El consenso que surge de Beijing
Por un lado, una economía estadounidense que muestra signos de debilitamiento debido a su incapacidad económica y política para modernizarse, y por otro, una China que se apresura a convertirse en un país desarrollado. La pregunta que debemos plantearnos en este nuevo escenario global es: ¿qué papel desempeñará Brasil?
La reciente crisis económica y financiera mundial ha debilitado la credibilidad del programa neoliberal de desarrollo y crecimiento económico. Si bien las economías estadounidense y europea se contrajeron drásticamente, las economías emergentes sufrieron relativamente menos el colapso económico.
Un ejemplo notable es China, cuyo éxito económico ha situado el modelo chino en primer plano como enfoque alternativo al desarrollo. Diversos aspectos de su modelo de desarrollo se conocen comúnmente como el Consenso de Beijing. La perspectiva de un rápido crecimiento económico sin liberalización de la política económica está ganando cada vez más popularidad entre los países en desarrollo que se oponen al enfoque único del Consenso de Washington.
El Consenso de Beijing refleja un nuevo enfoque de desarrollo basado en el modelo chino de crecimiento económico. Sin duda, China ha establecido un camino alternativo para otras naciones del mundo que intentan descubrir no solo cómo desarrollar sus países, sino también cómo integrarse en el orden internacional de forma soberana.
Tras analizar el modelo de desarrollo chino, podemos concluir que no existen fórmulas mágicas ni atajos. Lo que realmente existe es una planificación estatal que se moderniza periódicamente, restableciendo objetivos y nuevas directrices. Las características económicas del llamado Consenso de Beijing se pueden resumir, en nuestra opinión, en seis puntos.
El primer punto es que China ha cambiado el concepto práctico y teórico del desarrollo. El Estado chino comprendió hace tiempo que el desarrollo es un proceso de transformación estructural de la sociedad y no puede confundirse ni sustituirse por políticas económicas destinadas a ajustar la dinámica económica a las fluctuaciones a corto y mediano plazo.
Por lo tanto, el objetivo central de las Políticas de Desarrollo es utilizar la economía para mejorar la sociedad y la calidad de vida de sus ciudadanos. El uso del PIB para las evaluaciones tradicionales de los niveles de desarrollo económico es una noción que China rechaza como único indicador de éxito económico. En cambio, las políticas chinas se centran en las personas y miden el desarrollo con base en la calidad de vida de la población, los niveles de sostenibilidad y la igualdad.
Mirar únicamente el PIB no sería suficiente para estimar completamente el desarrollo de China, ya que esto no tiene en cuenta, por ejemplo, el progreso que China ha logrado en el Índice de Desarrollo Humano (IDH) o el hecho de que China ha sacado a más de 300 millones de personas de la pobreza en la última década.
El segundo punto es la convicción persistente de que el papel del Estado debe ser impulsar y promover el desarrollo mediante la inversión pública. Con esta visión, el gobierno chino ha mantenido una de las tasas de inversión más altas del mundo durante la última década: superior al 46%, y una de las tasas de ahorro interno más altas, también en torno al 46%, ambas en relación con el Producto Interno Bruto.
Este elevado volumen de inversión y ahorro constituye la base de la política de crecimiento de China. Gran parte de estos recursos se ha destinado a proyectos nacionales de infraestructura, que no solo han reducido los costes de producción y logística del país (puertos, aeropuertos, ferrocarriles y carreteras), sino que también han mejorado la movilidad de la población china (por ejemplo, el sistema ferroviario que cubre casi toda China, junto con el tren de alta velocidad, que ha reducido el tiempo de viaje entre Pekín y Shanghái de 8 horas a 4 horas y 20 minutos, es decir, 1226 km).
Incluso con la fuerte desaceleración de la economía mundial, China continuó invirtiendo, y en 2017 invirtió más de 2,5 billones de dólares. Este volumen genera una demanda fundamental para el desarrollo industrial y tecnológico chino. Hoy en día, la industria china satisface anualmente una demanda de bienes y servicios de más de 5 billones de dólares.
El tercer punto se refiere a la voluntad de China de experimentar y utilizar la ciencia, la tecnología y la innovación como motor del progreso.
El programa de desarrollo científico y tecnológico de China, basado en inversiones constantes y sustanciales en investigación y desarrollo (I+D), la ha situado entre los cuatro primeros países del mundo en los últimos años. Esto la ha convertido en líder mundial en diversas tecnologías, como energías limpias, transporte y logística, nuevos materiales, inteligencia artificial y tecnologías y aplicaciones de la comunicación.
China, por ejemplo, está muy cerca de abolir el papel moneda para las transacciones comerciales y de utilizar un sistema de pago móvil, ya sea a través de WeChat (una aplicación similar a WhatsApp) o de Alipay, todos conectados por banda ancha en casi todo el territorio chino. Además, la política de ciencia y tecnología de China ha sido una de las más agresivas del mundo.
Mediante acuerdos de cooperación con países líderes en investigación básica, como el Reino Unido, Estados Unidos y Alemania, China ha incrementado su capacidad científica e innovadora, transformando la relación universidad-empresa. Esto se ha logrado fomentando el emprendimiento con la participación directa de las universidades en empresas de base tecnológica. Un ejemplo de ello es la Universidad de Tsinghua, la universidad más importante de China, cuyos activos empresariales superan los 60 000 millones de dólares.
