Lula en la ONU: la agenda fiscal global como pilar de la (in)justicia económica
El discurso de Lula en la ONU destaca la urgencia de un sistema tributario global más justo para abordar la desigualdad, el cambio climático y la deuda externa.
Tras la apertura de la Asamblea General de la ONU, las palabras del presidente Luiz Inácio Lula da Silva resuenan con especial relevancia. Nuestra tarea ahora es descifrar el subtexto y la esencia de su discurso desde la perspectiva de la política fiscal contemporánea. En esencia, el discurso presidencial teje un panorama de desafíos globales apremiantes: el flagelo de la desigualdad, la inexorable crisis climática, el llamado a la paz y la indispensable reforma de la gobernanza internacional. Sin embargo, es precisamente en este amplio marco que surgen puntos de profunda relevancia para el derecho tributario, incluso si el término "impuesto" no siempre se verbaliza. Después de todo, estos temas están intrínsecamente arraigados en los debates sobre la justicia económica, los mecanismos de financiación para el desarrollo global y la reestructuración de la arquitectura financiera internacional.
Combatir la desigualdad y la concentración de la riqueza: el imperativo fiscal
El mensaje central del presidente Lula reside en la urgente necesidad de combatir la creciente desigualdad social y económica, tanto a nivel nacional como global. Este es un aspecto crucial, profundamente entrelazado con las políticas y leyes tributarias. En su discurso, el presidente retoma repetidamente la cuestión de gravar a los superricos y mitigar los paraísos fiscales como pilares para construir un mundo más equitativo.
Si bien el discurso puede no usar la expresión literal "impuesto al patrimonio", el énfasis inequívoco recae en la necesidad de que "los más ricos paguen su parte". La vehemente crítica a la evasión fiscal y al uso de paraísos fiscales para proteger fortunas ilícitas o legalmente cuestionables es bien conocida. La visión es clara: rescatar miles de millones de dólares que, de otro modo, podrían destinarse a financiar la lucha contra la pobreza y la implementación de inversiones sociales urgentes. Este enfoque no solo sugiere, sino que exige, la implementación de mecanismos de tributación progresiva y una sólida cooperación internacional capaz de frenar las prácticas ilícitas y la elusión fiscal predatoria.
Las democracias sólidas van más allá de los rituales electorales. Su fortaleza presupone la reducción de las desigualdades y la garantía de los derechos más básicos: alimentación, seguridad, trabajo, vivienda, educación y salud. La democracia fracasa cuando las mujeres ganan menos que los hombres o mueren a manos de sus parejas y familiares. Fracasa cuando cierra sus puertas y culpa a los migrantes de los males del mundo. La pobreza es tan enemiga de la democracia como el extremismo. Este es el objetivo de la Alianza Global que lanzamos en el G20, que ya cuenta con el apoyo de 103 países. La comunidad internacional necesita reevaluar sus prioridades: (...) Definir estándares mínimos de tributación global para que los superricos paguen más impuestos que los trabajadores.
Financiación para el desarrollo sostenible y la acción climática
En su intervención ante la ONU, el presidente Lula planteó la cuestión de las finanzas como un pilar fundamental para abordar la crisis climática e impulsar el desarrollo sostenible en los países en desarrollo. Este tema, central en la geopolítica actual, tiene implicaciones directas y profundas para la búsqueda de nuevas e innovadoras fuentes de financiación.
El discurso presidencial, en este sentido, no se limitó a un llamamiento genérico; hizo un enfático llamado a "nuevas fuentes de financiación" y al cumplimiento irrestricto de los compromisos financieros ya asumidos por las naciones más desarrolladas. Esta exigencia, en esencia, abre un campo fértil para el debate sobre la implementación de impuestos globales o gravámenes sobre actividades específicas. Aquí, vislumbramos el potencial para debatir sobre la creación de impuestos a las transacciones financieras internacionales, la tributación de las emisiones de carbono —aunque no se menciona explícitamente en el discurso— o, de forma más amplia, una recalibración de las contribuciones financieras exigidas a las economías más ricas.
La premisa que subyace a esta visión es la de la responsabilidad compartida pero diferenciada, un principio con profunda resonancia en el derecho ambiental internacional y que invariablemente se traduce en cargas financieras desproporcionadas para quienes más han contribuido al problema y tienen mayor capacidad para resolverlo. Invita a la reflexión sobre cómo se puede movilizar el marco fiscal para construir un futuro más sostenible y equitativo.
