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Reynaldo José Aragón Gonçalves

Reynaldo Aragón es periodista especializado en geopolítica de la información y la tecnología, con especial atención a las relaciones entre tecnología, cognición y comportamiento. Es investigador del Centro de Estudios Estratégicos en Comunicación, Cognición y Computación (NEECCC – INCT DSI) y miembro del Instituto Nacional de Ciencia y Tecnología en Disputas y Soberanía de la Información (INCT DSI), donde investiga los impactos de la tecnopolítica en los procesos cognitivos y las dinámicas sociales en el Sur Global. Es editor del sitio web codigoaberto.net.

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Lula después de la ONU: el poder blando que define el siglo XXI

'El discurso en la Asamblea General y el encuentro por la democracia proyectan al presidente como un referente global contra el fascismo y por la soberanía de los pueblos'

El presidente de la República, Luiz Inácio Lula da Silva, durante una conferencia de prensa en la Sede de las Naciones Unidas, Nueva York, EE. UU. (Foto: Ricardo Stuckert / PR)

En la ONU, Lula no solo habló al mundo: colocó a Brasil en el centro de la lucha del siglo. Al defender la democracia y la soberanía como innegociables, ofrecer recursos concretos para el cambio climático y dialogar incluso con sus adversarios, se convirtió en la voz que el planeta escucha, quizás el mayor líder político de nuestro tiempo.

Introducción — El siglo XXI encuentra su voz

El discurso de Lula en la 80.ª Asamblea General de la ONU fue más que un acto formal: inscribió a un país y a un líder en una narrativa histórica. En un mundo sumido en crisis simultáneas —guerras regionales, cambio climático, desinformación a escala industrial y un fascismo en mutación digital—, el discurso de Lula resonó como rara vez lo hacen las palabras de un estadista. No se limitó a representar a Brasil; habló como alguien que reivindicaba un espacio de enunciación global, elevando la democracia y la soberanía a la categoría de principios universales, no de banderas partidistas o nacionales.

En la liturgia anual de Nueva York, muchos líderes hablan y pocos son recordados. Lula, en cambio, se ha unido a quienes marcan una época. Su retórica directa, impregnada de biografía y legitimidad, irrumpió en el ruido de las relaciones internacionales contemporáneas y ofreció una dirección ética y política en un sistema fragmentado. Más que un discurso, fue la materialización de dos décadas de construcción simbólica: desde "combatir el hambre como arma de destrucción masiva" en 2003 hasta "la democracia y la soberanía son innegociables" en 2025.

Este arco narrativo no es casual. Es el resultado de una acumulación de credenciales, errores y victorias que hicieron de Lula no solo un político resiliente, sino un líder global capaz de interactuar con polos opuestos sin sacrificar su coherencia. El siglo XXI, desprovisto de referentes democráticos capaces de unir a diferentes pueblos y proyectos, encontró en el presidente brasileño una voz singular, una que habla con la autoridad de quien sobrevivió a la guerra legal, resistió golpes de Estado híbridos y regresó legitimado por el voto.

Del hambre a la soberanía: 20 años de discursos de la ONU

La carrera de Lula en la ONU es una historia de coherencia poco común en la política internacional. Cuando tomó la palabra por primera vez en 2003, su denuncia de que "el hambre es la mayor arma de destrucción masiva" sonó como una ruptura en un ambiente acostumbrado a los tecnócratas y al cinismo diplomático. La frase resonó no solo como una denuncia, sino como un llamado ético a la acción, equiparando el hambre con la guerra y las armas nucleares. Brasil se presentó como una potencia moral, no a través de la fuerza militar, sino a través del imperativo de la justicia social.

En 2006, Lula amplió su ambición. Abogó por la reforma del Consejo de Seguridad y un multilateralismo "con resultados". Brasil exigía una voz real en la gobernanza internacional, una voz que se había cristalizado en la posguerra. El mensaje era claro: no se trata solo de hablar, sino de transformar el sistema. En 2009, en el punto álgido de la crisis financiera, Lula advirtió sobre la tríada letal que amenazaba a la humanidad: crisis económica, desigualdad y cambio climático. Fue un anticipo de un colapso civilizatorio que solo se agravaría en la década siguiente.

Tras más de una década fuera del cargo, Lula regresó en 2023 como un superviviente político, retomando su campaña contra el hambre y a favor de la reforma del orden global. En 2024, se atrevió aún más: denunció el genocidio en Gaza, abogó por la regulación de las plataformas digitales y abogó por el multilateralismo para la era de la inteligencia artificial. Este camino culmina en 2025, cuando el principio rector madura: la democracia y la soberanía se han convertido, en sus palabras, no solo en principios constitucionales, sino en cláusulas universales que deben guiar la convivencia entre las naciones.

