto de ley de amnistía que se debate actualmente en la Cámara de Diputados, declarando que los delitos contra la democracia son "insostenibles por indulto o indulto", imprescriptibles según la Constitución, y que el Supremo Tribunal Federal (STF) los rechazaría por ser delitos sin fianza. "Lo imperdonable no puede ser indultado", advirtió, haciéndose eco de los precedentes del Tribunal y protegiendo el juicio de injerencias externas, incluidas amenazas extranjeras.

Espero que la continuación de la presentación de los votos de los ministros deje un mensaje claro en la historia de Brasil: no se tolerarán absoluciones baratas para quienes planearon sus funerales.

Este día en la Corte Suprema no fue un simple trámite; fue un exorcismo nacional, donde la evidencia irrefutable desmonta las narrativas de inocencia. Ojalá las próximas votaciones sigan el mismo tono: un castigo despiadado, para que la democracia pueda respirar aliviada.

 

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.