Nueva realidad latinoamericana: el chavismo ha destronado a la burguesía nacional y negocia acuerdos petroleros directos con el imperialismo.
Trump no puede remover el poder chavista, por eso ha decidido pragmáticamente avanzar en negociaciones con el chavismo bolivariano.
Detrás del violento derrocamiento del presidente Nicolás Maduro por parte de su homólogo imperialista Donald Trump se esconde un nuevo fenómeno histórico que se desarrolla en América Latina: Estados Unidos está dispuesto a negociar con el poder popular chavista, mientras abandona a la burguesía nacional venezolana por falta de representación popular; el pragmatismo de la realpolitik trumpista estadounidense ha comprendido que la Revolución Bolivariana Chavista es una realidad ineludible porque está anclada en el poder cívico-militar, tal como la concibió Hugo Chávez de 1999 a 2013, seguido por Maduro entre 2013 y 2025; Maduro está preso en Estados Unidos, pero Trump no puede remover el poder chavista, por lo que decidió buscar pragmáticamente negociaciones con el chavismo bolivariano constitucionalmente establecido.
La institucionalidad revolucionaria bolivariana –Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial–, base de lo que Hugo Chávez llamó el Socialismo del Siglo XXI, anclado en el PSUV –Partido Socialista Unido de Venezuela–, tiene su representación soberana en la vicepresidenta Delcy Rodríguez, ampliamente apoyada por la Asamblea Nacional, presidida por Jorge Rodríguez, y por un Poder Judicial que respaldó la victoria electoral de Nicolás Maduro en 2024.
Trump abandonó la narrativa de considerar al chavismo una dictadura revolucionaria para aceptarlo como potencia legítima en las nuevas negociaciones con Estados Unidos, porque carece de fuerza política interna para invadir el país; si intentara hacerlo, transformaría a Venezuela en una conflagración revolucionaria que se extendería por toda América Latina; Washington cosecharía, como resultado, una derrota, como ocurrió con la aventura estadounidense en Vietnam, con una pérdida adicional aún mayor: la pérdida del acceso al petróleo para una potencia revolucionaria posiblemente dominada por líderes radicales, como ocurrió con la revolución cubana, encabezada por Fidel Castro.
Por lo tanto, el triunfo histórico del chavismo radica en combinar el poder cívico-popular, organizado por un partido revolucionario (PSUV), con la inconmensurable riqueza petrolera que el imperio no puede renunciar.
AVANCE DE LA REVOLUCIÓN LATINOAMERICANA
El chavismo bolivariano, por tanto, como se puede apreciar en el desarrollo de la crisis venezolana tras el derrocamiento violento de Nicolás Maduro –cuyo futuro aún es incierto, porque Trump ya se retractó de las falsas acusaciones sin pruebas que formuló para detenerlo y juzgarlo en Estados Unidos–, está sentando las bases de un nuevo movimiento histórico en América Latina; el imperio, al optar por la negociación y no la confrontación con el movimiento político revolucionario chavista, para continuar los acuerdos en torno al petróleo, sepulta las aspiraciones de la burguesía nacional venezolana de volver al poder.
Trump vetó a Corina Machado y a Gonzales para ocupar el Palacio de Miraflores porque veía que ambos carecían de legitimidad política, algo logrado democráticamente por los chavistas a través de las sucesivas elecciones celebradas tras la llegada del chavismo al poder en 1999; desde entonces, el poder cívico-militar se ha consolidado, anclado en la riqueza petrolera, hecho evidenciado por la recuperación económica de Venezuela pese a todas las sanciones económicas estadounidenses; en 2025, según la CEPAL, la economía venezolana será la de mayor crecimiento (+9%) en América Latina; este hecho señala un futuro prometedor para el chavismo si se consolida cada vez más el poder cívico-militar chavista bolivariano, sepulturero de la burguesía nacional venezolana; el chavismo, por tanto, continúa sin Maduro, con una institucionalidad revolucionaria que se consolida con el aumento del poder popular, anclado en las Fuerzas Armadas; Actualmente en Caracas, la seguridad pública está en manos de las más de 4 millones de milicias chavistas armadas bajo el mando del gobierno de Delcy; Es esta fuerza popular la que Trump no se atreve a enfrentar, intentando ocupar territorialmente Venezuela después de derrocar a Maduro.
