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Washington Araújo

Máster en cine, psicoanalista, periodista y conferenciante, es autor de 19 libros publicados en varios países. Profesor de comunicación, sociología, geopolítica y ética, cuenta con más de dos décadas de experiencia en la Secretaría General del Senado Federal. Especialista en inteligencia artificial, redes sociales y cultura global, desarrolla una reflexión crítica sobre políticas públicas y derechos humanos. Produce el podcast 1844 en Spotify y edita el sitio web palavrafilmada.com.

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El Premio Nobel de Economía 2025 advierte: la revolución de la IA ya está fuera de control

Al recibir el Premio Nobel de Economía, Peter Howitt advirtió que la IA avanza sin dirección ética y podría desmantelar, en apenas unos años, las bases mismas del trabajo humano.

Premio Nobel de Economía (Foto: REUTERS/Tom Little)

El 13 de octubre de 2025, la Real Academia Sueca de Ciencias anunció que tres economistas compartirán el Premio Nobel de Economía por profundizar nuestra comprensión de la innovación y el crecimiento sostenible. Los galardonados son Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt, este último canadiense y profesor emérito de la Universidad de Brown. 

En su discurso, Howitt lanzó una advertencia que trascendió fronteras: la inteligencia artificial (IA) es una promesa enorme, pero también plantea una amenaza real a la seguridad laboral y a la noción misma del trabajo humano.

Sus palabras resuenan como una advertencia de alguien que ve el futuro con claridad. Veamos lo que dijo:

Obviamente, es una tecnología fantástica, con enormes posibilidades. Pero también tiene un potencial increíble para destruir empleos, incluidos los de alta cualificación. Será necesario regularla.

El discurso, bastante oportuno, estuvo acompañado de una observación que ya resuena en las universidades y los mercados: vivimos en un nuevo ciclo de la llamada “destrucción creativa”, un concepto que él y Philippe Aghion ayudaron a formular hace más de tres décadas.

La idea de la destrucción creativa no es sólo una teoría elegante: es una descripción de la mecánica misma y del funcionamiento de la modernidad.

Es un hecho indiscutible que cada revolución tecnológica, desde el vapor a la electricidad, desde la imprenta a Internet, produce la misma paradoja: al crear nuevas oportunidades, elimina funciones antiguas. 

¿Qué cambia ahora? La escala. 

Con la inteligencia artificial, el ritmo de reemplazo se vuelve casi instantáneo. El tiempo entre la aparición de la innovación y la obsolescencia de quienes no se adaptan se acorta drásticamente.

Los datos ayudan a medir esta transformación. Investigaciones recientes indican que las profesiones más vulnerables son aquellas basadas en tareas repetitivas, análisis de datos, atención al cliente y rutinas administrativas. 

He seguido varios estudios sobre este tema en particular y he observado que las estimaciones sugieren que hasta la mitad de los empleos de oficina de nivel inicial podrían desaparecer en los próximos cinco años. Algunos expertos, más pesimistas, proyectan que el desempleo alcanzará el 99 % para 2030 si no se implementan políticas para contener y redistribuir los beneficios de la automatización.

Howitt comparó el momento actual con la aparición de la electricidad e internet. De hecho, hay algo épico en esta transición: una especie de "punto de no retorno" para la humanidad. La IA promete multiplicar la productividad, reinventar la ciencia, ampliar el alcance de la medicina e incluso ayudar a frenar el cambio climático. 

Pero —¡cuidado!— la misma fuerza que emancipa también puede subyugar. La tecnología que libera a las personas de tareas repetitivas puede aprisionarlas en la irrelevancia económica si no hay regulación ni ética.

El desafío, por tanto, no es sólo técnico o económico: es civilizatorio. 

Regular la IA sin sofocar la innovación requiere un equilibrio delicado, casi artesanal. Existen propuestas de "mercados regulatorios", en los que el gobierno establece estándares de seguridad y las empresas compiten por su cumplimiento. Otros sugieren un enfoque gradual, con una regulación estricta para usos de alto riesgo, como la salud, las finanzas y la defensa, y regímenes voluntarios para sectores menos sensibles. 

Sin embargo, todos coinciden en la urgencia de una coordinación global: la IA no respeta fronteras ni legislaciones nacionales.

Tras las cifras y los informes se encuentra la dimensión humana, la más ignorada. El trabajo es más que ingresos: es identidad, vínculos sociales y sentido de pertenencia. Si la inteligencia artificial se utiliza únicamente para maximizar las ganancias y reducir los costos, la humanidad perderá más que empleos: perderá parte de su alma colectiva. 

Insisto una vez más en este punto: el desafío del siglo XXI será garantizar que el avance tecnológico esté al servicio de la dignidad humana, y no al revés.

La advertencia de Peter Howitt no es una nota pesimista, sino un llamado a la responsabilidad. La IA puede ser la nueva energía que moverá el mundo, pero también puede destruir el tejido social si no se controla. La destrucción creativa, ahora impulsada por algoritmos, solo será verdaderamente creativa si va acompañada de compasión, inteligencia política y ética pública. 

Regular la IA significa evitar que el futuro lo escriban sólo quienes no tendrán que vivirlo.

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.

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