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María Luiza Falcão Silva

Doctorado por la Universidad Heriot-Watt, Escocia. Profesor jubilado de la Universidad de Brasilia. Miembro del Grupo Brasil-China sobre Economía del Cambio Climático (GBCMC) en Neasia/UnB. Autor de *Modern Exchange Rate Regimes, Stabilization Programs and Coordination of Macroeconomic Policies*, Ashgate, Inglaterra.

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El regreso del imperialismo clásico

Está en juego una lucha de clases globalizada

El edificio del Pentágono, sede del Departamento de Defensa de Estados Unidos (Foto: JOSHUA ROBERTS / REUTERS)

La nueva guerra arancelaria

El segundo mandato de Donald Trump vuelve a colocar a Estados Unidos en el centro de una ofensiva que va mucho más allá de la política comercial. El supuesto aumento de aranceles contra Brasil, China y ahora India se presenta como una medida para "defender la industria nacional", pero en realidad revela una lógica de dominación económica típica de lo que Lenin llamó imperialismo, la etapa superior del capitalismo: la búsqueda del control de los mercados y las materias primas por la fuerza, cuando es necesario.

Al imponer aranceles promedio del 50% a los productos industriales brasileños, el gobierno estadounidense no solo perturba las cadenas de producción, sino que también presiona los salarios y el consumo en el Sur Global. Es una guerra de clases a escala planetaria: los trabajadores brasileños y latinoamericanos pagan el precio de la reindustrialización electoral de Trump, mientras que los conglomerados financieros y militares de Wall Street celebran sus ganancias continuas.

Los aranceles no solo afectan al sector manufacturero, sino también a las exportaciones de acero, carne y productos semiacabados, reduciendo los márgenes de beneficio de los pequeños productores y forzando una reconcentración del ingreso en el sector exportador. Marx advirtió que el capital, en su incesante búsqueda de plusvalía, destruye las condiciones mismas para la reproducción de la vida social. El aumento de aranceles es un claro ejemplo: sacrifica el poder adquisitivo de la mayoría y convierte el comercio en un instrumento de coerción política.

Militarización y presión geopolítica

Esta escalada comercial viene acompañada de demostraciones militares, desde una presencia naval cerca de Venezuela hasta el reforzamiento de bases en el Atlántico Sur. El mensaje es claro: el "libre comercio" solo es válido cuando favorece los intereses de Washington. Cuando los países del Sur Global se atreven a buscar autonomía, ya sea dentro de los BRICS o mediante acuerdos con China o Rusia, Estados Unidos responde con sanciones, aranceles y, de ser necesario, buques de guerra.

El imperialismo contemporáneo es híbrido: combina aranceles, tecnología, finanzas y poder militar. Lenin lo describió como la fusión del capital industrial y bancario. Hoy, podemos añadir el capital digital y el complejo militar-financiero. Es la misma lógica, actualizada para el siglo XXI, e incluso con instrumentos más intrusivos, como el control de datos, la manipulación algorítmica y el espionaje industrial.

La alternativa china y el GGI

Si el imperialismo clásico intenta reimponer una jerarquía global, la Iniciativa de Gobernanza Global (IGG), lanzada por Xi Jinping en 2023 y consolidada en la conferencia de Tianjin en septiembre de 2025, surge como una contranarrativa. La IGG propone un multilateralismo eficaz, una cooperación incondicional y una reforma de las instituciones internacionales que tenga en cuenta el peso económico del Sur Global.

Xi ha enfatizado que la gobernanza global debe "reflejar la realidad de un mundo multipolar" y que ninguna nación debe imponer reglas unilaterales a otras. Este discurso tiene eco en los países del Sur Global, incluido Brasil.

Aquí, la lucha de clases adquiere una dimensión internacional: por un lado, el eje financiero-militar que busca preservar privilegios; por el otro, una coalición de países emergentes que busca democratizar el orden mundial. Esta disputa también es ideológica: los medios occidentales presentan al GGI como una amenaza al "orden liberal", cuando en realidad desafía los privilegios históricos de unos pocos países.

Brasil y la Resistencia

Brasil, que atraviesa un momento excepcional de fortalecimiento institucional tras la condena de Jair Bolsonaro y sus generales golpistas, tiene la oportunidad de responder de la misma manera. Lula ya ha dejado claro, incluso en un artículo publicado en el New York Times el domingo 15 de septiembre, que «la soberanía y la democracia no son negociables».

Unirse al GGI puede ser estratégico: implica participar activamente en el desarrollo de nuevas reglas para el comercio, el clima y la tecnología, en lugar de simplemente reaccionar a imposiciones externas. La presencia de Brasil en el BRICS+, sumada a su liderazgo climático, puede servir de puente entre las economías emergentes y los países desarrollados que aún creen en el multilateralismo.

Lucha de clases global

Sin duda, está en juego una lucha de clases globalizada. Por un lado, el capital financiero internacional, respaldado por el poder militar estadounidense, busca perpetuar las tasas de ganancia a costa de la compresión salarial y la transferencia de valor del Sur al Norte. Por otro, una clase trabajadora global cada vez más conectada y consciente, que exige justicia climática, soberanía alimentaria, tecnología accesible y condiciones laborales dignas.

El economista marxista David Harvey nos recuerda que las crisis no son accidentes, sino mecanismos para reconstruir el poder del capital. El aumento arancelario es, por lo tanto, una crisis inducida que busca restaurar la rentabilidad de los sectores industriales norteamericanos a expensas de la periferia. La respuesta debe ser coordinada: sindicatos, movimientos sociales y gobiernos progresistas deben construir un frente común capaz de transformar la indignación en acción política.

Es hora de elegir bando

Ya está claro que el aumento de aranceles de Trump no es solo una medida comercial: es un acto político, una prueba de hasta qué punto el Sur Global aceptará la subordinación. Resistir significa más que negociar excepciones. Implica reorganizar nuestras prioridades internas, invertir en autonomía y construir instituciones multilaterales capaces de enfrentar la ofensiva imperial.

El imperialismo no ha terminado, solo ha cambiado de forma. Y, como en 1916, cuando Lenin escribió su obra clásica, le corresponde a la izquierda denunciar, organizar, luchar y proponer una vía alternativa que devuelva el trabajo, y no el capital, al centro de la vida económica. El IGB de Xi Jinping quizá no sea la panacea, pero abre la puerta a un diálogo histórico que puede liberar al Sur Global de la camisa de fuerza de la dependencia.

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.

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