Lula divide a la izquierda marxista: ¿neoliberal o desarrollista?
Este es un tema que los medios corporativos conservadores y pro mercado nunca han aceptado abordar.
El presidente Lula se convirtió en el foco de atención de los comunistas marxistas Breno Altman, periodista de Opera Mundi, y Jones Manoel, historiador de Farol Brasil, canales de comunicación online de izquierda, en un debate, mediado por el periodista Mauro Lopes, sobre si su gobierno es o no neoliberal.
Este es un tema que los medios corporativos conservadores y pro mercado nunca han discutido, porque lo evitan como al diablo de la cruz, pero ha movilizado a miles de personas, resaltando el nuevo rumbo de la comunicación en el país.
Un signo de los tiempos que promete ampliar las relaciones sociales comprometidas con la revolución brasileña, insuflando nueva vida al panorama político nacional.
Así que, felicitaciones a la izquierda.
Para Breno, a diferencia de Jones, el gobierno de Lula no es neoliberal, porque apoya una agenda social pese al duro ajuste fiscal al que está sometido debido a la presión del mercado financiero en alianza con un Congreso dominado por la derecha y la ultraderecha fascista.
En este contexto, las fuerzas reaccionarias mayoritarias están inmersas en un semipresidencialismo inconstitucional de facto, en el intento de anular por ley el presidencialismo constitucional, en un proceso de desgaste político cuyas consecuencias se desplegarán en la lucha política que culminará en las elecciones presidenciales de 2026, cuando se espera que Lula busque la reelección.
Jones analiza correctamente el contexto económico y social tanto cíclico como estructural, destacando la contradicción del gobierno al hacer un discurso disociado de la práctica, por estar subordinado a las determinaciones del mercado financiero, de Faria Lima, mientras que Breno, igualmente, hace importantes reservas en cuanto al carácter neoliberal del gobierno, sin embargo, dice, mediado por iniciativas paliativas que lo mitigan, especialmente en relación a la política salarial, con variación positiva de los salarios en comparación con el ingreso nacional.
Cita –como dice él, una exigencia del modo de ser marxista, atento, sobre todo, a los hechos y no a los discursos– estadísticas oficiales para probar sus afirmaciones.
Sin embargo, reconoce que el gobierno es prisionero de las determinaciones macroeconómicas controladas por el mercado que le impiden hacer lo suficiente para cambiar el rumbo a su favor.
Por el contrario, Jones sostiene que no hace lo que Breno exige precisamente porque está esencialmente comprometido con un marco fiscal neoliberal que lo condiciona a una posición excesivamente estrecha.
Sostiene que le falta voluntad política para enfrentar el statu quo establecido por la tiranía financiera, actuando subordinadamente a ella en dosis excesivas, cuyas consecuencias, a su juicio, conducirán al desastre electoral.
GARANTIZAR EL PODER A LA IZQUIERDA
El campo político afectado por el modelo neoliberal, que impone el predominio de la derecha fascista y de la ultraderecha, trae a Breno al centro de sus preocupaciones, predominantemente políticas en relación a la situación económica: la izquierda no tiene un candidato alternativo a Lula, quien carga con la responsabilidad de liderar una base política históricamente comprometida con cambios estructurales, políticos y económicos, en medio de adversidades casi insuperables.
Por eso, si la izquierda fuerza su mano, dividiéndose entre sí, especialmente en el plano económico, contribuye a la victoria de la derecha, quizás incluso de la extrema derecha.
Es por esto que Breno considera que el gobierno está en una situación híbrida, mitad neoliberal, mitad desarrollista, respecto de las agendas sociales y económicas del momento.
