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María Luiza Falcão Silva

Doctorado por la Universidad Heriot-Watt, Escocia. Profesor jubilado de la Universidad de Brasilia. Miembro del Grupo Brasil-China sobre Economía del Cambio Climático (GBCMC) en Neasia/UnB. Autor de *Modern Exchange Rate Regimes, Stabilization Programs and Coordination of Macroeconomic Policies*, Ashgate, Inglaterra.

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El Grito de los Excluidos resuena el 7 de septiembre

En 2025, el Grito de los Excluidos adquiere aún más significado a la luz del juicio a los responsables del golpe de Estado.

Río de Janeiro (RJ), 07/09/2025 – El Grito de los Excluidos reúne a manifestantes en el centro de la ciudad (Foto: Fernando Frazão/Agência Brasil)

El 7 de septiembre se celebra tradicionalmente con desfiles militares y rituales oficiales que buscan reafirmar la nación como un proyecto consumado. Pero hace treinta años, otra tradición se afianzó ese mismo día: el Grito de los Excluidos, una movilización nacional que reúne a trabajadores, movimientos sociales, grupos pastorales, sindicatos y comunidades para recordar que la independencia proclamada en 1822 sigue inconclusa.

El Grito de los Excluidos surgió en 1995 como una manifestación popular alternativa a las celebraciones oficiales del Día de la Independencia. Mientras que los desfiles militares y cívicos evocan la narrativa tradicional de la construcción del Estado-nación, el Grito se centra en quienes históricamente han sido marginados: trabajadores sin tierra y sin hogar, pueblos indígenas, comunidades periféricas, migrantes, desempleados y todos aquellos que se sienten marginados o desatendidos por las políticas públicas.

Este año, el Grito volvió a tomar las calles de São Paulo, Río de Janeiro, Brasilia e innumerables ciudades del país. Su simbolismo es poderoso: mientras el Estado celebra la narrativa oficial, las calles sirven como recordatorio de que millones de personas aún viven sin derechos básicos: vivienda, trabajo digno, atención médica, educación y seguridad alimentaria. Es el contrapunto entre la independencia formal y la independencia real, que solo se logrará cuando todos tengan dignidad.

Si el 7 de septiembre de 1822 fue un acto de las élites que no abolió la esclavitud ni democratizó la propiedad de la tierra, el Grito de los Excluidos actualiza este déficit histórico. Es la voz del corazón brasileño, de quienes soportan el peso de la desigualdad, denunciando que la soberanía no puede entenderse solo como fronteras seguras, sino también como la capacidad de garantizar una vida plena a su pueblo.

Este contraste se acentúa aún más en 2025, cuando la soberanía nacional también se ve cuestionada en el escenario internacional. Internamente, la democracia brasileña se enfrenta a conspiraciones y discursos de intolerancia. El Grito de los Excluidos surge como un recordatorio: no hay verdadera independencia sin justicia social y participación popular.

Con el paso de los años, el Grito se ha convertido en un espacio de encuentro para diversas luchas: pueblos indígenas, quilombolas, jóvenes de las periferias urbanas, trabajadores rurales y urbanos, y movimientos feministas y ambientalistas. Demuestra que la nación no se limita a la imagen oficial proyectada en el desfile militar. La verdadera nación está en las calles, en las comunidades, entre quienes resisten y construyen a diario el Brasil que queremos.

Así, cada 7 de septiembre trae consigo dos actos simultáneos: uno oficial, que celebra el pasado, y otro popular, que proyecta el futuro. El Grito de los Excluidos es la afirmación de que la verdadera independencia aún no se ha alcanzado, y que este camino se alcanzará mediante la democracia, la soberanía y la igualdad social.

En 2025, el Grito de los Excluidos cobra aún mayor significado a la luz del juicio a los autores intelectuales del golpe de Estado de enero de 2023. Sectores conservadores intentan proteger a los criminales, incluyendo al expresidente Jair Bolsonaro, varios militares de alto rango y otros que contribuyeron a desestabilizar la democracia brasileña. En el Congreso, dominado por la derecha, se está gestando una amnistía que consagraría la impunidad. Brasil no puede repetir los errores del pasado: la independencia solo será completa si se hace justicia contra quienes han atacado la democracia y si se defiende la soberanía nacional no solo en las fronteras, sino también contra la captura interna por parte de élites cómplices de intereses extranjeros. En este contexto, el Grito es más que una denuncia: es una afirmación de la resistencia popular contra el autoritarismo y contra la farsa de una independencia que sigue excluyendo a la mayoría del pueblo brasileño.

Este año, el Grito también se entrelaza con la presencia del Movimiento Generación 68, integrado por hombres y mujeres que sufrieron tortura y persecución durante la dictadura militar. Estas voces llevan en su interior la memoria de la represión y, al marchar con la pancarta "Dictadura Nunca Más", recuerdan al país que la democracia no es un hecho, sino un logro frágil que debe defenderse a diario. Su participación es una poderosa advertencia: quienes una vez lucharon contra el autoritarismo permanecen vigilantes, denunciando los intentos de golpe y reafirmando que Brasil no aceptará retrocesos.

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.

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