La trayectoria es clara: del hambre a la soberanía, de la desigualdad al cambio climático, de la denuncia de la guerra a la lucha contra la desinformación. En dos décadas, Lula pasó de ser el presidente de la clase trabajadora que conmovió al público con su historia de vida a convertirse en el estadista que ofrece al mundo una narrativa alternativa a la hegemonía del mundo occidental en crisis. Sus discursos, lejos de ser meras memorias diplomáticas, conforman ahora una cartografía de la resistencia democrática en el siglo XXI.

La Ley de la Democracia: Contra el fascismo en ascenso

Si el discurso en el podio de la ONU marcó el tono normativo —democracia y soberanía como principios universales—, la reunión paralela «En defensa de la democracia, combatiendo el extremismo» fue la materialización práctica de este compromiso. Allí, ante líderes mundiales, representantes de la sociedad civil y organizaciones multilaterales, Lula habló no solo como presidente de Brasil, sino como superviviente de un proyecto global de destrucción democrática. Habló como alguien que había vivido en primera persona la guerra legal, el encarcelamiento político, las campañas de odio digitales y el intento de golpe de Estado. Y esta biografía transformó su discurso en testimonio, no en retórica.

Al denunciar el extremismo, la desinformación y el uso de la tecnología como armas de guerra psicológica, Lula nombró al enemigo del siglo XXI: el fascismo reconfigurado como una red, alimentado por algoritmos, financiado por oligarquías digitales y legitimado por una retórica de odio. Mientras muchos líderes aún tratan la desinformación como un problema técnico, Lula la presentó como una amenaza existencial para la democracia global. Este enfoque no es un detalle menor: replantea el debate, ofreciendo al mundo una narrativa que combina lucidez diagnóstica y autoridad política.

Más que una denuncia, Lula llamó a la acción. El tono fue de advertencia y movilización: defender la democracia no es un lujo ni un capricho, sino una cuestión de supervivencia ante la escalada del autoritarismo. Este llamado, repetido por representantes africanos, latinoamericanos y europeos, colocó a Brasil en el centro de un frente global que aún busca consolidarse frente al avance de la extrema derecha. El acto sirvió como una extensión simbólica del discurso plenario y un ensayo para una coalición democrática transnacional.

En este espacio, Lula no fue solo un orador: fue un líder. Su discurso resonó porque no nació de abstracciones académicas ni de una tecnocracia distante, sino de la experiencia concreta de alguien que enfrentó y ganó las trincheras de la guerra híbrida. La manifestación por la democracia le otorgó a Lula la condición de testigo y guía: una figura política capaz de traducir, en el escenario internacional, el drama vivido por millones de ciudadanos en sus democracias amenazadas.

El clima como fuerza de atracción — TFFF y COP 30

Ningún poder blando se sustenta solo con palabras. Para transformar el prestigio en liderazgo real, es necesario ofrecer instrumentos concretos. Esto es precisamente lo que hizo Lula cuando anunció, desde el podio de la ONU, la contribución inicial de 1 millones de dólares al Fondo Bosques Tropicales para Siempre (TFFF), un fondo innovador dedicado a la preservación de los bosques tropicales. Este gesto reposicionó inmediatamente a Brasil como pionero en la lucha contra el cambio climático, no solo denunciando la emergencia ambiental, sino también aportando fondos y compromiso político.

El TFFF es más que una promesa: traduce en recursos un concepto de soberanía que trasciende las fronteras nacionales. Al aportar sus propios fondos, Brasil asume riesgos y exige reciprocidad, revirtiendo la lógica histórica en la que el Sur Global mendigaba migajas de financiación verde. Esta vez, es el Sur quien lidera y ofrece, mientras que el Norte está llamado a responder. El mensaje es claro: no hay forma de abordar la crisis climática sin reconocer el liderazgo de los países que albergan las mayores reservas de bosques y biodiversidad.

Este movimiento está directamente vinculado a la COP30 en Belém, que se aproxima como una etapa estratégica para consolidar el papel central de Brasil en el debate climático. El TFFF es la carta de presentación que legitima el llamado a la acción de Lula para los gobiernos africanos, asiáticos e insulares, alineándolos con un frente que exige justicia climática. Para estos países, el discurso de Lula no es solo retórica diplomática: es una verdadera oportunidad para construir una arquitectura financiera alternativa a las antiguas promesas incumplidas de Occidente.