Lula, rodeado de incertidumbres, tanto internas como externas, agravadas por el ascenso de Donald Trump, expresión de la derecha fascista, estructura, en los dos años que quedan hasta el final de su mandato, una estrategia arriesgada:
1 – Mejor distribución del ingreso, gravando a los ricos para favorecer a los pobres, en combinación incierta con el Congreso, y;
2 – cómo atender la principal reivindicación de los trabajadores, respecto a la ruptura o no de la jornada laboral actual, en la escala 6 x 1 – seis días de trabajo, un día de descanso –, para no entrar en confrontación directa con una burguesía reaccionaria, que domina el Congreso; aquí, Jones se muestra ultra agresivo, en defensa de la escala 4 x 3, mientras Breno, simplemente, permanece en silencio.
Jones, en una vigorosa argumentación, destaca que Lula, en el punto esencial de la jornada de trabajo, necesita abordar la cuestión y avanzar hacia la movilización popular, aprovechando el status que le da el régimen presidencial, garantizándole acceso, cuando quiera, a las masas a través de los medios de comunicación, para movilizarlas.
Ambos lados –Breno y Jones– presentaron fuertes justificaciones para anclar sus posiciones, pero no avanzaron en el punto principal, que es mostrar a su audiencia lo fundamental: el carácter esencial del modelo neoliberal –interpretado a la luz de la dialéctica marxista en sus desarrollos– para formar la conciencia política de la izquierda, en línea con el materialismo histórico.
Dejaron que desear en este aspecto principal, porque no abordaron las causas, sino las consecuencias, del modelo neoliberal que semiparaliza al gobierno en su propuesta de desarrollo sustentable, que es lo que se espera de los marxistas.
EL FONDO DEL ASUNTO
El carácter esencial del gobierno para clasificarlo como neoliberal o no es su huida de la realidad objetiva para vivir en lo abstracto de una irrealidad surrealista.
Para fijar su política monetaria a través del CMN -integrado por el MF, Planificación y BC- el gobierno decidió operar con una fantasía irreal: una inflación del 3%.
Contrasta con la inflación promedio histórica de los últimos 20 años, que oscila entre el 5% y el 7% anual.
Se busca lo imposible renunciando a la lógica, justificando los argumentos de los especuladores en la búsqueda permanente de altas tasas de interés, exigiendo recortes al gasto social, que es el ingreso disponible que dinamiza el capitalismo, para promover la producción, el consumo, el empleo, la renta, la recaudación fiscal y la inversión, en fin, el silogismo capitalista.
Si invertimos esta lógica, sembramos el viento que nos lleva a cosechar el torbellino, como está sucediendo.
El telón de fondo de la política económica brasileña es el trípode neoliberal concebido por el Consenso de Washington desde la década de 1980: metas de inflación, tipos de cambio flotantes y superávit primario.
Así, discutir si el gobierno de Lula es neoliberal o no es una tautología, pues lo que rige la política económica, en la práctica, no son determinaciones internas, como si existiera una autonomía nacional sobre ella, sino determinaciones externas, dictadas por el imperio norteamericano sobre el cual no tiene control alguno.
Todos los gobiernos brasileños posteriores a la dictadura militar siguen el guión imperialista neoliberal, porque ninguno de ellos tiene autonomía, independencia y soberanía en el campo económico, salvo en discursos sin sustancia real.
Las órdenes vienen del imperio, del esquema montado por la división internacional del trabajo bajo el mando de las agencias norteamericanas, FMI y Banco Mundial, después de la Segunda Guerra Mundial, en Bretton Woods en 1944.
Desde entonces se han producido variaciones para adaptarse a los cambios producidos por las circunstancias históricas, pero siempre dictadas por el imperio, del centro a la periferia capitalista, nunca al revés, de la periferia al centro.
Por ejemplo, durante la administración Nixon (1969-1974), Estados Unidos separó al dólar del patrón oro y dejó que la moneda flotara, imponiendo la desregulación general del capitalismo.
Lo hizo porque los europeos querían retirar sus reservas de oro depositadas en Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial.
Los estadounidenses reaccionaron quedándose con el oro, al tiempo que anclaban su moneda al petróleo en un acuerdo con Arabia Saudita, que duró 50 años (1974 a 2024).