Fomentar el desarrollo sostenible es el objetivo del Fondo Bosques Tropicales para Siempre, que Brasil pretende lanzar para recompensar a los países que preservan sus bosques. Ha llegado el momento de pasar de la fase de negociación a la de implementación. El mundo le debe mucho al régimen creado por la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Pero es necesario situar la lucha contra el cambio climático en el centro de la ONU para que reciba la atención que merece.
Reforma de la arquitectura financiera global y de la deuda externa
El cuestionamiento incisivo de la idoneidad de la actual arquitectura financiera global y la agobiante carga de la deuda externa constituye un capítulo aparte, cuya profunda resonancia fiscal es, si bien su naturaleza no es directamente fiscal. Estas cuestiones tienen un impacto estructural en la capacidad inherente de los Estados para captar recursos y, en consecuencia, invertir en el bienestar de sus poblaciones.
Al abordar la asfixia financiera que impone la deuda externa y pedir su reestructuración, el líder brasileño toca directamente la esencia de la capacidad fiscal de los países. La lógica es irrefutable: reducir los sustanciales recursos anuales asignados al servicio de la deuda no solo implica un alivio presupuestario, sino también la crucial apertura de un margen fiscal. Este margen es la condición previa para que los gobiernos destinen una sólida inversión pública a áreas vitales como la salud, la educación y la infraestructura, sectores clave que, en última instancia, se financian con los ingresos fiscales.
La reforma propuesta por Lula va más allá de la mera renegociación de pasivos; aspira a un escenario global en el que los países puedan ejercer su soberanía fiscal, utilizando sus propios ingresos fiscales de forma más autónoma, estratégica y eficaz. El objetivo final es claro: maximizar el uso de los recursos internos para promover el desarrollo endógeno y el bienestar colectivo, reestructurando las bases de un sistema que a veces opera en contra de los intereses de las naciones más vulnerables.
La pobreza es un enemigo de la democracia tan grave como el extremismo. Por ello, nos enorgulleció recibir la confirmación de la FAO de que Brasil fue eliminado nuevamente del Mapa del Hambre en 2025. Sin embargo, en todo el mundo, aún hay 670 millones de personas con hambre. Alrededor de 2,3 millones enfrentan inseguridad alimentaria. La única guerra que todos podemos ganar es la que libramos contra el hambre y la pobreza. Este es el objetivo de la Alianza Global que lanzamos en el G20, que ya cuenta con el apoyo de 103 países. La comunidad internacional debe reevaluar sus prioridades: reducir el gasto militar y aumentar la ayuda al desarrollo; aliviar el servicio de la deuda externa de los países más pobres, especialmente los de África.
Consideraciones finales
En resumen, el discurso del presidente Luiz Inácio Lula da Silva ante las Naciones Unidas trasciende la retórica diplomática. Al abogar vehementemente por un orden global más justo y equitativo, su discurso arroja luz sobre la distribución de las cargas y los beneficios económicos como un imperativo moral y práctico. La búsqueda incesante de una financiación sólida para los desafíos globales más urgentes —desde la emergencia climática hasta la erradicación de la desigualdad— converge invariablemente en un debate crucial sobre el papel de la legislación tributaria.
En esta intersección, surgen debates fundamentales, como la tributación progresiva, que postula que quienes tienen mayor capacidad económica deberían, proporcionalmente, contribuir más al bienestar colectivo. Igualmente urgente es la cooperación fiscal internacional, indispensable para la armonización y la colaboración entre naciones, con el objetivo de frenar la elusión y la evasión fiscal que agotan los presupuestos públicos, especialmente en contextos transnacionales que dependen de paraísos fiscales y estructuras multinacionales.
Finalmente, la audaz perspectiva de nuevos instrumentos fiscales globales se manifiesta en la posibilidad de concebir impuestos o mecanismos de contribución a nivel internacional, específicamente diseñados para financiar bienes públicos globales y responder a desafíos que trascienden fronteras.
Una lectura jurídico-tributaria del discurso de Lula en la ONU revela, por tanto, que las soluciones a los dilemas del siglo XXI no residen únicamente en acuerdos políticos o innovaciones tecnológicas. Están, en gran medida, intrínsecamente ligadas a la valentía de reimaginar y reformar el sistema tributario global, transformándolo en una herramienta poderosa al servicio de la equidad, la sostenibilidad y una paz duradera.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.



