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Washington Araújo

Máster en cine, psicoanalista, periodista y conferenciante, es autor de 19 libros publicados en varios países. Profesor de comunicación, sociología, geopolítica y ética, cuenta con más de dos décadas de experiencia en la Secretaría General del Senado Federal. Especialista en inteligencia artificial, redes sociales y cultura global, desarrolla una reflexión crítica sobre políticas públicas y derechos humanos. Produce el podcast 1844 en Spotify y edita el sitio web palavrafilmada.com.

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No hay planeta B

La ONU ha advertido: el planeta ha pasado de calentarse a hervir.

Planeta Tierra (Foto: NASA)

Belém do Pará. La ciudad donde el río abraza el bosque se ha convertido, en la actualidad, en el corazón simbólico de la Tierra. Desde aquí, Brasil propone el Fondo para los Bosques Tropicales para Siempre (TFFF). Un proyecto sin precedentes: transformar el bosque vivo en un activo financiero sostenible, y no en un recurso destinado a la explotación. Una apuesta por la civilización: un bosque en pie es mejor que un bosque talado.

El TFFF no es una donación ni un gesto filantrópico. Es un fondo de inversión internacional, con aportaciones públicas y privadas, capaz de generar rentabilidad para quienes invierten y garantizar beneficios para quienes conservan los bosques. Su mecanismo es sencillo y revolucionario: invertir recursos en proyectos sostenibles, obtener beneficios y distribuirlos entre los inversores y los países que conservan sus bosques.

Más de 50 naciones ya han manifestado su interés en participar. El Fondo para los Bosques Tropicales para Siempre (TFFF, por sus siglas en inglés) ya ha alcanzado los 6,5 millones de dólares en compromisos anunciados. Noruega ha confirmado una contribución inicial de 3 millones de dólares; Francia, 500 millones de euros; y la Unión Europea se ha comprometido a aumentar el capital del fondo hasta en 1 millones de euros para 2030. Otros países —China, el Reino Unido, Alemania, Japón, Canadá y los Emiratos Árabes Unidos— están estudiando sus contribuciones. Brasil, por su parte, impulsa la iniciativa con 1 millones de dólares, convirtiéndose en el primer país en invertir sus propios recursos en ella.

El presidente Lula resumió el espíritu del proyecto con claridad poética: “El bosque en pie vale más que cualquier pastizal. Quien conserva la vida crea un futuro; quien la destruye cava su propia tumba”.

Lula no solo habla como un estadista, sino como un hombre que conoce la tierra que pisa. Sus palabras resuenan como un antídoto contra la lógica que ha transformado árboles en figuras y ríos en fronteras.

El viceprimer ministro chino, Ding Xuexiang, resumió en Belém el espíritu que el mundo necesita recuperar: «La humanidad se encuentra en una nueva encrucijada». Defendió el verdadero multilateralismo, la solidaridad y la acción coordinada entre las naciones. Apoyó la propuesta de Lula de convertir la COP30 en la COP de la implementación, recordando que las promesas solo valen la pena cuando se convierten en acciones concretas.

La disputa invisible: un mundo que se calienta y vacila. Según el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), tres naciones son responsables de casi la mitad de las emisiones globales de gases de efecto invernadero: China, Estados Unidos e India. China genera aproximadamente el 32% de las emisiones; Estados Unidos, el 14%; e India, el 7%. Sin embargo, estas cifras ocultan matices: China contamina más debido a su volumen industrial; Estados Unidos, debido a su estilo de vida y al consumo energético per cápita: un estadounidense promedio emite casi el doble de carbono que un chino.

El Secretario General de la ONU, António Guterres, fue directo en Belém:
"La era del calentamiento global ha terminado; la era del calentamiento global ha comenzado."

La frase, que parece una hipérbole, es un hecho científico. El planeta ya se ha calentado 1,2 °C desde la Revolución Industrial, y el límite de 1,5 °C se acerca a la velocidad de los huracanes que él mismo genera. Guterres añadió: «No hay margen para la indecisión. Cada minuto de inacción es una sentencia contra las generaciones futuras».

El silencio que siguió no fue de protocolo, sino de conciencia.