Desde entonces, el dólar ha quedado anclado exclusivamente a la potencia imperialista, que ocupa los cinco continentes con sus bases militares y la hegemonía de su moneda.
A finales de los años 1970, temeroso por la salud del dólar, desvinculado del oro y anclado únicamente al petrodólar y a las armas, Washington elevó el tipo de interés del 5% al 21% para secar la liquidez internacional y el peligro de hiperinflación.
El imperio, en consecuencia, arrojó a toda la periferia capitalista, que pedía dólares prestados a los bancos estadounidenses, a una violenta crisis financiera.
La dictadura brasileña colapsó porque implementó un programa económico desarrollista con préstamos en dólares a tasas de interés flotantes.
¡Auge!
NACE EL CONSENSO DE WASHINGTON
Desde entonces, Estados Unidos ha creado el Consenso de Washington para colocar a los deudores bajo estrictas restricciones fiscales y monetarias dentro de un marco neoliberal global.
Recortes del gasto social, recortes salariales, privatizaciones de empresas estatales y bancos bajo un modelo neoliberal liderado por bancos centrales que obedecen las reglas del BIS (Banco Central de Bancos Centrales) de Basilea; en la práctica, todo guiado por la Reserva Federal de los Estados Unidos, la cabeza financiera del imperio norteamericano.
Se generalizó el trípode económico imperialista (metas inflacionarias, tipo de cambio flotante, superávit primario), subordinado a las leyes de responsabilidad fiscal aprobadas en los parlamentos, bajo la orientación del imperio.
Quienes no cumplen las normas no tienen acceso a préstamos internacionales y son sancionados por la Ley de Responsabilidad Fiscal.
No hay, pues, soberanía económica y política en la periferia sujeta al trípode neoliberal.
El presidente Lula forma parte del plan desde su primer mandato (2003-2006).
Sin embargo, en su segundo mandato (2005-2009) aprovechó una situación financiera favorable para pagar su deuda externa con los bancos y el FMI, con el fin de disfrutar de libertad e independencia.
Sin embargo, no pudo escapar del trípode neoliberal; quedó sujeto al esquema de restricción fiscal y monetaria cuyas consecuencias son altas tasas de interés, que hacen inviable el crecimiento económico sostenido y expanden sin control la deuda interna bajo tasas de interés especulativas dictadas por el mercado financiero internacional al que está atado Faria Lima.
Así, mientras Brasil lograba escapar de la deuda externa, cayó en las garras de la deuda interna.
La deuda interna se ha convertido, en la práctica, en deuda externa internalizada.
Resultado: la dependencia crónica continúa en el escenario de financiarización económica al que Brasil – y toda la periferia capitalista dependiente del imperio estadounidense – está esclavizada financieramente.
Así, el carácter esencial del modelo neoliberal al que está sometido el gobierno de Lula está dado por el trípode económico que establece una meta de inflación irreal, imposible de alcanzar (en el caso del tercer mandato de Lula, 3% anual), para justificar la demanda del mercado financiero de altas tasas de interés en nombre del combate a la inflación.
Se trata de una pura tiranía financiera internacional que impide al gobierno gobernar, rodeado como está por un Congreso mayoritariamente de derecha y de extrema derecha fascista pro-Trump semipresidencial, dominado por Faria Lima.
El debate entre los comunistas Breno Altman y Jones Manoel sobre si el gobierno de Lula es o no neoliberal ha ignorado un análisis marxista dialéctico de la causa central del carácter esencial de su vínculo orgánico con el neoliberalismo impuesto por el imperio norteamericano ahora liderado por el fascista Donald Trump.
Ambos giraban en torno al eje central que caracteriza al modelo neoliberal sin evidenciar su causa y haciendo alarde de consecuencias con argumentos colaterales.
Marx, si hubiera estado presente en el debate, estaría insatisfecho.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.