En el ámbito del poder blando, la diplomacia climática funciona como un puro poder de atracción. Le permite a Lula conectar con la juventud global movilizada, ONG ambientales, universidades e incluso actores del mercado financiero que ya ven un riesgo para su reputación al ignorar el colapso climático. Al convertir a Brasil en el epicentro del debate, Lula no solo refuerza su imagen de líder progresista y democrático, sino que también ofrece al mundo una causa concreta a la que unirse.

En 2025, el poder blando de Lula adquiere una dimensión verde y planetaria. El TFFF no es un simple detalle del discurso: es la puerta de entrada de Brasil al futuro de la gobernanza climática global. Y, sobre todo, es un recordatorio de que la soberanía informativa, política y ambiental están entrelazadas: sin autonomía climática, no hay independencia para ningún pueblo.

Diplomacia de puertas abiertas: El líder multipolar

Pocos líderes vivos pueden lograr lo que Lula logra: navegar por las trincheras geopolíticas sin perder legitimidad. En la ONU de 2025, esto fue evidente. Intercambió gestos cordiales con Donald Trump, incluso bajo el peso de aranceles punitivos y sanciones contra funcionarios brasileños. Abrió un canal de comunicación con Volodímir Zelenski, proponiendo un alto el fuego como primer paso hacia la paz en Ucrania, a la vez que mantenía un diálogo fluido con Rusia y China dentro de los BRICS. Y también se dirigió a africanos, árabes y latinoamericanos en un lenguaje que resuena como propio: el de la soberanía y la dignidad nacional.

Esta flexibilidad no es una contradicción, sino la esencia del poder blando. A diferencia de los jefes de Estado que se repliegan en bloques, Lula mantiene las puertas abiertas en todos los ejes estratégicos. No se presenta como un mediador neutral, sino como un líder con trayectoria, que habla desde la experiencia de un país del Sur Global y, precisamente por ello, es escuchado con respeto incluso por sus adversarios. Esta capacidad de dialogar sin someterse es un recurso político excepcional en tiempos de polarización y alineamientos rígidos.

Mientras Estados Unidos y la Unión Europea suelen hablar desde arriba, y China se posiciona como una alternativa pragmática, Lula emerge como una síntesis humanista: un presidente que no niega los conflictos, sino que se ofrece como puente. Y este no es un puente ingenuo; es un puente con peso específico, capaz de atraer al debate el apoyo de millones de personas y de una nación que es un laboratorio para las disputas del siglo XXI.

En el escenario multipolar, Lula no es un árbitro distante ni un vasallo de las potencias. Es un actor central, que se mueve con la legitimidad de quien ganó la guerra híbrida en su país y que, por lo tanto, puede hablar con autoridad sobre el riesgo del fascismo, la urgencia del cambio climático y la necesidad de soberanía. La diplomacia de puertas abiertas no implica debilidad: significa estar en posición de hablar con todos sin pedir permiso y ser escuchado.

Repercusión internacional: un Norte escéptico, un Sur entusiasta

La repercusión del discurso de Lula y la manifestación prodemocracia expusieron la asimetría del sistema internacional. En el Norte Global, la reacción fue mixta: medios institucionales como Reuters, AP y el Financial Times destacaron la firme defensa de la democracia y la audaz contribución de Brasil al TFFF en materia de cambio climático. Sin embargo, paralelamente, periódicos conservadores estadounidenses y centros de investigación afines al establishment atacaron el discurso sobre Gaza y criticaron la defensa de la regulación de las plataformas digitales, calificándolo de "censura" y una "amenaza a la libertad de expresión". La misma etiqueta —"populismo autoritario"— reapareció en las columnas de opinión, revelando la incomodidad de las élites occidentales ante un liderazgo del Sur que se niega a doblegarse.

En el Sur Global, la respuesta fue inmediata y entusiasta. En África, los líderes elogiaron la contribución al TFFF y destacaron el papel de Brasil como aliado en la justicia climática. En Oriente Medio, especialmente en el mundo árabe-islámico, la denuncia del genocidio en Gaza y el llamado al alto el fuego fueron recibidos como un acto de valentía, en contraste con el silencio cómplice de las potencias occidentales. En Asia, India y China interpretaron el discurso como un refuerzo de la narrativa multipolar, en consonancia con la expansión de los BRICS. En América Latina, el tono soberano de Lula resonó como una afirmación regional, consolidando a Brasil como contrapunto al ultraliberalismo de Milei y al creciente trumpismo.

