Gaza, la ONU y Lula: cómo evitar la trampa de Trump.
El falso Consejo de Paz, el genocidio palestino y la lucha por la gobernanza global en el siglo XXI
La invitación de Donald Trump al presidente Lula para unirse a un supuesto "Consejo de Paz" para Gaza no es un gesto diplomático neutral, sino una operación política diseñada para eludir a la ONU, socavar el derecho internacional y legitimar una arquitectura de tutela colonial sobre el pueblo palestino. En un contexto marcado por el genocidio en Gaza y la ofensiva contra el multilateralismo, la decisión de Brasil ante esta trampa podría redefinir el papel de la ONU, la lucha por la autodeterminación de los pueblos y la posición de Brasil como líder soberano del Sur Global.
La invitación y la trampa
La invitación de Donald Trump al presidente Lula para unirse a un supuesto "Consejo de Paz" para Gaza no es un gesto diplomático convencional. Surge en un contexto de genocidio continuo, erosión deliberada de las instituciones multilaterales y un intento explícito de Estados Unidos de reconstruir su capacidad de liderazgo global mediante acuerdos paralelos a la ONU. Se trata, por lo tanto, de una acción calculada en el marco de la lucha por la gobernanza posbélica en Gaza.
La trampa reside en la forma y el momento del gesto. Al invitar a Lula, Trump busca captar el capital político y simbólico de un líder reconocido por su defensa de la autodeterminación de los pueblos y por su autoridad moral en el Sur Global. La intención es legitimar, por asociación, un mecanismo que nace sin la centralidad de la ONU y sin el protagonismo palestino, convirtiendo el prestigio de Lula en un escudo político para una arquitectura de tutela. Si Lula acepta, el Consejo adquiere un barniz de legitimidad; si se niega aisladamente, abre el camino a la manipulación y la presión diplomáticas.
Este movimiento forma parte de una estrategia más amplia para generar caos como instrumento de poder. Trump está acumulando frentes de tensión simultáneos con grandes potencias, regiones periféricas y organizaciones multilaterales, utilizando la inestabilidad como método para recomponer su hegemonía. El "Consejo de Paz" sigue esta lógica: no resuelve conflictos, sino que reorganiza los centros de decisión al margen del derecho internacional. La invitación a Lula, en este escenario, no es un llamado a la mediación, sino una prueba política diseñada para obligar a Brasil a actuar en un tablero de ajedrez incompatible con sus principios históricos.
Gaza y la materialidad del genocidio
Cualquier debate serio sobre la “paz” en Gaza debe partir de la materialidad de los hechos. Gaza no es un territorio en disputa simétrica, sino una población civil sometida durante años a asedio, castigo colectivo y destrucción sistemática de sus condiciones de vida. Lo que se ha intensificado desde 2023, a lo largo de 2024 y 2025, no es un conflicto convencional, sino un proceso continuo de exterminio social, urbano y humano, marcado por bombardeos indiscriminados, colapso sanitario, hambruna inducida y aniquilación deliberada de infraestructura civil.
Esta realidad es indisociable de su contexto histórico. Gaza y Cisjordania forman parte del mismo continuum colonial, sustentado por la fragmentación territorial, la expansión de los asentamientos, el control militar permanente y la negación de la soberanía política. Gaza representa la forma extrema de este modelo: un territorio convertido en un espacio de confinamiento, donde la vida se gestiona según criterios de seguridad impuestos por una potencia ocupante y donde la autodeterminación se pospone sistemáticamente.
Es en este contexto que la idea de "posguerra" resulta engañosa. La reconstrucción es imposible mientras las causas estructurales de la destrucción permanezcan intactas. Reconstruir sin poner fin al asedio, sin garantizar los derechos políticos y sin reconocer la autodeterminación palestina solo significa gestionar la devastación. Los edificios pueden reconstruirse; los derechos, cuando se niegan, perpetúan el ciclo de violencia. La materialidad del genocidio no termina con el silencio de las armas: persiste mientras la arquitectura política del conflicto siga siendo colonial.
