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Reynaldo José Aragón Gonçalves

Reynaldo Aragón es periodista especializado en geopolítica de la información y la tecnología, con especial atención a las relaciones entre tecnología, cognición y comportamiento. Es investigador del Centro de Estudios Estratégicos en Comunicación, Cognición y Computación (NEECCC – INCT DSI) y miembro del Instituto Nacional de Ciencia y Tecnología en Disputas y Soberanía de la Información (INCT DSI), donde investiga los impactos de la tecnopolítica en los procesos cognitivos y las dinámicas sociales en el Sur Global. Es editor del sitio web codigoaberto.net.

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¿Qué revela el desliz de Merz sobre Brasil a ojos del Norte Global?

El sesgo de un canciller europeo abrió una ventana para comprender la jerarquía invisible que aún rige las relaciones Norte-Sur.

Canciller alemán Friedrich Merz - 21/10/2025 (Foto: REUTERS/Heiko Becker)

La declaración del canciller no fue un desliz accidental. Fue un síntoma público de una perspectiva colonial que sigue influyendo en las decisiones estratégicas de Europa y que se intensifica en tiempos de competencia global por recursos, territorio y narrativa. Cuando Merz se refirió irónicamente a «ese lugar donde estábamos», dejó claro el cálculo: Alemania necesita la Amazonía para cumplir sus objetivos climáticos, pero no necesita tratar a Brasil como a un igual. Este es el desequilibrio que el país debe afrontar ahora, antes de que se convierta en doctrina.

La escena y la tesis

El discurso de Friedrich Merz no fue una casualidad diplomática. Es una reveladora instantánea de lo que realmente piensa parte del Norte Global cuando las cámaras oficiales se apagan. Días después de hablar en Belém sobre "asociación" y "cooperación climática", el canciller alemán regresó a Berlín, se burló de la ciudad anfitriona frente a líderes empresariales y ridiculizó la Amazonía. La escena se viralizó porque expone una verdad incómoda. Brasil ofrece territorio, legitimidad y capital político para la agenda climática global, pero aún se le trata como un telón de fondo desechable. Las risas que resonaron en Alemania no se limitan a Belém. Se refieren al lugar que quieren imponernos en la jerarquía global, y a la advertencia que por fin debemos tomar en serio.

Lo que realmente se dijo — y lo que se reveló.

La declaración de Merz es simple y contundente. Relató que preguntó a los periodistas que lo acompañaron a la COP30 quiénes querrían quedarse «en ese lugar donde estábamos». Nadie levantó la mano. El público alemán rió. Merz sonrió. Alemania se presentó como un país «hermoso y libre». Belém, como un lugar del que huir con alivio. El contraste no es retórico, sino ideológico. En Belém, Merz habló de un fondo climático, de alianzas estratégicas, de responsabilidad compartida. En Berlín, expresó la verdad estructural: el Sur Global sigue siendo visto como un espacio para el uso, no para la coexistencia; como un territorio funcional, no como un sujeto político. El discurso revela la brecha entre el discurso oficial de cooperación y la mirada íntima de una parte del Norte que aún trata a Brasil como una periferia, incluso cuando nos necesita para salvar el planeta.

La jerarquía invisible que sustenta al Norte global.

La broma de Merz es solo la punta del iceberg de una estructura mucho más profunda. El Norte global sigue operando bajo un principio tácito: que la periferia está obligada a proporcionar legitimidad, recursos y estabilidad, mientras que el centro mantiene el monopolio simbólico de la civilización. Se celebra la Amazonía como solución climática, pero Brasil, que la sustenta, es tratado como un cuerpo desechable. La lógica es vieja y se reproduce con nuevos códigos: cooperación sin igualdad, financiación sin autonomía, alianzas sin reconocimiento. Cuando Merz ridiculiza Belém, no describe la ciudad. Reafirma la jerarquía que define al Norte como la norma y al Sur como la excepción. Es esta asimetría la que moldea las negociaciones, los fondos climáticos, las alianzas y las políticas en torno a Brasil. El desliz solo reveló lo que siempre ha existido: la convicción tácita de que nuestro lugar es el de un escenario, no el de un poder.

El coste estratégico para Brasil —y el riesgo interno inmediato—.

