¡El propósito de la lluvia es llover!
Las llaman desastres naturales. ¿Y sabes a quién se culpa de estas imágenes infernales?
Año tras año, las ciudades sufren grandes inundaciones, y en algunas, rocas y arcilla de las laderas se deslizan, destruyendo total o parcialmente la vida de miles de ciudadanos, hombres y mujeres, y de los llamados animales salvajes. A esto lo llaman desastres naturales. ¿Y sabes a quién se culpa de estas imágenes infernales?
Aunque parezca mentira, ¡está lloviendo! Como bien saben los niños, la lluvia tiene la función de llover, con mayor o menor intensidad y cantidad de agua. Y esta función es crucial para garantizar la supervivencia de los animales y la producción de alimentos y flores, entre muchas otras cosas. Sin embargo, la lluvia no tiene la culpa si los gobiernos —municipales, estatales o nacionales— crean o permiten situaciones que impiden que el agua de lluvia se filtre en el suelo —arenoso en mayor o menor grado— y percole adecuadamente para formar agua subterránea, fundamental para la vida de animales y plantas en este planeta. Tampoco tiene la culpa si los gobernantes crean o permiten situaciones que impiden que el agua de lluvia empape y nutra los árboles, bosques, flores y matorrales —preciosos tesoros urbanos— durante un tiempo prolongado, impidiendo así que sus grandes volúmenes de agua fluyan a la velocidad de la luz, cuesta abajo. La lluvia tiene aún menos culpa si los gobernantes crean o permiten situaciones que propician que grandes volúmenes de agua, al caer sobre calles, tejados y otras superficies impermeables, se desplacen rápidamente hacia ríos y canales, que no tienen la capacidad de transportar estos pequeños océanos ambulantes a lagos u océanos con la misma velocidad. Finalmente, pero no menos importante, ¿qué culpa tiene la lluvia si los gobernantes crean o permiten situaciones que facilitan el represamiento de sus aguas en macizos terrestres, causando una fuerte presión interna que genera enormes deslizamientos de tierra y roca? Repito, el papel de la lluvia no es gobernar, sino llover. El papel de los gobernantes, en cambio, no es llover, sino gobernar, tomando medidas para garantizar la seguridad y la calidad de vida de los ciudadanos.
- Es necesario evitar y controlar la concentración de pavimentos y tejados, por impopular que sea esta medida. El agua de lluvia tiende a infiltrarse y alcanzar el nivel freático. Para que esto ocurra, se requiere la intervención de las autoridades, quienes deben prevenir la impermeabilización constante que se produce a gran escala en las ciudades.
- Una gran cantidad de árboles, bosques y matorrales es muy deseable, sobre todo a lo largo de calles y zonas residenciales. Al fin y al cabo, la lluvia no tiene prisa por llegar a ríos, lagos y océanos.
- Aunque no genere votos en las elecciones, la construcción de zanjas y alcantarillas, así como la instalación de tuberías, es vital para evitar que el agua sature las masas de tierra y roca –especialmente los depósitos coluviales–, manteniendo así su estabilidad.
El escenario ideal en las ciudades es aquel en el que la lluvia cae y su agua se filtra en el suelo lo más lentamente posible, llegando parte a los acuíferos y drenando otra parte de las zonas encharcadas en cuanto cesa la lluvia. El agua que no se infiltra fluye con la mayor lentitud posible, envolviendo árboles, arbustos, flores y matorrales, hasta llegar a los ríos y canales que la llevarán a su destino final. Así de simple...
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.