El falso Consejo de Paz y la lógica de la tutela colonial
El llamado "Consejo de Paz" no surgió como un mecanismo de mediación multilateral, sino como un mecanismo de administración tutelar posbélica, diseñado para trasladar el centro de toma de decisiones de la ONU a un acuerdo político paralelo bajo el mando directo de Washington. Su institucionalización confirma esta naturaleza: en noviembre de 2025, el Consejo de Seguridad aprobó el plan estadounidense para Gaza, acogió con satisfacción la creación del Consejo y lo autorizó a operar entidades bajo su "autoridad de transición", incluyendo una fuerza internacional con un mando "aceptable" para el propio Consejo. Este es un guion tutelar clásico: transición indefinida, reformas condicionales y autodeterminación perpetuamente postergada.
La verdadera intención del mecanismo se hace explícita en su diseño político y financiero. Los informes indican un estatuto con Trump como presidente, amplios poderes de veto y control sobre los miembros, así como un modelo de membresía basado en mandatos temporales y la posibilidad de obtener puestos permanentes mediante contribuciones millonarias. Esta arquitectura convierte la gobernanza internacional en una mercancía política y transforma la reconstrucción de Gaza en un instrumento de dependencia, no de emancipación. Un consejo que permite puestos comprados no genera paz; genera jerarquía.
Esta lógica también aparece en la narrativa oficial del plan, que trata la posguerra como un problema de "supervisión", recaudación de fondos y gestión tecnocrática. Los derechos, la soberanía y la autodeterminación emergen como variables secundarias, subordinadas a la estabilidad definida por los mismos actores que sostuvieron la destrucción. El Consejo, por lo tanto, no pone fin al genocidio; lo reorganiza de una forma manejable, normalizando la violencia como una transición y vaciando el principio fundamental que debería guiar cualquier solución legítima: Palestina como sujeto político pleno, no como objeto de gobernanza colonial.
La ONU bajo ataque y la lucha por la gobernanza global.
El debilitamiento de la ONU no es un efecto secundario del conflicto en Gaza; es un elemento central de la estrategia en curso. El "Consejo de Paz" surge para desplazar decisiones políticas fundamentales fuera del sistema multilateral, reduciendo a la ONU a un papel operativo o humanitario. Esta es una inversión peligrosa: el multilateralismo deja de ser dominante y se convierte simplemente en un medio para legitimar, a posteriori, acuerdos definidos al margen del derecho internacional.
Este ataque también es material. La ofensiva contra la UNRWA, con recortes de fondos, criminalización del personal y destrucción de instalaciones, busca erosionar la principal infraestructura internacional que reconoce el estatus político y jurídico del pueblo palestino. Debilitar a la ONU, en este caso, significa borrar el lenguaje de los derechos, la autodeterminación y la responsabilidad internacional. No se trata de una disputa administrativa; es una disputa sobre la memoria jurídica del conflicto.
La propia resolución que respalda la “transición” en Gaza pone de relieve la contradicción: si bien invoca al Consejo de Seguridad para otorgar legalidad, autoriza la creación de entidades bajo autoridad externa a la ONU. El precedente es grave. Si la ONU acepta ser ignorada en un caso de esta magnitud, abre la puerta a una gobernanza global basada en consejos ad hoc, liderazgo personalista y excepciones permanentes. Rescatar a la ONU, por lo tanto, no es idealismo; es una necesidad estratégica para cualquier país que no acepte la privatización de la paz y la sustitución del derecho por la fuerza.
Lula como figura histórica del Sur Global
La invitación a Lula solo se explica por la posición única que ocupa en el sistema internacional. Lula no es un mediador circunstancial; es una figura histórica del Sur Global, cuya trayectoria combina legitimidad popular, experiencia gubernamental y capacidad de articulación intersectorial. A lo largo de décadas, ha construido una política exterior orientada a la multipolaridad, el fortalecimiento del multilateralismo y la defensa de la autodeterminación de los pueblos, convirtiéndose en un referente para los países que rechazan la sumisión automática a las grandes potencias.
Esta coherencia se expresa claramente en el caso palestino. Al calificar de genocidio lo que ocurre en Gaza, Lula rompió con el vocabulario eufemístico que sustenta la inacción internacional y asumió los costos diplomáticos. Este gesto consolidó su autoridad moral y expandió su poder blando, especialmente en el Sur Global. Es precisamente este capital simbólico el que el "Consejo de Paz" intenta capturar: desplazar a Lula de su posición histórica y convertirlo en garante de una arquitectura que margina a la ONU y subordina a Palestina a la tutela externa.
