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Sara York

Sara Wagner York (también conocida como Sara Wagner Pimenta Gonçalves Júnior) es licenciada en Periodismo, doctora en Educación y licenciada en Literatura (Inglés, Pedagogía y Literatura Vernácula). Se especializa en Educación, Género y Sexualidad y es autora del primer artículo académico sobre cuotas para personas trans en Brasil, desarrollado durante su maestría. Padre y abuela, es reconocida como la primera mujer trans en presentar periodismo brasileño en TV 247.

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Internet: un bosque oscuro donde ya nadie confía en nadie.

En la era de la hiperconectividad, el miedo, la vigilancia y la autocensura configuran una sociedad que habla más, confía menos y se esconde para sobrevivir.

Teléfonos móviles en las escuelas (Foto: Tânia Rêgo / Agência Brasil)

¡Nunca hemos estado tan conectados, y a la vez tan desconfiados! En el grupo familiar de WhatsApp, en el trabajo, en las redes sociales, en el apartamento, en la universidad, en nuestras relaciones románticas, una regla silenciosa se nos ha impuesto a todos: mejor no hablar demasiado, no exponerse demasiado, no aparecer con demasiada frecuencia. La prudencia se ha convertido en una estrategia de supervivencia y, con cierta cautela, nos hemos adaptado a una nueva forma de vida.

Este comportamiento cotidiano encuentra eco en una idea de la ciencia ficción contemporánea. En la trilogía... El problema de los tres cuerposEn la novela del escritor chino Liu Cixin, el universo se rige por la llamada Hipótesis del Bosque Oscuro. Según esta hipótesis, las civilizaciones avanzadas permanecen en silencio porque cualquier señal podría resultar en una destrucción inmediata. Hablar es arriesgarse a morir, y esconderse es sobrevivir. Traducciones recientes podrían aludir a la política de "muerte virtual" derivada de las cancelaciones.

Esta lógica, cada vez más, parece haber migrado del espacio exterior a la vida social. Hoy, el bosque oscuro cuenta con wifi, cámaras de vigilancia, algoritmos, bases de datos y sistemas de reputación. Está presente en nuestros celulares, en las plataformas digitales, en nuestros registros, en nuestros historiales, en nuestras capturas de pantalla, en las huellas que dejamos sin darnos cuenta. Vivimos observados, evaluados, clasificados, casi siempre sin saber por quién ni bajo qué criterios.

El investigador polaco Bogna Konior nos ayuda a comprender este escenario analizando cómo las tecnologías contemporáneas operan a través de la opacidad, una palabra recurrente en mis textos al citar a Édouard Glissant, pero que aquí nos lleva a otra perspectiva. No sabemos exactamente cómo funcionan los sistemas que nos gobiernan, pero sentimos sus efectos. Publicaciones desaparecen, perfiles son castigados, discursos son silenciados, reputaciones son destruidas por un poder invisible. Sin embargo, el castigo es concreto.

En este entorno, la comunicación se ha convertido en un riesgo calculado. La gente borra tuits antiguos, archiva publicaciones, evita posicionarse, habla extraoficialmente, recurre a la ironía o al silencio. Una institución publica una foto e invita a la gente a un evento bajo la lluvia; cae un rayo y hiere a la gente; otra institución, que hizo lo mismo, empieza a hablar mal de ella y borra las convocatorias y las publicaciones críticas. La autocensura se ha naturalizado. Ya no la impone un censor explícito, sino que se produce por el miedo difuso a las represalias, la cancelación, la persecución o el aislamiento.

Otro fenómeno revelador de esta vida en el "bosque oscuro" digital es el creciente uso de la sustitución de letras por números, símbolos o asteriscos en palabras sensibles, como "p3dofilia", "abvso s3xual" o "pedo*ilia". A primera vista, es un simple artificio gráfico. Sin embargo, en la práctica, es una estrategia de supervivencia comunicativa. Frente a algoritmos que monitorean, castigan y silencian automáticamente el contenido, los usuarios han aprendido a burlar los sistemas de vigilancia mediante una gramática informal de camuflaje. No se trata de trivializar problemas graves, sino de lograr nombrarlos sin ser borrados.

Esta escritura codificada revela cómo el lenguaje también ha sido colonizado por el miedo. Las palabras han dejado de ser meras portadoras de significado para convertirse en detonantes de castigos automáticos. Hablar de violencia, abuso o delito se ha convertido en un riesgo técnico, no solo moral o político. Así, se crea una ortografía paralela, marcada por la precariedad y la astucia, en la que la desviación gráfica funciona como escudo.

Desde un punto de vista social, este fenómeno expone una contradicción: si bien existe una demanda de denuncia y debate de problemas graves, los propios sistemas digitales dificultan esta denominación directa. La gramática del camuflaje nace, por lo tanto, de la tensión entre la necesidad de hablar y el miedo a ser silenciado. Es una forma contemporánea de «mimetismo lingüístico»: la palabra se disfraza para seguir existiendo. Otro aspecto preocupante de esta gramática del camuflaje digital es el uso estratégico de emojis por parte de redes que reclutan y explotan a niños, niñas y adolescentes, como han venido denunciando periodistas, investigadores e influencers dedicados a la seguridad digital. En lugar de palabras explícitas, ciertos símbolos, combinaciones de figuras y códigos visuales comienzan a funcionar como señales de reconocimiento entre adultos malintencionados, dificultando la identificación automática por parte de las plataformas y los sistemas de moderación.