Ausencias elocuentes, presencias decisivas. Belém también fue escenario de ausencias significativas. Donald Trump, fiel a su negacionismo del cambio climático, no asistió. Y fue lo mejor. Su presencia habría tenido el poder corrosivo de arrastrar consigo a los gobiernos negacionistas y estancar las negociaciones. «Trump pasará, pero el cambio climático persiste», observó uno de los diplomáticos europeos. Y entre bastidores existía un consenso tácito: es más fácil avanzar sin él que con él contra todos.

Vladimir Putin tampoco se presentó, no por desinterés, sino por imposibilidad. La Corte Penal Internacional mantiene una orden de arresto contra el presidente ruso por crímenes de guerra en Ucrania. Su ausencia no es diplomática, sino judicial, y revela que la historia ya no favorece a quienes desprecian la ley ni la vida.

Mientras tanto, China sorprendió a todos. Envió ochenta altos funcionarios y diplomáticos, encabezados por su viceprimer ministro. El país que más carbono emite es también el que más invierte en energías renovables: líder mundial en paneles solares, turbinas y vehículos eléctricos. Pekín ve la transición ecológica no como un sacrificio, sino como una nueva frontera económica. Donde Occidente ve un coste, China ve una oportunidad.

Europa está redescubriendo su papel. La Unión Europea llegó a Belém con la firmeza de quienes saben que el tiempo apremia. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, fue recibida como una voz de autoridad moral y técnica. En su discurso, afirmó: “Brasil demuestra liderazgo. La selva amazónica es un tesoro para el planeta, y el planeta necesita a Brasil”.

Sus palabras sonaron a la vez de reconocimiento y desafío. Luego añadió una velada advertencia: «La neutralidad de carbono no es un sueño europeo; es una obligación civilizatoria».

La presencia de Emmanuel Macron reforzó el coro: "No hay economía próspera en un planeta devastado. La bioeconomía es el camino más racional entre la esperanza y el realismo".

Y cuando el príncipe Guillermo, heredero al trono británico y mecenas de proyectos medioambientales, tomó la palabra, aportó el toque personal necesario: "Lo que no hagamos ahora nos lo exigirán los hijos de nuestros hijos".

Cada una de estas frases provocó un breve silencio, el intervalo exacto en el que el público asimiló lo obvio: no hay legado posible en un planeta en ruinas.

Las cifras de la esperanza - El TFFF (Fondo para los Bosques y el Desarrollo Forestal) se creó con el objetivo de recaudar 25 000 millones de dólares en fondos públicos para 2030, con la capacidad de atraer 100 000 millones de dólares adicionales del sector privado. En total, se destinarán 125 000 millones de dólares para financiar iniciativas de conservación, reforestación, energías limpias y desarrollo sostenible para las comunidades tradicionales. El modelo se inspira en la lógica de los grandes fondos internacionales: el capital no se agota, genera rendimientos y se multiplica. Los rendimientos anuales se aplicarán a políticas públicas para el control de la deforestación, la protección de biomas y la transición energética local.

El economista Carlos Eduardo Young, de la UFRJ, resume el espíritu del proyecto: "TFFF une dos fuerzas que rara vez se reconcilian: la rentabilidad y la regeneración".

Entre el bosque y la imagen - Belém es ahora una metáfora y un espejo. El espejo de la humanidad que, al contemplar el Amazonas, ve su propio futuro. O su propio fin. Porque un bosque en pie es mejor que uno talado, no solo por razones económicas, sino por sabiduría. Un bosque en pie regula las lluvias, da cobijo a las personas, filtra el aire y enseña al mundo a respirar. Un bosque talado es el ruido de las motosierras, la promesa de un beneficio efímero y un desierto después.

En el bosque en pie, el hombre aún dialoga con la Tierra. En el bosque talado, habla consigo mismo, y nadie responde.

Belém 2025. La COP30 será recordada quizá no por los discursos, sino por el momento en que el mundo comprendió que la preservación es la vía más inteligente para el progreso. Y que el futuro —si es que existe— brotará de las raíces que decidamos mantener vivas.

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.