La trampa es evidente. Aceptar la invitación, tal como está formulada, contradeciría la trayectoria que sustenta el liderazgo de Lula; rechazarla sin una estrategia abriría la puerta a la manipulación y la presión. La fortaleza de Lula reside precisamente en evitar esta oposición binaria. Su rol histórico le permite revertir la situación, reafirmando que no hay paz legítima fuera de la ONU, ni reconstrucción posible sin la soberanía palestina. Al hacerlo, Lula no solo protege a Brasil de una trampa política, sino que también reafirma su papel en el mundo: el de un líder capaz de situar el derecho, la política y la dignidad de los pueblos en el centro de un orden internacional en crisis.
Correlación de fuerzas y escenario predictivo
El equilibrio de poder que configura la invitación a Lula es evidente. Estados Unidos intenta reconstruir su capacidad de liderazgo global en un contexto de erosión hegemónica; Israel busca consolidar la posguerra en Gaza como un reordenamiento político irreversible; y el Sur Global, aunque fragmentado, ahora cuenta con mayor margen de maniobra, impulsado por el peso económico de Asia, la densidad de los BRICS y la crisis de legitimidad del unilateralismo occidental.
El "Consejo de Paz" resume este momento. No solo responde a Gaza, sino que inaugura un modelo de gobernanza excepcional, diseñado para eludir el multilateralismo, reducir los costos legales y acelerar las decisiones favorables a los intereses imperialistas. Al respaldar una autoridad de transición externa a la ONU y autorizar una fuerza bajo un mando "aceptable" para este acuerdo, la resolución que sustenta el plan institucionaliza una zona gris donde la ley pierde centralidad y la fuerza adquiere un barniz administrativo.
A corto plazo, se prevén tres movimientos. El primero es la intensificación de la presión para la adhesión al consejo, que combina la seducción diplomática, el chantaje económico y una narrativa moralista de "paz y reconstrucción". El segundo es la profundización del ataque contra la ONU y las agencias que preservan la legitimidad palestina, abriendo espacio para estructuras tutelares. El tercero es la presentación de los gobiernos resistentes como obstáculos para la paz, mediante la guerra de información y la coerción selectiva. Para Brasil, el riesgo no reside solo en la decisión formal, sino en captar su reacción.
Esta correlación, sin embargo, también abre oportunidades. Existen fisuras en Occidente, un creciente malestar con la privatización de la gobernanza global y la condena internacional de la masacre de Gaza. Si actúa con precisión, Brasil puede cambiar el enfoque del debate, transformar la invitación en una prueba de legitimidad y reposicionar a la ONU y la autodeterminación palestina en el centro. El objetivo no es solo evitar costos, sino convertir la crisis en una victoria estratégica, afirmando a Brasil como un actor capaz de generar orden político en un mundo gobernado por el caos.
Los riesgos para Brasil: aceptar, rechazar o revertir el juego.
La invitación de Trump fue diseñada para capturar el gesto brasileño, sea cual sea. El riesgo principal no reside solo en la decisión formal, sino en el marco político posterior. Es una trampa clásica: transformar una decisión soberana en un costo inevitable, ya sea por aceptación o rechazo, desplazando el debate del derecho internacional a una disputa narrativa controlada por Estados Unidos.
Aceptar el Consejo tal como se propone es la opción más costosa. Significaría legitimar una arquitectura que margina a la ONU y subordina la reconstrucción de Gaza a la tutela externa, erosionando la coherencia histórica de la política exterior brasileña y el capital simbólico de Lula. La tesis de "entrar para moderar" no se sostiene ante la asimetría de mando: Brasil se convertiría en garante de una estructura concebida por otros, con costos internos e internacionales difíciles de revertir.
Una negativa directa, aunque coherente en principio, también conlleva riesgos si no se acompaña de ingeniería diplomática. En un entorno de guerra de información, puede enmarcarse como una obstrucción a la paz, abriendo espacio para presiones selectivas e intentos de aislamiento. El dilema, por lo tanto, es falso: aceptar compromisos de principios; negarse sin estrategia compromete el margen de maniobra.
