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Julimar Roberto

Vendedor y presidente de Contracs-CUT

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¡No más golpes de Estado!

El 8 de enero debe ser recordado no como una página pasada a la fuerza y ​​con prisas, sino como una lección duradera.

Brasilia (DF) - 01/08/2026 - El presidente Luiz Inácio Lula da Silva, tras participar en la ceremonia relacionada con los actos antidemocráticos del 8 de enero y firmar el veto total del Proyecto de Ley de Sentencia, en el Palacio de Planalto (Foto: Bruno Peres/Agência Brasil)

Esta es una historia que debemos contar siempre. El 8 de enero de 2023 fue un día de vergüenza y advertencia. No fue un episodio aislado ni el resultado de "excesos emocionales", como algunos intentaron justificarlo. Fue un intento deliberado de ruptura democrática, organizado, financiado y alentado por sectores insatisfechos con los resultados electorales. La invasión y destrucción de las sedes de los tres poderes del Estado reveló al país y al mundo que la democracia brasileña aún era muy frágil y necesitaba ser defendida con firmeza.

La respuesta inicial del estado fue rápida y necesaria. Ese mismo día, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva decretó la intervención federal en la seguridad pública de la capital del país, calificando correctamente los ataques de bárbaros. No se trataba de mera retórica. Se trataba de restablecer el orden democrático ante una acción coordinada que incluyó graves omisiones por parte de las autoridades responsables precisamente de prevenir ese tipo de delitos.

A partir de ese momento, comenzó un proceso sin precedentes en Brasil en su historia republicana. Investigaciones exhaustivas, miles de arrestos, cientos de acusaciones y condenas. Por primera vez, financistas, orquestadores, ejecutores y autoridades negligentes comenzaron a rendir cuentas concretas por sus actos. Es más, un expresidente de la República y altos oficiales de las Fuerzas Armadas fueron condenados por intento de golpe de Estado. ¡Esto no es venganza! ¡Esto es justicia!

Las cifras ayudan a desmantelar la narrativa de la persecución. La mayoría de los involucrados tuvieron derecho a una defensa integral, muchos fueron puestos en libertad bajo fianza, cientos llegaron a acuerdos con la fiscalía y solo un pequeño porcentaje cumple condenas de prisión. La severidad del castigo fue proporcional a la gravedad de los crímenes. Un golpe de Estado no es una opinión política. Es un delito contra la soberanía popular.

Sin embargo, a medida que avanzaba el proceso de rendición de cuentas, surgió un claro intento en el Congreso Nacional de reescribir el desenlace de esta historia. El llamado "Proyecto de Ley de Dosimetría" buscaba suavizar las penas, reducir las condenas y crear lagunas legales que beneficiarían directamente a los responsables del intento de golpe. Disfrazado de "pacificación nacional", el proyecto tenía el evidente objetivo de lograr una amnistía vergonzosa.

La pacificación sin justicia no es paz. Es olvido impuesto. Y el olvido, en el ámbito de la democracia, siempre es un riesgo. Revisar las sentencias por delitos cometidos contra el Estado Democrático de Derecho no fortalece las instituciones. Al contrario, indica que atacar la democracia puede ser barato, siempre que exista suficiente poder político en el Congreso Nacional.

Fue en este punto que el papel del presidente Lula se volvió, una vez más, decisivo. Al vetar el Proyecto de Ley de Sentencias en su totalidad, Lula reafirmó su compromiso histórico con la democracia brasileña. Respetó el derecho del Congreso a legislar, pero ejerció con valentía su deber constitucional de vetar una ley que debilitaría el sistema de justicia y atentaría contra la memoria democrática del país.

El veto no fue un gesto aislado. Estuvo acompañado de movilizaciones populares, de sindicatos, centrales obreras y movimientos sociales que, tres años después del 8 de enero, salieron a las calles para reafirmar que "no habrá amnistía para los golpistas". La democracia brasileña no se sustenta solo con instituciones. Se sustenta en la participación y la vigilancia constante de la sociedad.

Lula tenía razón al recordarnos que quienes no aprenden del pasado están condenados a repetirlo. Brasil ya ha vivido dictaduras, censura, persecución y silencio impuesto. El 8 de enero fue un intento de empujarnos de nuevo a ese abismo. El veto al Proyecto de Ley de Sentencias es una afirmación de que no aceptaremos esta regresión.

Defender la democracia no es radicalismo. Lo radical es intentar destruirla, minimizar un intento de golpe de Estado y usar al Congreso como instrumento para liberar a los criminales del peso de la ley. El veto presidencial reafirma un principio básico de cualquier estado democrático: quienes actúan contra la voluntad del pueblo deben rendir cuentas por sus actos.

El 8 de enero debe recordarse no como una página pasada a la fuerza y ​​apresuradamente, sino como una lección permanente. La memoria, la justicia y la participación popular son los verdaderos pilares de la democracia. Y, en este momento decisivo, Brasil optó por no borrar su historia, sino afrontarla de frente, fortaleciéndose como nación.

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.

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