El fascismo es una plaga psíquica: el autoritarismo como enfermedad del alma
El ascenso del autoritarismo no sólo revela crisis políticas, sino también una enfermedad colectiva del alma que amenaza con corroer las democracias.
El fascismo es menos una ideología política que una forma de psicosis colectiva: una «enfermedad de la psique», como la definió Carl Gustav Jung en la década de 1930, al observar el avance del nazismo en Europa. No es simplemente un régimen de poder, sino una posesión emocional de las masas, una erupción de fuerzas inconscientes y arcaicas que encuentran en la política el escenario perfecto para su manifestación.
Jung veía el totalitarismo como una epidemia psíquica colectiva: un contagio emocional que se propaga cuando las sociedades pierden sus referencias simbólicas y espirituales. En su ensayo Wotan (1936), describe la Alemania nazi como dominada por un antiguo arquetipo: el dios germánico Wotan, señor de la guerra y el trance. «Un dios se ha apoderado de los alemanes», escribió. Fue la irrupción de fuerzas instintivas e irracionales la que transformó a todo un pueblo en una masa de maniobras liderada por líderes autocráticos.
Jung advirtió que estas epidemias psíquicas son más peligrosas que las físicas: «La mayor amenaza para la civilización no proviene de las bombas, sino de las enfermedades mentales colectivas que pueden destruir una nación». Cuando el miedo, el resentimiento y la necesidad de pertenencia se convierten en las fuerzas impulsoras de la vida pública, la razón se disuelve y el individuo renuncia a su autonomía. El resultado es el fascismo o, en términos más generales, el autoritarismo como síntoma de desequilibrio psíquico.
El autoritarismo como síntoma de desequilibrio
La historia demuestra que, en tiempos de crisis, las sociedades buscan líderes mesiánicos: figuras que prometan restaurar el orden perdido, restaurar la seguridad y redimir a la nación. Este atractivo emocional, más que político, surge de la ansiedad colectiva y el colapso simbólico. El autoritarismo, por lo tanto, es el reflejo de un alma social enferma.
Wilhelm Reich, contemporáneo de Jung y disidente de Freud, llegó a un diagnóstico similar por otra vía. En La psicología de masas del fascismo (1933), definió el fascismo como «la expresión política de la estructura autoritaria del carácter». Para él, los regímenes totalitarios prosperan en sociedades donde la represión —sexual, emocional y moral— produce individuos sumisos y resentidos. La energía vital reprimida se transforma en obediencia y odio. «La plaga emocional», escribió Reich, «es la enfermedad que transforma el miedo en devoción y la frustración en fanatismo».
Si Jung veía el fascismo como una erupción del inconsciente colectivo, Reich lo veía como la cristalización de la represión individual. Sin embargo, ambos convergían: el autoritarismo surge del mismo terreno psíquico: la incapacidad de gestionar la libertad, la sombra del miedo, el rechazo a la complejidad.
De la psicosis masiva al control difuso
Después de 1945, pensadores de la Escuela de Frankfurt —Adorno, Horkheimer y Marcuse— se dieron cuenta de que las formas instintivas del fascismo habían sobrevivido dentro de la propia democracia. El autoritarismo moderno, decían, se disfraza de libertad. La «tolerancia represiva», el concepto de Marcuse, describe este nuevo régimen en el que el control se ejerce no mediante la coerción, sino mediante la saturación del deseo. El individuo se cree libre, pero piensa, consume y desea lo que el sistema prescribe.
Más de medio siglo después, esta lógica se ha intensificado. Las redes digitales, el espectáculo de la polarización y la retórica del miedo recrean, a escala global, la misma dinámica emocional del totalitarismo clásico. El odio, el resentimiento y la necesidad de pertenencia se convierten en virus mentales que se propagan a gran velocidad. El fascismo reaparece, no como partido ni doctrina, sino como un estado psíquico difuso.
El antídoto: conciencia e individuación
Para Jung, el único antídoto contra las epidemias psíquicas es la individuación: el proceso de fortalecer la conciencia individual y el discernimiento ético. Solo una psique autónoma puede resistir la seducción de las masas y reconocer el poder destructivo de los arquetipos oscuros. Reich, por su parte, creía que la verdadera libertad requería transformar las estructuras sociales y familiares que reproducen el miedo y la represión. Ambos sabían que la lucha contra el autoritarismo comienza en el interior de cada persona. Cada vez que el individuo renuncia a su responsabilidad moral y cede su autonomía a cambio de seguridad, se abre el camino para el regreso de los dioses oscuros de la historia.
El fascismo, en resumen, es menos un régimen político que una fiebre del alma. Cuando el miedo se impone y la razón cede, el contagio se propaga. Reconocer sus raíces psíquicas es comprender que ninguna sociedad, por muy democrática que se considere, es inmune a las recaídas.
Como advirtió Jung, “las epidemias psíquicas son infinitamente más peligrosas que las físicas, porque no matan cuerpos sino culturas enteras”.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.



