El crimen como proyecto político de la extrema derecha.
Corresponde al campo democrático asumir la tarea de reconstruir una política de seguridad pública.
El discurso de la extrema derecha sobre la seguridad pública se basa en la ilusión de que las operaciones letales, el aumento de las penas y la retórica de la fuerza representan estrategias eficaces para combatir el crimen. Nada de esto se confirma con la criminología empírica. Por el contrario, lo que se revela es el uso deliberado de la violencia como instrumento de capital político, en una lógica donde el crimen no se enfrenta, sino que se gestiona como herramienta electoral.
El discurso sobre penas más severas funciona como una promesa fácil, pero carece de fundamento científico. No hay evidencia de que aumentar las condenas reduzca la delincuencia en contextos con escasa capacidad de investigación. Sin certeza del castigo, la severidad pierde importancia. El resultado es el aumento del encarcelamiento masivo, el hacinamiento carcelario y el fortalecimiento de las facciones que dominan las prisiones y expanden su control criminal. La retórica del «rigor» solo refuerza a las organizaciones que la extrema derecha afirma combatir.
Lo mismo ocurre con las operaciones altamente letales. Generan un impacto mediático inmediato, pero ningún efecto estructural sobre el crimen organizado. Las facciones reabastecen rápidamente sus filas, refuerzan los mecanismos de control territorial y se benefician del debilitamiento de la confianza local en el Estado. Las investigaciones demuestran que las acciones basadas en la confrontación desplazan la violencia, pero no desmantelan las redes financieras y logísticas. Son políticas ineficaces disfrazadas de valentía.
La insistencia en convertir la favela en el principal objetivo operativo revela la lógica selectiva que caracteriza a la política de extrema derecha. Los líderes del crimen organizado —financieros, blanqueadores de dinero, agentes políticos y operadores financieros— no viven en la periferia. Sin embargo, es precisamente en estos territorios donde se concentran las incursiones policiales. La razón es obvia: proyectar una imagen de fuerza, explotar el miedo y ofrecer un espectáculo que refuerce los prejuicios y genere réditos electorales. Es más fácil exhibir vehículos blindados en comunidades pobres que enfrentarse a los poderosos intereses involucrados en la maquinaria del crimen.
Este cálculo se hace aún más evidente en la ofensiva contra la Policía Federal. En lugar de fortalecer la agencia mejor equipada para investigar el lavado de dinero, las milicias, la corrupción política y las conexiones internacionales, la extrema derecha busca limitar sus acciones y sabotear la integración federal. El objetivo es impedir que las investigaciones lleguen a la cima de la cadena criminal, precisamente donde se encuentran las figuras, las empresas y los operadores que orbitan en torno a su propio bando político.
Si el objetivo fuera realmente reducir la delincuencia, el camino sería otro: fortalecer la Policía Federal y los servicios de inteligencia; integrar de forma efectiva los gobiernos federal, estatal y municipal; atacar los flujos financieros y logísticos de las facciones criminales; controlar las armas y municiones; reformar el sistema penitenciario; invertir en urbanismo social, educación, cultura y movilidad; y desarticular las redes político-militares que estructuran la delincuencia en las calles. La seguridad pública no se logra con espectáculos, sino a través del Estado: un Estado que investiga, coordina, regula y protege.
La conclusión es simple: para vencer la delincuencia, Brasil necesita abandonar el punitivismo exacerbado y adoptar políticas basadas en la evidencia, la inteligencia y los derechos humanos. La extrema derecha no lo hará porque depende de la delincuencia como un adversario permanente. Corresponde al sector democrático asumir la tarea de reconstruir una política de seguridad pública que trate la delincuencia como un problema que debe resolverse, no como un escenario para ganar elecciones.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.