Poder popular, nuevo juego político
El nuevo hecho histórico en América Latina, por tanto, es que la revolución bolivariana chavista le hizo darse cuenta al imperio trumpista norteamericano de lo que estaba haciendo: ya no le resulta rentable a Estados Unidos apoyar a burguesías nacionales corruptas –como la venezolana, expresada por Corina Machado y compañía– si enfrenta una resistencia popular revolucionaria como el chavismo; es mejor negociar, pues Estados Unidos depende de materias primas fundamentales en el continente, como el petróleo, las tierras raras, minerales especiales como el litio, el niobio, el cobre, el agua, la energía solar, la biodiversidad infinita, etc., indispensables para la manufactura industrial norteamericana, que pierde competitividad frente a China.
El respaldo monetario fundamental disponible en América Latina, sin el cual el dólar estadounidense se debilita, es el poder de las materias primas estratégicas; si estas son tomadas, como en Venezuela, por el poder popular revolucionario (PSUV), es mejor para el imperio negociar que arriesgarse a perder al calor de las revoluciones populares; el dólar se desplomaría y la volatilidad especulativa de los mercados bursátiles destruiría rápidamente la riqueza capitalista acumulada en Estados Unidos, acelerando el colapso imperialista; la movilización popular, por lo tanto, es el nuevo nombre del juego político para enfrentar al imperio; los venezolanos, anclados en el poder cívico-popular, dan una lección histórica a Sudamérica sobre cómo fortalecerse políticamente para ser una alternativa de negociación con el imperio, en lugar de la burguesía, que está perdiendo representación política a los ojos del propio imperialismo trumpista.
Lección para Brasil
El nuevo panorama político abierto por la invasión estadounidense a Venezuela y el nuevo corolario geopolítico que emerge de la movilización popular en torno a la defensa de la soberanía nacional –una consigna revolucionaria para la movilización social– es la lección fundamental para que el gobierno brasileño avance en la liberación económica expresada en el modelo neoliberal que impide al país crecer de forma sostenible.
Para llegar a su cuarto mandato, el presidente Lula, líder popular indiscutible que llegó al poder gracias a la movilización de la clase trabajadora en la década de 1980 para derrotar a la dictadura financiada por el imperialismo estadounidense, enfrenta una oportunidad histórica: movilizar a las masas en apoyo a la industrialización brasileña, lo que solo sucederá con la realización efectiva de la soberanía nacional; la amenaza a la soberanía, sacada a la luz con la invasión estadounidense, es un mensaje a los gobiernos progresistas, como el de Lula, para que aglutinen fuerzas políticas populares; no hay más tiempo que perder; se ha demostrado, con la violenta invasión de Venezuela por parte de Estados Unidos, que el destino latinoamericano es uno solo: la unión continental para defender la unidad nacional compartida; esta necesidad fundamental la demuestra Venezuela con el chavismo bolivariano, enfrentando al imperio estadounidense con la fuerza de la movilización popular contra la mayor potencia militar del planeta; el poder militar estadounidense está anclado en las aguas del Pacífico y del Caribe, profiriendo amenazas y sembrando el miedo, pero al mismo tiempo, teme invadir territorio venezolano frente a un pueblo movilizado por el chavismo revolucionario.
La fuerza de la conciencia política nacional
El pueblo venezolano, organizado en torno a un partido revolucionario, descubre su propia fuerza en el acto de movilizarse en defensa de la soberanía; esta es la receta de la resistencia nacionalista latinoamericana que hace retroceder a Donald Trump, porque sabe que no tiene la fuerza militar suficiente para ocupar el territorio; si intenta esta hazaña, surgiría una cruenta guerra colonial, y los soldados estadounidenses, si invadieran Venezuela, cuya geografía desconocen, sufrirían bajas; el prestigio de Trump en Estados Unidos se derrumbaría, lo que llevaría a la derrota electoral y al impeachment presidencial; el giro a la izquierda, por tanto, impulsado por el discurso de la soberanía, es la salvación política del gobierno del Partido de los Trabajadores; sería el arma para derrotar a la burguesía nacional reaccionaria de derecha y extrema derecha, llevando a Trump al mismo pragmatismo político que lo lleva a optar por negociar con el chavismo y no con la burguesía corrupta, cuyo proyecto es la desnacionalización, la salvaje sobreacumulación capitalista y la desigualdad social.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.



