“Hicieron un desierto y lo llamaron paz”, escribió Tácito, dos milenios antes de Gaza.
Desde el Imperio Romano hasta la Franja de Gaza, la Historia repite su drama: llamar paz a lo que, en realidad, es sólo la pausa entre dos inmensas destrucciones.
La frase que da título a este artículo es del historiador romano Tácito, escrita hace casi dos milenios, y sigue siendo una espada moral que ha resistido el paso del tiempo. Fue su denuncia de la brutalidad del Imperio romano, que devastó territorios enteros en nombre del orden. Hoy, entre las ruinas de Gaza, estas mismas palabras suenan menos a recuerdo y más a diagnóstico. Llaman «paz» a lo que, en realidad, es solo el intervalo entre dos destrucciones.
No hay paz cuando el horizonte es un montón de escombros. No hay victoria cuando solo queda el silencio mineral de ciudades devastadas.
El desierto al que se refería Tácito no era solo geográfico, sino espiritual: el vacío que se instala cuando el poder reemplaza a la compasión y el cálculo político a la conciencia humana. Transformar la devastación en sinónimo de estabilidad es el triunfo de la retórica sobre la verdad, del espectáculo sobre la humanidad. Gaza hoy es el reflejo moderno de esta antigua advertencia: un territorio que implora reconstrucción, pero recibe promesas con fecha de caducidad diplomática.
En este contexto, el 13 de octubre de 2025, el mundo presenció la firma del acuerdo de alto el fuego entre Israel y Gaza, uno de esos raros momentos en que la historia parece contener la respiración. Los titulares hablaban de una "nueva era", los líderes intercambiaron saludos y las Naciones Unidas celebraron un "avance invaluable". Pero bastaba con observar los rostros exhaustos de las familias que regresaban al polvo de sus hogares para darse cuenta de que, entre el anuncio y la realidad, sigue existiendo un abismo que la política no puede salvar.
Desde su regreso al poder en enero, Donald Trump se ha esforzado por presentarse como el artífice de acuerdos grandiosos: gestos rápidos, coreografías televisadas, palabras contundentes. Pero en la diplomacia, la exuberancia performativa rara vez reemplaza el cimiento de la consistencia.
Basta recordar la guerra comercial con China: el 10 de octubre, anunció aranceles del 100% sobre los productos chinos. Setenta y dos horas después, se retractó, afirmando que "no fue exactamente así" y que "todo se seguiría negociando". Un zigzag que dejó a los mercados en pánico, a los aliados perplejos y a los adversarios sonriendo discretamente.
Esta volatilidad no es una excepción.
Al comienzo de su segundo mandato, Trump mantuvo su reunión más polémica con Volodímir Zelenski, televisada a nivel mundial. Allí declaró que «Ucrania debería aceptar las condiciones de Rusia», incluyendo la pérdida del 20 % de su territorio. Estas palabras socavaron la confianza de sus aliados europeos y proyectaron la imagen de un Occidente fragmentado, confundido y con dudas sobre sí mismo.
En el caso de Israel y Gaza, el tira y afloja es aún más evidente. Desde el 21 de enero, Trump ha alternado entre prometer "apoyo incondicional" a Israel e insinuar que "los palestinos también merecen un pedazo de paraíso".
En febrero, anunció con pompa la idea de una "Riviera en Gaza": un proyecto multimillonario de puerto deportivo y resort que, según él, sería "la joya del Mediterráneo". Sin estudios técnicos, sin garantías financieras, sin coordinación internacional. Un sueño turístico en un terreno aún en ruinas.
Pero la realidad es inflexible.
Según la ONU y los dirigentes occidentales, se espera que la reconstrucción de Gaza dure setenta años y cueste alrededor de 80 millones de dólares, el equivalente a cuatro veces el PIB combinado de la Franja de Gaza y Cisjordania.
Estas cifras no son solo estadísticas: son la medida de la herida. El costo de la destrucción fue tan colosal que el futuro se convirtió en un proyecto para los nietos no nacidos. Mientras los diplomáticos pronuncian discursos y los políticos compiten por la fama, millones esperan un techo, un trago de agua, la oportunidad de empezar de nuevo. Ningún resort brilla entre el polvo; ninguna paz florece entre las ruinas.
El problema no es la búsqueda de la paz, sino la irresponsable ligereza con la que se asumen ciertos compromisos. La diplomacia no es lugar para la improvisación.
La confianza en las palabras —y, más aún, en los documentos firmados— es la argamasa invisible que sostiene cualquier acuerdo internacional duradero. Cuando un líder hace promesas espectaculares y luego las incumple rápidamente, no solo destruye su imagen, sino también la credibilidad de la nación que representa.
Los gobiernos predecibles generan confianza; los erráticos fomentan el desorden. Proponer soluciones mágicas, sin restricciones institucionales, es como encender cerillas en un barril de tensiones acumuladas.
Lo que he aprendido a lo largo de los años sobre las relaciones internacionales me lleva a afirmar: la diplomacia, construida sobre siglos de prudencia, no se doblega a la lógica del marketing político.
Los cancilleres y diplomáticos saben que cada gesto es un párrafo en la Historia, o una nota a pie de página perdida en las páginas del olvido.
La diferencia radica entre quienes comprenden el peso de lo que firman y quienes simplemente ensayan actuaciones ante las cámaras. Por lo tanto, tras la esperanza de un alto el fuego hoy, persiste el riesgo de su propia disolución mañana.
La paz no surge de discursos coreografiados, sino de compromisos verificables, serios y persistentes.
Dicho esto, el acuerdo del 13 de octubre puede ser un hito histórico. Pero si es solo una escena más en el teatro de las promesas, será absorbido por el torbellino de la historia, y el mundo, cansado, volverá a preferir la comodidad ficticia de "Lo que el viento se llevó" de 1939.
Si eso sucede, no será sólo la palabra de Trump la que se devalúe.
Será, una vez más, la idea misma de paz la que perderá una parte esencial de su significado más profundo.
Esperemos que no. Ya veremos.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.