La única salida racional es invertir la situación. Brasil necesita transformar la invitación en una prueba pública de legitimidad, condicionando cualquier participación a criterios claros: la centralidad de la ONU, el liderazgo palestino y un vínculo entre la reconstrucción y la autodeterminación. De esta manera, un "sí" deja de ser una mera adhesión y se convierte en una exigencia, y un "no" deja de ser aislamiento y se convierte en una consecuencia de la negativa imperial a respetar el derecho internacional. Esta medida protege la soberanía brasileña e impide que Gaza se convierta en un precedente para una futura tutela en otras regiones del mundo.
El camino correcto: cómo evitar la trampa y salir fortalecido
Evitar la trampa requiere iniciativa, no actitud defensiva. Brasil necesita transformar la invitación en una prueba pública de legitimidad, centrando el debate en lo que debería ser: la ONU, el derecho internacional y la autodeterminación de los pueblos. No se trata de aceptar o rechazar un consejo específico, sino de redefinir las condiciones de posibilidad para cualquier iniciativa de paz.
El primer paso es establecer públicamente las condiciones. Brasil afirma su disposición a actuar por la paz siempre que se cumplan tres criterios: la centralidad formal de la ONU como autoridad política y operativa; un liderazgo palestino con un mandato reconocido; y un vínculo inseparable entre el alto el fuego, la reconstrucción y los derechos políticos. Esta respuesta impide que se capte el gesto brasileño: si se aceptan los criterios, el acuerdo deja de ser tutelar; si se rechazan, se expone la ilegitimidad del consejo.
El segundo paso es internacionalizar la posición. El Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil (Itamaraty) debe forjar, discreta y coordinadamente, una coalición mínima con países del Sur Global y actores europeos que se sienten incómodos con la elusión de la ONU. El objetivo no es la confrontación ideológica, sino la protección política: cuando se comparte la exigencia de legalidad, el costo de la coerción aumenta y la narrativa del aislamiento pierde eficacia.
El tercer paso es tanto ofensivo como estructural. Brasil debería proponer que la reconstrucción de Gaza se lleve a cabo bajo un mandato claro de la ONU, con transparencia, auditoría y la participación de los directamente afectados. Al hacerlo, Lula conecta el episodio con una agenda histórica: la reforma de la gobernanza global. En lugar de legitimar consejos ad hoc, Brasil ofrece una alternativa concreta para recuperar la política y el derecho allí donde han sido reemplazados por la fuerza. De este modo, el país no solo evita la trampa, sino que emerge fortalecido: preserva la coherencia, expande el poder blando y afirma su liderazgo en un mundo carente de legitimidad.
Una brújula para Itamaraty
Para sortear este episodio sin costos estratégicos y salir fortalecido, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil (Itamaraty) necesita operar con método, disciplina narrativa y timing político. La primera directriz es controlar el encuadre. La invitación debe verse como una oportunidad para reafirmar principios universales, como la centralidad de la ONU, la legalidad internacional y la autodeterminación de los pueblos, y no como una adhesión a un consejo específico. Toda comunicación oficial debe basarse en este triple enfoque, protegiendo a Brasil de encuadres oportunistas.
La segunda directriz es fundamentar la postura en el multilateralismo activo. Antes de cualquier decisión pública, Brasil debe coordinar consultas con países del Sur Global y actores europeos comprometidos con la preservación de la ONU. El objetivo es transformar una postura nacional en un referente compartido. Cuando la defensa de la legalidad deja de ser aislada, el costo de la coerción aumenta y el margen de presión disminuye.
La tercera directriz es convertir los principios en propuestas concretas. Brasil debe abogar por que la reconstrucción de Gaza se lleve a cabo bajo un mandato claro de la ONU, con participación palestina efectiva, transparencia en la asignación de recursos y un vínculo inseparable entre el alto el fuego, la reconstrucción y los derechos políticos. Esta postura lleva a Brasil de la reacción a la formulación, consolidándolo como un actor capaz de ofrecer soluciones sistémicas.
Finalmente, la unidad interna del discurso es esencial. El gobierno debe hablar con una sola voz, con mensajes breves y repetibles. Brasil está a favor de la paz, pero no de cualquier paz. Está a favor de la reconstrucción, no de la tutela. Está a favor del multilateralismo, no de los consejos privados. Siguiendo esta brújula, Brasil no solo evita la trampa, sino que transforma el episodio en una afirmación histórica, consolidando a Lula como un líder global del poder blando y reafirmando la vocación de Brasil de reconstruir la política allí donde ha sido deliberadamente erosionada.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.
