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María Luiza Falcão Silva

Doctorado por la Universidad Heriot-Watt, Escocia. Profesor jubilado de la Universidad de Brasilia. Miembro del Grupo Brasil-China sobre Economía del Cambio Climático (GBCMC) en Neasia/UnB. Autor de *Modern Exchange Rate Regimes, Stabilization Programs and Coordination of Macroeconomic Policies*, Ashgate, Inglaterra.

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Guerras por poder: la nueva geometría del conflicto global

Entre la disuasión nuclear y las disputas multipolares, los conflictos indirectos se consolidan como un eje permanente de inestabilidad global.

La ilustración muestra las banderas de Irán y Estados Unidos 27/01/2022 REUTERS/Dado Ruvic/Foto ilustrativa (Foto: REUTERS/Dado Ruvic/Foto ilustrativa)

La guerra ha vuelto al centro de la política internacional, pero no en la forma clásica que marcó el siglo XX. No solo nos enfrentamos a enfrentamientos directos entre Estados ni a intervenciones coloniales abiertas. Lo que se está consolidando es algo más complejo y peligroso: la normalización de las "guerras por poderes" como instrumento estructural en la disputa entre grandes potencias.

El conflicto en Ucrania y la escalada que involucra a Irán no son episodios aislados. Son expresiones de una nueva geometría del conflicto global, en la que las potencias evitan la confrontación directa —especialmente cuando existe riesgo nuclear—, pero externalizan la disputa a territorios estratégicos.

La guerra ya no se declara como una guerra mundial. Está fragmentada, externalizada, financiarizada y mediada tecnológicamente. Y, precisamente por eso, se vuelve más difícil de contener.

Ucrania y la guerra como escenario sistémico.

La invasión rusa de Ucrania en 2022 fue un acto clásico de guerra interestatal. Tanques cruzaron fronteras, se bombardearon ciudades y se violó la soberanía. No se trató de un conflicto por poderes.

Pero a medida que el conflicto avanzaba, adquirió una dimensión estructural distinta. El apoyo masivo de la OTAN —financiación, armamento sofisticado, inteligencia estratégica, entrenamiento militar— transformó el territorio ucraniano en un escenario de conflicto ampliado entre Moscú y Occidente.

No se trata de negar la capacidad de acción de Ucrania. Kiev resiste por decisión propia y como parte de un proyecto nacional. Pero es imposible ignorar que el conflicto se ha convertido en un espacio para la contención estratégica de Rusia por parte del bloque atlántico.

Para Moscú, la guerra dejó de ser únicamente contra Ucrania y pasó a enmarcarse como una confrontación contra el "Occidente colectivo". Para Washington y sus aliados, se convirtió en un mecanismo para el desgaste prolongado de la capacidad militar y económica rusa.

Aquí es donde cobra relevancia el concepto de guerra por poderes. El frente está en suelo ucraniano, pero la lucha de poder es más amplia. La guerra es directa y, al mismo tiempo, indirecta.

Oriente Medio y la lógica de la mediación permanente.

Si el caso ucraniano revela la dimensión sistémica de las guerras por poderes, el de Oriente Medio muestra su institucionalización histórica.

Durante décadas, Irán ha construido una red de alianzas y milicias regionales (desde Hezbolá en el Líbano hasta grupos en Irak, Siria y Yemen) que le permite proyectar influencia sin recurrir necesariamente a la confrontación convencional directa.

Por otro lado, Estados Unidos e Israel operan su propia arquitectura de alianzas militares, apoyo logístico y presencia estratégica.

Cuando los ataques se producen mediante milicias, drones u operaciones indirectas, nos encontramos claramente ante guerras por poderes. Cuando hay bombardeos directos entre Estados, la lógica cambia: el conflicto deja de estar externalizado y se convierte en una confrontación abierta.

Sin embargo, la frontera entre estas dos dinámicas se ha vuelto cada vez más difusa. Las milicias reciben tecnología estatal avanzada. Los Estados utilizan actores no estatales para mantener una "negación plausible". La guerra se convierte en una zona gris, donde la responsabilidad y la autoría se difuminan.

De la Guerra Fría a la fragmentación multipolar.

Durante la Guerra Fría, las guerras por poderes fueron una parte explícita de la rivalidad bipolar entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Corea, Vietnam, Afganistán, Angola: territorios locales transformados en escenarios de disputas ideológicas globales.