La declaración de Merz no solo daña la imagen de Belém, sino que debilita a Brasil precisamente cuando el país intenta proyectar un liderazgo global en la transición ecológica. Cuando el jefe de gobierno de la mayor economía de Europa ridiculiza la ciudad que albergó la COP30, desvía el foco de la narrativa: en lugar de hablar de la Amazonía como un activo geopolítico, el debate gira en torno a nuestra supuesta incapacidad estructural. Esto afecta directamente nuestra autoridad política, nuestra capacidad de negociación y nuestra credibilidad como líderes frente al Sur Global. Peor aún: la humillación simbólica se convierte, dentro de Brasil, en munición inmediata para la extrema derecha, que opera bajo la lógica de un Brasil inviable, la autocrítica nacional y la sumisión al Norte como un destino natural. El episodio se convierte en una herramienta de guerra cultural e informativa, reforzando la imagen de un país que debe aceptar el lugar que le ha sido asignado. La verdadera amenaza no reside en la broma de Merz, sino en cómo reorganiza las percepciones, desestabiliza la confianza y alimenta discursos que erosionan la soberanía desde dentro.

El coste estratégico para la propia Alemania.

La arrogancia de Merz debilita no solo a Brasil, sino también a la propia Alemania en un momento crucial: su ambición de liderar la transición ecológica y mediar en la relación Norte-Sur. En un mundo que se reorganiza en bloques, con un BRICS ampliado, disputas sobre la gobernanza climática y una creciente presión por una financiación justa, Berlín no puede permitirse ignorar públicamente al país que alberga la mayor selva tropical del planeta. Su declaración socava la credibilidad de Alemania ante el Sur Global, expone las contradicciones entre el discurso y la práctica, y genera fricciones internas en una Unión Europea ya presionada por su incapacidad para cumplir los objetivos climáticos. Al mismo tiempo, proporciona a sus rivales estratégicos —China y Estados Unidos— un argumento perfecto para socavar el discurso europeo sobre la responsabilidad ambiental. El desliz de Merz no es simplemente un ataque simbólico contra Brasil. Es un error que compromete la posición diplomática de Alemania y revela las limitaciones de un liderazgo que se basa en el moralismo climático, pero que no reconoce la dignidad de los socios a quienes dice respetar.

La advertencia que Brasil necesita escuchar ahora.

El episodio de Merz es más que una provocación diplomática. Revela el dilema central de Brasil en esta década: el país aspira al liderazgo global mientras que sectores del Norte Global insisten en relegarlo al papel de periferia funcional. La broma pronunciada en Berlín sirve como diagnóstico: somos indispensables para la estabilidad climática, pero aún se nos trata como actores secundarios en la estructura de poder. La respuesta brasileña, por lo tanto, no puede ser emocional. Debe ser estratégica. Requiere reivindicar la soberanía en la COP, exigir paridad en los fondos forestales, proteger nuestra inteligencia informativa, fortalecer las alianzas Sur-Sur y romper con la lógica que nos empuja hacia la subordinación simbólica. La transición ecológica ha abierto una oportunidad histórica para que Brasil redefina su lugar en el sistema internacional. Pero esta oportunidad solo se puede mantener si rechazamos explícitamente el papel de mero telón de fondo que sectores del Norte Global intentan imponernos. El discurso de Merz no menosprecia a Brasil. Simplemente demuestra que aún hay quienes creen que este país puede ser fácilmente menospreciado.

Conclusión: Entre quienes somos y quienes quieren que seamos.

El error de Merz no define a Brasil. Define las limitaciones de quienes aún ven el mundo a través del estrecho prisma de las viejas metrópolis. El país que albergó la COP30 no es un lugar del que «huir», sino uno de los territorios decisivos en la disputa geopolítica del siglo XXI. Brasil tiene los recursos, la historia, la riqueza cultural y el poder para escribir su propio camino, siempre que rechace conscientemente cualquier narrativa que intente minimizar su papel en el mundo. Las risas que resonaron en Berlín no nos disminuyen. Solo confirman por qué necesitamos, más que nunca, tomar las riendas de nuestro destino. Porque si no escribimos nuestra propia historia, el Norte seguirá escribiéndola por nosotros, riéndose mientras lo hace.

Artículo publicado originalmente en

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.

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