Este contraste revela más que simples interpretaciones diferentes: pone de relieve la brecha estructural entre un Occidente que se resiste a perder el monopolio de la narrativa y un Sur que ve en Lula la voz de sus dilemas y aspiraciones. Mientras que en el Norte, la retórica sobre la democracia puede ser recibida con escepticismo o cinismo, en el Sur se entiende como una experiencia vivida y una prueba concreta de resiliencia. Es precisamente en esta brecha donde crece el poder blando de Lula: ocupa el espacio que las potencias tradicionales han abandonado, convirtiéndose en un referente para los países que buscan futuros alternativos fuera de la tutela de Occidente.

En definitiva, la repercusión internacional confirma la centralidad simbólica alcanzada en Nueva York. Para algunos, Lula es una amenaza; para otros, una esperanza. Pero para todos, se ha vuelto ineludible.

La recuperación de la opinión pública — efecto ONU

El poder blando de Lula no se mide solo a nivel internacional. Tiene un impacto inmediato a nivel nacional, como confirman las encuestas publicadas en los últimos días. El discurso en Nueva York coincidió con un cambio en la opinión pública: el IPESPE mostró que la aprobación del gobierno volvió a superar la desaprobación, mientras que Datafolha, días antes, ya había indicado un aumento en la imagen positiva del presidente y una disminución en las tasas de rechazo. En pocas palabras: el país volvió a ver a Lula con mayor confianza, al mismo tiempo que el mundo lo consagraba como una voz de la democracia y la soberanía.

Esta alineación entre la proyección externa y la recuperación interna es poco común en la política brasileña. Normalmente, la diplomacia es un ámbito muy alejado de la vida cotidiana de la gente. Pero en tiempos de guerra híbrida, aranceles, sanciones y ataques a la democracia, la ONU deja de ser abstracta: se convierte en un escaparate de la lucha nacional a escala global. Cuando Lula, ante jefes de Estado, afirmó que «la democracia y la soberanía no son negociables», millones de brasileños se sintieron representados. Fue más que diplomacia: fue una afirmación de identidad.

La recuperación en las encuestas demuestra que el poder blando de Lula tiene un efecto dominó en la política nacional. Su discurso resuena tanto en los foros multilaterales como en las periferias urbanas, donde la soberanía significa comida en la mesa y la democracia significa la libertad de vivir sin temor a la violencia política. Este es un activo que ningún adversario nacional puede comprar con noticias falsas ni operaciones psicológicas.

Si bien el escepticismo persiste en el Norte Global, en Brasil Lula está cosechando los frutos de su prominencia internacional. La ONU le ha servido como plataforma para el reconocimiento externo y también como espejo interno, reforzando su legitimidad justo cuando enfrenta el asedio de aranceles, sanciones y discursos desestabilizadores. Esto demuestra que el poder blando, cuando es auténtico, repercute en la política nacional y fortalece la democracia.

Lula y el siglo XXI: entre la historia y el futuro

El siglo XXI sigue buscando sus símbolos políticos universales. Los antiguos referentes occidentales, antaño celebrados como guardianes de la democracia liberal, se han perdido entre nacionalismos estrechos, tecnocracias apáticas y crisis de legitimidad. Fue en este vacío que Lula emergió, no solo como presidente de un país del Sur Global, sino como una de las voces más consecuentes en la defensa de valores universales: soberanía, democracia, justicia social y protección del clima.

Su trayectoria es más que política: es pedagógica. Lula se dirige al mundo con la autoridad de quien emergió de la pobreza, enfrentó la prisión, sobrevivió a la guerra legal y regresó gracias al voto popular. Esta biografía es irremplazable porque convierte la experiencia en legitimidad, y la legitimidad en poder de atracción. Cuando defendió la democracia en la ONU, no lo hizo en nombre de abstracciones: habló como alguien que se resistió a los mecanismos más perversos de la guerra híbrida y como alguien que entiende que defender la soberanía no es una cuestión de ideología, sino de supervivencia nacional.

Si la política global está marcada por el auge de una coalición de extrema derecha vinculada a las grandes tecnológicas y la erosión de las instituciones multilaterales, Lula ofrece un contrapunto: un liderazgo que combina pragmatismo y visión histórica, con la inusual capacidad de moverse entre Washington, Pekín, Bruselas, Moscú y Pretoria sin perder coherencia. Es esta capacidad de abarcar todos los polos, sin dejarse atrapar por ninguno, lo que lo convierte en una figura única.

Al dejar la ONU en 2025, Lula no era solo el representante de un país en disputa. Era el estadista que hablaba en nombre de un mundo fragmentado en busca de rumbo. Quizás no sea exagerado decir que, en ese escenario, emergió como el mayor líder político del siglo XXI, no por su poder militar o económico, sino por su capacidad para articular causas comunes que interpelan a la mayoría de la humanidad. Entre la historia y el futuro, Lula se convirtió en la voz que el planeta necesita escuchar.

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.

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