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Paola Jochimsen

Paola Jochimsen es candidata a doctorado en Filosofía por la Universidad de Coímbra y tiene una maestría en Romanística por la Universidad Albert-Ludwigs de Friburgo (Alemania). Es miembro del Colectivo Brasil-Alemania por la Democracia.

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Marine Le Pen y Jair Bolsonaro: ¿la extrema derecha sin herederos?

Dos de las figuras más emblemáticas de la extrema derecha mundial quedan fuera del juego electoral

La amenaza de un golpe es lo que diferencia a Bolsonaro de Le Pen, dice filósofo francés

Dos de las figuras más emblemáticas de la extrema derecha mundial están fuera de la contienda. En Francia, se intenta una sucesión organizada dentro del partido de Le Pen, pero la competencia sigue dividida entre Jordan Bardella y Éric Zemmour. En Brasil, reina la fragmentación y el bolsonarismo está probando candidatos sin consenso.

Dos de las figuras más destacadas de la extrema derecha mundial fueron declaradas inelegibles por decisiones judiciales basadas en prácticas ilegales que implicaban el uso del poder público. El 31 de marzo de 2025, Marine Le Pen fue condenada por el Tribunal Correccional de París por malversación de fondos públicos del Parlamento Europeo. La sentencia incluye cuatro años de prisión, dos de ellos en arresto domiciliario con tobillera electrónica, dos años en suspenso, una multa de 100 euros y una prohibición de cinco años con efecto inmediato.

La decisión provocó una fuerte reacción entre los partidarios de Le Pen, quienes comenzaron a acusar al sistema judicial francés de persecución política. En respuesta, el fiscal general del Tribunal de Casación, Rémy Heitz, declaró al periódico Le Monde que «la justicia no es política» y que la sentencia fue dictada «por tres jueces independientes e imparciales, conforme a la ley y con base en textos votados por la representación nacional». Heitz calificó los ataques personalizados contra los jueces de «inaceptables» y reveló que el juez responsable de la decisión comenzó a recibir protección policial tras ser amenazado. Según él, el juicio contó con todas las garantías de un juicio justo, con una investigación que duró años y un debate contradictorio de dos meses.

Jair Bolsonaro, en Brasil, fue condenado en 2023 por el Tribunal Superior Electoral (TSE) por abuso de poder político y uso indebido de la maquinaria pública, siendo excluido de las disputas electorales hasta 2030. Al igual que Le Pen, Bolsonaro también mantiene la tesis de que es víctima de persecución política y judicial, un discurso ampliamente difundido entre sus aliados y base electoral para deslegitimar el sistema judicial y mantener la movilización en torno a su figura.

¿El fin de un proyecto político?

La condena representa un hito sin precedentes en la carrera de Le Pen. Tras tres intentos presidenciales, 2027 se consideraba la campaña más favorable para ella, con una posibilidad real de victoria, según sus aliados. La inhabilitación inmediata interrumpe este proyecto en el momento más estratégico de su carrera. Le Pen anunció que recurrirá, y una apelación exitosa, si prospera antes de las elecciones, aún podría revertir la situación. Por ahora, sin embargo, su exclusión del panorama electoral reconfigura significativamente el panorama de la extrema derecha francesa.

Tanto Le Pen como Bolsonaro forjaron sus carreras atacando al "sistema", prometiendo moralidad y renovación, pero terminaron cosechando el mismo destino que los políticos tradicionales a los que juraron combatir. La retórica anticorrupción y los llamados a la moral terminaron sirviendo como cortinas de humo para prácticas patrimonialistas, autoritarias y, en muchos casos, ilegales. A pesar de ello, ninguno de los dos ha desaparecido por completo de la escena. La francesa ya ha nombrado a su sucesor: Jordan Bardella, actual presidente de la Agrupación Nacional (Rassemblement National), un joven político que se está preparando para asumir el liderazgo del partido. La estrategia es clara: preservar el capital electoral de Le Pen y mantener vivo el proyecto ultranacionalista bajo una nueva imagen. Sin embargo, Bardella no está solo en este campo: la presencia de Éric Zemmour, con un fuerte atractivo identitario y una ideología más radical, pone de relieve la disputa interna en la extrema derecha francesa.