En este contexto, los emojis dejan de ser meros instrumentos afectivos o lúdicos para convertirse en parte de un lenguaje codificado de violencia. La lógica es similar a la de sustituir letras por números: ocultarse para seguir operando. La comunicación se fragmenta en señales aparentemente inocentes, pero cargadas de intenciones depredadoras, explotando precisamente la informalidad y la ambigüedad del lenguaje digital.

Este fenómeno revela otra paradoja inquietante. Mientras que las familias, los educadores y las instituciones están llamados a proteger a niños, niñas y adolescentes, los entornos digitales permanecen permeables a códigos ocultos que escapan al control público. El bosque oscuro también se manifiesta donde los depredadores aprenden a esconderse en los huecos de la comunicación cotidiana, utilizando los propios recursos de la plataforma como disfraz.

Una vez más, no es la tecnología en sí la que genera violencia, sino la forma en que se organiza, se monitorea o se descuida. La existencia de estos lenguajes codificados señala la urgencia de políticas de protección más efectivas, educación digital crítica y una verdadera rendición de cuentas por parte de las empresas tecnológicas. Silenciar el problema no lo elimina. Sin embargo, visibilizarlo es parte de la solución.

En este contexto, donde la escritura se ha convertido en política en sí misma, cada número en lugar de una letra, cada asterisco insertado en medio de una palabra, lleva la marca de un entorno hostil a la expresión directa. El lenguaje llega a reflejar no solo la creatividad; de hecho, hablar correctamente hoy en día no siempre significa hablar con libertad.

El escritor polaco Stanisław Lem, décadas atrás, ya anticipó este escenario al desarrollar la idea del «mimetismo»: formas de vida que sobreviven imitando el entorno, camuflándose y volviéndose casi indistinguibles de su entorno. Hoy en día, este mecanismo parece haberse incorporado socialmente. Aprendemos a repetir discursos aceptables, a actuar con neutralidad, a ocultar las diferencias. Ser auténtico se ha vuelto peligroso, ya que «no hablamos de», sino que «actuamos para».

En las ciudades, este clima se materializa en rejas, cámaras, contraseñas, muros y puertas blindadas. La arquitectura del miedo se extiende. En redes sociales, se manifiesta en filtros, bloqueos, listas restringidas y cuentas privadas. En política, emerge en la excesiva cautela, el lenguaje vacío y la fingida neutralidad.

El miedo se ha convertido en parte del paisaje y también en un mercado.

Los cursos de protección digital, la asesoría de imagen, la gestión de crisis, la formación anticancelación y los servicios de gestión de la reputación se multiplican. La inseguridad se monetiza. Sobrevivir en el entorno digital se ha convertido en un servicio de pago.

Sin embargo, este proceso no afecta a todos de la misma manera.

Los cuerpos disidentes, las personas trans, las personas negras, las personas marginadas, las mujeres, los comunicadores independientes y los investigadores críticos pagan un precio más alto por la exposición. Para estos grupos, ser visibles nunca ha sido neutral. El Bosque Oscuro es más denso, más hostil, más violento. El riesgo no es abstracto: es concreto, cotidiano, acumulado.

El periodismo también se ha visto afectado por esta lógica. Las redacciones operan bajo presión legal, económica, política y digital. El temor a demandas, boicots, ataques coordinados y campañas de desprestigio crea un ambiente de cautela permanente. La consecuencia es un empobrecimiento del debate público, marcado por una neutralidad artificial y silencios estratégicos.

Paradójicamente, todo esto está sucediendo en la era de la hiperconectividad:

Hablaremos más.
Hemos publicado más.
Compartimos más.

Pero confiamos menos.
Escuchamos menos.
Estamos dando la bienvenida a menos personas.

La comunicación no generó el acercamiento que esperábamos; generó ruido, vigilancia e inseguridad. Como ya intuyó Lem, la promesa de entendimiento universal se desvanece ante la complejidad del otro. Nos encontramos, pues, ante una nueva pedagogía social: la pedagogía del silencio, de la prudencia excesiva, de la supervivencia individual. Me llevó décadas comprender que, en nombre del dinero, algunos anulan cualquier contrato. «Ocúpate de tus propios asuntos», «no interfieras», «no te metas en tus asuntos» se han convertido en mantras contemporáneos. La colectividad cede terreno ante la autoprotección.

El Bosque Oscuro, en este sentido, no es una mera metáfora literaria, sino un retrato de nuestro tiempo. Un tiempo en el que la visibilidad se ha convertido en vulnerabilidad, en el que existir plenamente se ha convertido en un riesgo, y en el que hablar con honestidad se ha convertido en un acto de valentía y también en una amenaza para quienes actúan para autopromocionarse.

La pregunta que surge es sencilla e incómoda, pero absolutamente necesaria: ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando el miedo se convierte en nuestra principal tecnología?

Una sociedad de silencios, disfraces y supervivientes aislados podrá perdurar, pero difícilmente podrá generar justicia, atención ni mantener un atisbo de democracia. Abandonar el Bosque Oscuro requiere reconstruir la confianza como valor público; requiere transformar esta tecnología en una herramienta de protección colectiva, no de vigilancia difusa y difusa. Esto requiere reaprender a hablar sin miedo, a discrepar sin intención de destruir y a existir sin pedir permiso.

Hasta que eso suceda, seguiremos caminando entre sombras, demasiado atentos a los depredadores invisibles, demasiado cautelosos para soñar juntos.

¡Bienvenido marzo, pero tómatelo con calma en este bosque!

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.

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