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Gustavo Tapioca

Periodista graduado de la Universidad Federal de Bahía y con maestría de la Universidad de Wisconsin-Madison. Exdirector editorial del Jornal da Bahia, fue asesor de comunicación social en Telebrás y consultor de comunicación para el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y el Instituto Internacional de Asuntos Internacionales (IICA/OEA). Es autor de "Meninos do Rio Vermelho", publicado por la Fundación Casa de Jorge Amado.

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No son las drogas ni el narcotraficante, estúpido. Es la reelección de Lula.

¿El trumpismo está ensayando una nueva forma de intimidación contra Brasil en vísperas de las elecciones de 2026?

Presidente Luiz Inácio Lula da Silva - 26/09/2025 (Foto: REUTERS/Adriano Machado)

En julio de 2025, cuando el gobierno brasileño envió una delegación a Washington para discutir con los asesores de Donald Trump el aumento del 50% de los aranceles a los productos brasileños, el diputado Eduardo Bolsonaro eligió el sarcasmo bélico como su retórica:

“Es mucho más fácil para los portaaviones llegar al lago Paranoá — y si Dios quiere llegarán pronto —de lo que son recibidos [por las autoridades estadounidenses]”.

La frase, pronunciada con su habitual tono provocador, pasó desapercibida para algunos medios, pero en contexto, contenía el veneno de una amenaza simbólica: un hijo convicto del expresidente evocando la presencia militar estadounidense en el corazón de Brasilia. Era como si el trumpismo hubiera encontrado, en Brasil, el espejo tropical de su propia retórica imperial.

El eco en el Senado y el espectro de la intervención

Tres meses después, el 23 de octubre de 2025, el senador Flávio Bolsonaro fue más explícito. Respondiendo en inglés al secretario de Guerra de Trump, Pete Hegseth, escribió en redes sociales:

Tengo muchísima envidia. ¿No te gustaría pasar unos meses aquí ayudándonos a combatir a estas organizaciones terroristas? Hay barcos como estos en Río de Janeiro, en la Bahía de Guanabara, pertenecientes a narcotraficantes.

El comentario hacía referencia a un mensaje de Hegseth que anunciaba:

“Esta mañana, bajo órdenes del presidente Trump, ordené un ataque letal y cinético contra un buque narcotraficante asociado con organizaciones terroristas designadas en el área de responsabilidad del Comando Sur de los Estados Unidos (SOUTHCOM)”.

El ataque había ocurrido en el Caribe, pero el lenguaje y el objetivo —«letal», «cinético», «terrorista»— evocaban la retórica que precedió a las intervenciones militares estadounidenses en Latinoamérica a lo largo del siglo XX. Flávio Bolsonaro, al celebrar públicamente esta acción y sugerir que algo similar podría ocurrir en la Bahía de Guanabara, reprodujo la vieja fórmula de la sumisión disfrazada de compañerismo: invitando al imperio a «salvar» al país de sí mismo.

Gerald R. Ford y la geopolítica de la intimidación

Un día después, el 24 de octubre, el Departamento de Defensa de Estados Unidos confirmó que el portaaviones Gerald R. Ford —el más grande del mundo, con cien mil toneladas de peso y cinco mil tripulantes a bordo— había sido desplegado en el área del Comando Sur de Estados Unidos (SOUTHCOM), cuya jurisdicción abarca el Caribe, América Central y América del Sur.

El comunicado oficial afirmaba que la misión tenía como objetivo "fortalecer la capacidad de Estados Unidos para detectar, rastrear y desmantelar actores y actividades ilícitas" en la región. En términos diplomáticos, se trataba de una justificación rutinaria; en términos simbólicos, era un mensaje de poder. 

El portaaviones estadounidense, máxima expresión de la guerra proyectada en el siglo XXI, zarpó hacia el hemisferio sur justo cuando el presidente Lula consolidaba una amplia ventaja en las encuestas para las elecciones de 2026 y cuando el trumpismo parecía dispuesto a recuperar, mediante presiones y amenazas, lo que había perdido en el terreno político.