Hoy en día, las universidades chinas tienen participación en más de 10 empresas y operan más de 400 incubadoras en toda China. Este esfuerzo se ha traducido en un cambio estructural en la industria china durante la última década.
La visión que muchos aún tienen en Brasil de una industria china arcaica con productos de baja calidad es obsoleta. China está implementando con éxito una política de modernización industrial y tecnológica que ha transformado la imagen de la industria china.
China está consolidando su posición en el mundo, no solo como un importante productor de bienes manufacturados, sino también como generador de conocimiento. Marcas como Lenovo (computadoras) y Huawei (equipos de telecomunicaciones) se están consolidando internacionalmente, como Midea (que recientemente adquirió parte de GE), Alibaba, State Grid y empresas más pequeñas que llegan a Brasil, como Didi, que adquirió 99 Pop, competidor de Uber, y Mobike, que opera en el sector del transporte público mediante bicicletas compartidas.
El cuarto punto se refiere a las inversiones extranjeras recibidas y realizadas por China. En 2016, China recibió 136 000 millones de dólares solo de Estados Unidos y el Reino Unido. Ese mismo año, China invirtió más de 183 000 millones de dólares, solo superada por Estados Unidos. China ha aprovechado la fortaleza de su mercado interno para gestionar cuidadosamente las inversiones extranjeras que llegan al país.
Mediante la creación de una política para atraer inversión extranjera, China dictó las normas bajo las cuales aceptaría dichas inversiones. Un claro ejemplo fue la industria automotriz. El requisito previo para entrar en el mercado nacional era la formación de una sociedad entre una empresa extranjera y empresas estatales chinas.
El enfoque de esta alianza debe ser la creación de institutos de desarrollo tecnológico y el desarrollo de productos locales con el mismo nivel tecnológico que los producidos en los países socios. Esta alianza ha posicionado a China como el mayor productor mundial de automóviles (casi 23 millones de vehículos en 2017), con un nivel tecnológico igual, e incluso superior, al de sus socios inversores.
Al considerar las inversiones chinas en el exterior, China ha aprovechado sus capacidades financieras y ha actuado estratégicamente adquiriendo empresas y participaciones en todo el mundo, lo que le ayudaría a lograr el salto tecnológico deseado en diversos sectores.
El quinto punto ha sido la capacidad de planificación y ejecución del Estado chino. A través de sus planes quinquenales, el Estado chino ha actuado a contracorriente de los Estados minimalistas y ha demostrado cómo componer y recomponer la capacidad de diseñar, planificar, implementar y gestionar políticas públicas. Esta capacidad ha demostrado en la práctica el dinamismo del Estado chino en la gestión de una economía socialista con características chinas, creando y eliminando estructuras estatales ineficientes.
La sociedad china no se preocupa por el debate miope, en el que participan algunas llamadas sociedades modernas, sobre el tamaño del Estado, sino más bien por su eficiencia. Con esta intención, durante el XIX Congreso del Partido Comunista, el gobierno chino modificó varias estructuras estatales y finalmente anunció la creación de un área específica con rango ministerial para la cooperación internacional.
Finalmente, el sexto punto ha sido la cooperación financiera internacional. China también está diversificando sus inversiones en el extranjero, incursionando en economías endeudadas de Europa, un área donde durante mucho tiempo ha desempeñado un papel menor. China, que ya posee una porción significativa de la deuda estadounidense, ofreció recientemente comprar miles de millones de dólares en bonos de las economías en crisis de Irlanda, Grecia, España y Portugal. China también está ofreciendo préstamos mayores que prestamistas globales como el Banco Mundial y el FMI. Mientras que el Banco Mundial prestó 200 millones de dólares a Filipinas, China prestó 2 millones.
La ayuda financiera exterior de China aumentó de 1,5 millones de dólares en 2003 a 27,5 millones en 2006 y a más de 90 millones en 2015. Entre los principales beneficiarios se incluyen regímenes que no necesariamente cumplen los requisitos para recibir ayuda occidental. Por ejemplo, China prometió 600 millones de dólares a Camboya (más de diez veces la ayuda de Estados Unidos) y donó 400 millones a Myanmar en los últimos cinco años (en comparación con la ayuda estadounidense de 12 millones de dólares anuales). En América Latina, China ya ha anunciado que dispondrá de más de 250 millones de dólares para invertir en los próximos años.
A través de un sólido programa de cooperación internacional, llamado la Iniciativa del Cinturón y la Ruta, China está creando fuertes lazos económicos y ganando influencia política al ofrecer a los países condiciones favorables para el comercio, la ayuda y la inversión.
China también se ha consolidado como miembro de varias instituciones multilaterales de desarrollo importantes, como la importante contribución de recursos al Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la creación del Nuevo Banco de Desarrollo (NDB; Banco BRICS) y la creación del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (BAII).
En el futuro, los países recurrirán cada vez más a China en busca de apoyo diplomático y formarán alianzas estratégicas.
Hace dos meses, durante el Foro Mundial de Desarrollo en China, al que asistieron varios economistas y líderes internacionales, el consenso fue que China será la principal economía del mundo en la próxima década. Además, quedó claro que lo que se está gestando en Pekín es, sin duda, un cambio en el centro de gravedad económico y geopolítico mundial. Por un lado, una economía estadounidense que muestra signos de debilitamiento debido a su incapacidad económica y política para modernizarse, y por otro, una China que se apresura a convertirse en un país desarrollado.
La pregunta que debemos hacernos en este nuevo escenario global es ¿qué papel jugará Brasil?
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.

