No hay pacificación con amnistía
Brasil da ejemplo al mundo al enfrentarse a sus golpistas
La historia política brasileña está marcada por golpes de estado, golpes militares y rupturas institucionales. En 1964, la destitución de João Goulart inauguró una dictadura de 21 años, con el pretexto de "salvar la democracia" para la ciudadanía. Al final de este ciclo autoritario, la sociedad optó por la llamada Ley de Amnistía de 1979, que finalmente se convirtió en un pacto de olvido: víctimas y perpetradores fueron equiparados, como si la tortura y el asesinato político pudieran relativizarse en nombre de la "pacificación nacional".
Este error dejó profundas cicatrices. Al no castigar a los responsables de crímenes de Estado, Brasil envió un mensaje claro a las élites civiles y militares: conspirar contra la democracia no tiene consecuencias. Se pueden intentar golpes de Estado, y si fracasan, solo queda esperar a que pase el tiempo para que la amnistía llegue como un bálsamo de impunidad.
El momento sin precedentes de hoy
Es precisamente contra esta tradición de complacencia que se alza el Brasil de hoy. El intento de golpe de Estado del 8 de enero de 2023 no fue un acto aislado, sino la culminación de una prolongada estrategia de erosión institucional, liderada por el expresidente Jair Bolsonaro y apoyada por sectores militares y civiles. La diferencia radica en que, esta vez, las instituciones democráticas resistieron.
La rigurosa investigación, los juicios en el Supremo Tribunal Federal y la rendición de cuentas penal de los implicados representan algo sin precedentes en la historia del país. Por primera vez, los golpistas son tratados como criminales y no como "actores políticos desacertados". Es más, altos mandos militares, junto con Bolsonaro, están en el banquillo de los acusados, algo impensable en décadas pasadas. Brasil demuestra que la democracia no se protege en los cuarteles, sino que se defiende con instituciones sólidas, reglas claras y una justicia imparcial.
Las Fuerzas Armadas y el límite democrático
Un punto central de este proceso es la relación con las Fuerzas Armadas. Durante décadas, la ficción sostuvo que las Fuerzas Armadas eran un "poder moderador", autorizado para intervenir en nombre del orden. Esta interpretación distorsionada de la Constitución sirvió de excusa para constantes amenazas y chantajes. El proceso actual desmantela esta narrativa.
A diferencia del pasado, cuando llevar uniforme garantizaba inmunidad, hoy el mensaje es inequívoco: quienes conspiran contra la democracia, incluso con estrellas en el pecho, deben responder ante la ley. Este es un momento decisivo en la consolidación de una democracia madura.
La mirada del mundo
No es casualidad que la prensa internacional siga de cerca cada etapa de este proceso. En un momento en que las democracias enfrentan riesgos crecientes —desde el auge de la extrema derecha en Estados Unidos y Europa hasta el autoritarismo en diversas regiones—, Brasil emerge como un ejemplo de resistencia institucional.
Mientras Donald Trump en Estados Unidos intenta escudarse en maniobras legales para evitar ser condenado por incitar la invasión del Capitolio, Brasil demuestra que la democracia y la impunidad no pueden coexistir. El contraste es instructivo: aquí, los golpistas se enfrentan a la justicia; allá, siguen en las elecciones.
La pacificación no es olvido
Debe quedar claro: la paz no se logra con amnistía. La verdadera reconciliación nace de la verdad y la rendición de cuentas. Quienes piden "pasar página" repiten el error histórico que ya le ha costado caro a Brasil. Una democracia que no castiga a sus enemigos no se fortalece. Simplemente pospone el próximo ataque.
Lo que vivimos hoy es, sin duda, algo sin precedentes en la historia brasileña. Es un momento en el que la democracia se afirma como soberana, sin tutelas, sin pactos de silencio y sin indulgencia con los criminales.
Si Brasil tiene el coraje de seguir este camino hasta el final, no sólo habrá reparado su propia historia, sino que también habrá ofrecido al mundo una lección fundamental: la democracia sólo sobrevive cuando sus agresores rinden cuentas.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.