Del Hermano Sam al Comando Sur: Ecos de 1964

La presencia de un portaaviones estadounidense cerca de Brasil evoca viejos recuerdos. En 1964, durante la crisis que precedió al golpe militar, Estados Unidos preparó la Operación Hermano Sam, desplegando la Séptima Flota en el Atlántico Sur para apoyar a las tropas golpistas si el gobierno de João Goulart se resistía.

Medio siglo después, el Comando Sur —heredero directo de esa política de vigilancia hemisférica— mantiene su sede en Miami y funciona como el centro de coordinación estratégica de Estados Unidos para Latinoamérica. Bajo el pretexto de la "cooperación antiterrorista", el comando abarca programas de inteligencia, vigilancia marítima y entrenamiento de fuerzas locales.

El último despliegue de Gerald Ford se presenta como una operación rutinaria. Pero el momento —el acercamiento entre Trump y Bolsonaro, las declaraciones provocativas y la actual campaña presidencial brasileña— le da a la maniobra un inconfundible aroma a presión geopolítica.

Trumpismo transnacional: la guerra como espectáculo

La política exterior de Trump es una mezcla de espectáculo e intimidación. Desde su regreso al poder, el republicano ha invertido en un rearme ideológico: ha reforzado su presencia militar en el hemisferio y ha apoyado abiertamente a los líderes de extrema derecha que orbitan alrededor de su influencia.

Brasil, en este tablero, es una pieza clave. El país de Lula simboliza el retorno de la soberanía latinoamericana, la cooperación Sur-Sur y la multipolaridad de los BRICS: todo lo que el trumpismo detesta.

Al reconocer el "narcotráfico" y el "terrorismo" como justificaciones para acciones cinéticas en el Caribe, la Casa Blanca crea lagunas legales para una doctrina de intervención moralizada, en la que la "guerra contra las drogas" sirve de fachada para el control político y económico del continente. Es la versión 2.0 de la antigua Doctrina Monroe: menos marines, más drones y portaaviones digitales de comunicación y desinformación.

Los Bolsonaro y la esperanza de una tutela imperial

Las declaraciones de Eduardo y Flávio Bolsonaro no son aisladas. Representan la continuación de un proyecto que sobrevivió al encarcelamiento de Jair Bolsonaro —condenado a 27 años de prisión por delitos contra la democracia— y a la derrota electoral de la derecha en 2022.

El trumpismo, reelegido en 2024, ofrece el modelo y el refugio ideológico: la religión como bandera, la guerra cultural como método y la amenaza militar como argumento. La relación es simbiótica: Trump usa a Brasil como escaparate para su cruzada hemisférica; los Bolsonaro lo usan como garante de su supervivencia política.

Al celebrar los ataques militares e invocar la imagen de portaaviones en aguas de Brasilia, intentan revivir el mito del salvador extranjero, el mismo que, en 1964, sirvió para justificar los tanques en las calles.

Un mensaje para 2026

La pregunta que se cierne sobre Brasilia es simple y seria: ¿qué quiere el trumpismo con este tipo de amenaza?

¿Será esto una simple demostración de fuerza o un ensayo de intimidación en caso de una nueva victoria de Lula en 2026?

Las señales convergen. El rearme retórico de los Bolsonaro, el derrocamiento de Gerald Ford y la retórica de la "lucha contra el terrorismo" conforman el triángulo de un discurso que allana el camino para desafiar la soberanía brasileña con el pretexto de la seguridad hemisférica.

El Brasil de 2025 vive, una vez más, bajo la sombra de un portaaviones; esta vez no solo una metáfora, sino una presencia física. Y la historia, que nunca olvida, nos recuerda: los portaaviones estadounidenses nunca navegan por casualidad.

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.

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