Después de 1991, se creía que esta lógica perdería su centralidad. La unipolaridad estadounidense pareció reducir la necesidad de mediación militar indirecta. Las intervenciones se hicieron más abiertas: Irak, Afganistán, Libia.

Lo que observamos ahora es diferente. No existe una bipolaridad rígida, pero tampoco una hegemonía indiscutible. Existe una fragmentación del poder en la que múltiples polos evitan la confrontación directa y operan mediante alianzas, sanciones, apoyo militar indirecto y guerra tecnológica.

El riesgo nuclear sigue actuando como un freno estructural a los enfrentamientos frontales entre grandes potencias. Pero este mismo freno fomenta la expansión de las guerras indirectas.

Es una estabilidad paradójica: se evita la guerra mundial directa, pero se multiplican los conflictos regionales prolongados.

La economía política de la guerra subcontratada.

También hay una dimensión económica que no se puede ignorar.

Guerras por poder:

  • Reducen el coste político interno para las potencias centrales;
  • Transfieren los costos humanos y materiales a los territorios periféricos;
  • Alimentan los complejos militares-industriales;
  • Refuerzan las dependencias financieras y militares.

La financiación de la guerra en Ucrania, por ejemplo, impulsa cadenas industriales enteras en Occidente. En Oriente Medio, el ciclo de inseguridad permanente sustenta un gasto militar de miles de millones de dólares.

La guerra deja de ser un mero evento militar. Se convierte en un mecanismo para reorganizar los flujos de capital, la innovación tecnológica (drones, inteligencia artificial militar, sistemas de defensa) y el control de recursos estratégicos.

En lugar de una paz estructurada, se consolida una economía política de inestabilidad controlada.

El mundo como campo de disputa indirecta.

Lo que une a Ucrania e Irán no es la identidad de los conflictos, sino la forma en que ambos revelan una transformación estructural del sistema internacional.

Las grandes potencias ya no operan únicamente mediante la diplomacia o el comercio. Tampoco se involucran directamente en guerras totales. Operan a través de intermediarios.

Esta nueva geometría tiene tres características centrales:

  • En primer lugar, la dispersión territorial del conflicto. La disputa no se concentra en una sola zona, sino que se extiende a múltiples regiones.
  • En segundo lugar, la dilución de responsabilidades. Los actores estatales y no estatales se entrelazan;
  • En tercer lugar, la normalización de la inestabilidad prolongada como instrumento de poder.

No se trata de un simple regreso a la Guerra Fría. Se trata de algo más fragmentado, tecnológicamente sofisticado y potencialmente más impredecible.

La expansión de esta dinámica es indisociable de la forma en que los líderes políticos han instrumentalizado la retórica de la negociación, al tiempo que han expandido las presiones militares y económicas. Con el pretexto de recuperar la fuerza e imponer acuerdos "mejores", Donald Trump, presidente de Estados Unidos, reforzó el uso de las sanciones como arma geopolítica, alentó a los aliados regionales a adoptar posturas más agresivas y debilitó los mecanismos multilaterales de contención. La diplomacia, en este contexto, deja de ser un espacio para generar confianza y comienza a operar como una extensión de la coerción. El resultado no es la pacificación, sino una intensificación de los conflictos indirectos bajo el pretexto de una negociación permanente.

Entre la disuasión y el abismo

La paradoja central es inquietante.

Las guerras por delegación son, en parte, resultado del temor a una escalada nuclear directa. Funcionan como elemento disuasorio entre las grandes potencias.

Pero al mismo tiempo, acumulan tensiones, amplifican resentimientos y hacen que el sistema sea más volátil.

Cuando se superponen múltiples guerras por poderes (Ucrania, Oriente Medio, tensiones en el Indopacífico), el riesgo de error de cálculo aumenta exponencialmente.

La nueva geometría del conflicto global no elimina la posibilidad de un enfrentamiento directo. Simplemente lo pospone, a la vez que multiplica las fracturas.

Y quizás ese sea el rasgo más inquietante de nuestra época: la guerra ya no estalla de golpe. Se infiltra, se prolonga, se externaliza y se normaliza.

El mundo no está en paz.

Está en constante disputa.

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.