El absurdo lógico del Diluvio y la idea de un Dios con preferencias
La instrumentalización de lo divino para justificar los conflictos humanos es una de las fuerzas más destructivas que jamás han existido.
La historia del Diluvio y el Arca de Noé es una de las más conocidas de la Biblia. La imagen de la barca llena de animales, el hombre barbudo y la paloma con una rama de olivo es familiar para todos. Sin embargo, cuando analizamos la narración no como un cuento infantil, sino como un relato serio, se desmorona en una serie de absurdos logísticos y, aún más importante, en una contradicción teológica fundamental.
Empecemos por la logística, pues aquí es donde la historia ya demuestra sus debilidades. Construir un barco de dimensiones colosales, capaz de albergar una pareja de cada especie animal, es en sí mismo una tarea imposible para un hombre y su familia, con la tecnología de la época. Sin embargo, la verdadera pesadilla comienza tras la retirada de las aguas. ¿Cómo redistribuir los animales por todo el mundo? Imaginen la escena: pingüinos, desembarcando en el calor de Oriente Medio, teniendo que caminar miles de kilómetros hasta la Antártida; canguros, cruzando desiertos y océanos para llegar a Australia, sin ser devorados por depredadores igualmente hambrientos; osos polares, derritiéndose bajo el sol mesopotámico. El arca encalló en el monte Ararat; en otras palabras, se detuvo antes siquiera de comenzar su viaje de redistribución. Es el equivalente a un camión de mudanzas que vuelca al salir de la ciudad y aun así logra entregar muebles a todos los continentes. La logística es simplemente inviable.
Sin embargo, el mayor problema no es la logística, sino la lógica. La Biblia afirma que Dios envió el diluvio para eliminar el mal de la Tierra. ¿El resultado? Inmediatamente después del diluvio, Dios mismo reconoce que la imaginación del corazón del hombre ha permanecido malvada desde la infancia. En otras palabras, la solución radical y violenta —un genocidio global que incluyó a niños, bebés y animales— simplemente no funcionó. El mal no fue erradicado porque no es un problema externo, sino una condición intrínseca de la humanidad. Si Dios es omnisciente, sabía que esto fracasaría. Si no lo sabía, no es omnisciente. Si lo sabía y aun así procedió, entonces la acción fue un fracaso consciente, crueldad o incompetencia. En cualquier caso, la narrativa presenta a un Dios que, al menos en este episodio, fracasó en su propósito declarado.
Esto nos lleva a una discusión más profunda sobre la naturaleza de Dios. En "El nombre de la rosa" de Humberto Ecco, el fraile sugiere que Jesús no se rió porque, al ser omnisciente, ya conocía todos los chistes. Yendo más allá: si Dios es atemporal —si existe fuera del tiempo, donde no hay "antes" ni "después"—, entonces no puede cambiar. Cambiar de opinión, enojarse o arrepentirse son procesos que dependen del tiempo. Requieren un estado anterior y uno posterior. Un ser atemporal es, por definición, inmutable. La idea misma de omnipotencia se derrumba aquí, pues un Dios inmutable no puede "hacer" cosas en el tiempo, ya que "hacer" es una acción secuencial.
La teología intenta escapar de esta trampa afirmando que la Biblia usa un lenguaje antropomórfico —atribuyendo características humanas a Dios— para que nuestras mentes limitadas puedan comprenderlo. Pero esto es una falacia. Si fuera la única manera, ningún ser humano podría cuestionarla. Los humanos somos perfectamente capaces de concebir la idea de un Dios impersonal, un principio cósmico, un Motor Inmóvil, como propusieron Aristóteles y Tomás de Aquino. Este Dios filosófico es atemporal, impersonal y no interviene en la historia. Es la causa primera de todo, no un personaje.
Aquí está el punto crucial: si Dios carece de estas características humanas, la idea de un "pueblo elegido" se derrumba. La elección es un acto de preferencia, de parcialidad. Es elegir a un grupo sobre otros. Un principio cósmico universal no tiene pueblos favoritos. No elige a los hebreos en Canaán ni rechaza a los aztecas en América ni a los aborígenes en Australia. La elección crea una división artificial dentro de la humanidad, separando a la creación en "elegidos" y "no elegidos". Esto es incompatible con un Dios que es el fundamento de toda la realidad, no de una tribu específica.
Y esta incompatibilidad tiene consecuencias sangrientas. La noción de un "pueblo elegido" es el combustible que alimenta las guerras santas. Cuando uno cree que Dios está de su lado, el enemigo se convierte en enemigo de Dios. La causa deja de ser terrenal y política para convertirse en una cruzada divina. La violencia deja de ser un mal necesario para convertirse en un acto de piedad, una obligación religiosa. La historia está repleta de ejemplos, desde las conquistas de Canaán hasta las yihads y las cruzadas. La instrumentalización de lo divino para justificar los conflictos humanos es una de las fuerzas más destructivas que jamás hayan existido.
En conclusión, la narrativa del Diluvio, tomada literalmente, no resiste ni siquiera un análisis lógico mínimo. Revela un Dios incompetente, cruel o no omnisciente. Y cuando intentamos salvarlo de estas características recurriendo al Dios filosófico de la inmutabilidad y la atemporalidad, lo eliminamos por completo del juego narrativo. El Dios que actúa en la historia, que elige pueblos y que se enoja es una proyección humana, un personaje de una saga tribal. Y el Dios que es el fundamento lógico del universo no puede ser este personaje. Son dos conceptos mutuamente excluyentes. Intentar unirlos es forzar la lógica hasta el límite. Al final, la elección es entre un Dios impersonal, a quien la razón puede concebir pero con quien no se puede conversar, o un Dios personal, a quien se puede rezar pero que soporta las contradicciones y, a menudo, la violencia de sus criaturas.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.