Zemmour, experiodista y comentarista político, quedó en cuarto lugar en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 2022, con más del 7% de los votos, por detrás de Emmanuel Macron, del Partido Renacimiento, Marine Le Pen, y Jean-Luc Mélenchon, de La Francia Insumisa. Aunque no llegó a la segunda vuelta, consolidó una base activista y mediática que ahora compite por protagonismo en la extrema derecha francesa. Su presencia plantea un doble desafío: si bien obliga a la Agrupación Nacional a reafirmar su postura "moderada", también amplía el espectro de la derecha radical en el país, dividiendo el voto, pero manteniendo viva la llama de la intolerancia.

En Brasil, el bolsonarismo carece de un heredero legítimo. Aunque nombres como Michelle Bolsonaro, Tarcísio de Freitas, Ronaldo Caiado y los propios hijos del expresidente —como Eduardo y Carlos Bolsonaro— se están tanteando como alternativas, ninguno ha logrado unificar a la base ni replicar el carisma polarizador de Jair Bolsonaro. La extrema derecha brasileña, por lo tanto, se encuentra en una situación conflictiva: fragmentada, con líderes regionales que buscan protagonismo y figuras influyentes digitales que ganan terreno, como Pablo Marçal, quien ya ha demostrado una inesperada capacidad de movilización en redes sociales y en las urnas. El resultado es un movimiento sin rumbo claro, con múltiples voces compitiendo por el legado bolsonarista, pero sin consenso sobre el camino a seguir. Este vacío de liderazgo abre la puerta tanto a la reconfiguración del movimiento como a su declive, dependiendo de las estrategias que se adopten en los próximos años y de quién pueda captar mejor el sentimiento de insatisfacción que ha generado el bolsonarismo.

La extrema derecha, incluso tras condenas legítimas dictadas por tribunales democráticos comprometidos con el Estado de derecho, sigue gozando de un importante apoyo social, presencia mediática y redes internacionales que garantizan su permanencia en la arena política. Pero los casos de Marine Le Pen y Jair Bolsonaro revelan que ni siquiera los líderes más simbólicos son inmunes a las restricciones institucionales.

Mantienen vínculos con figuras como Donald Trump (Partido Republicano, EE. UU.), Viktor Orbán (Fidesz, Hungría) y Santiago Abascal (Vox, España), articulando un frente transnacional basado en valores ultraconservadores, como el nacionalismo xenófobo, el antiglobalismo y la negación del cambio climático. La salida de Le Pen y Bolsonaro del sistema electoral no debilita automáticamente esta red, pero sí representa una fisura en su narrativa de invencibilidad y expone las tensiones internas de este movimiento global. La inelegibilidad de Le Pen y Bolsonaro marca no solo una derrota personal, sino el inicio de una nueva etapa: más difusa, menos centralizada y quizás más peligrosa debido a su imprevisibilidad.

Escenario electoral futuro: ¿riesgo de moderación o radicalización?

Ante la ausencia de un liderazgo central, la extrema derecha puede seguir diferentes caminos: buscar la moderación para ganarse el apoyo de sectores más amplios de la sociedad o profundizar la radicalización ideológica para mantener movilizada a su base leal. Ambas estrategias tienen precedentes históricos y conllevan riesgos democráticos, ya sea mediante la normalización de agendas autoritarias en el debate público o la intensificación del discurso violento y antisistémico. Lo que está en juego no es solo la supervivencia de un campo político, sino cómo se reorganizará para seguir compitiendo por el apoyo, los votos y el significado.

Este también debería ser el momento para que la izquierda tome protagonismo y reafirme su compromiso democrático. La fragmentación de la extrema derecha abre una ventana de oportunidad para disputar significados, reconstruir vínculos con sectores desilusionados de la población y ofrecer alternativas concretas a las crisis que el extremismo ha explotado. La ausencia de herederos directos no significa el fin de la amenaza autoritaria, pero puede ser el comienzo de una reorganización democrática, si existe la capacidad de interpretación histórica y acción política coordinada.

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.