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roberto amaral

Politólogo y ex Ministro de Ciencia y Tecnología entre 2003 y 2004

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El Tribunal Supremo Federal y el populismo judicial

De un solo golpe, el Supremo Tribunal Federal (STF) revocó dos cláusulas fundamentales de la Constitución: el único párrafo del artículo 1 ("Todo poder emana del pueblo, que lo ejerce por medio de representantes elegidos o directamente, en los términos de esta Constitución"), y el taxativamente referenciado artículo 5, LVII ("Nadie será considerado culpable hasta que medie condena penal firme e inapelable").

La presidenta de la Corte Suprema, Cármen Lúcia, durante una sesión judicial en Brasilia, el 1 de febrero de 2018. REUTERS/Ueslei Marcelino (Foto: Roberto Amaral)

El Tribunal se ha apartado hace tiempo de la dignidad que su papel institucional exige.

Nada faltó en la sesión del 4 de abril, ni las maniobras procesales del presidente, ex profesor de derecho en Minas Gerais, ni siquiera el populismo cansino del ministro Luís Roberto Barroso, el nuevo "Rui Barbosa en compota", para recordar el brío nostálgico y preciso de Leonel Brizola, refiriéndose a otro liberal pomposo y falso.

No sorprende al observador práctico. El Tribunal Supremo Federal se ha apartado hace tiempo de la dignidad que su función institucional exigía, en los pocos momentos en que actuó como garante del orden constitucional.

A él siempre le correspondió, preservándose, recibir todas las órdenes autoritarias que nos cayeron, como la Carta del Estado Novo y los Actos Institucionales de los militares que tomaron el poder en 1964.

En este escenario desalentador, que ha sido expuesto hace mucho tiempo, no sabemos si el Supremo Tribunal Federal, en ese miércoles tristemente memorable, fue un actor o si simplemente, en su pusilanimidad colectiva (siempre con excepción de Ricardo Lewandowski, Celso de Mello y Marco Aurélio), se limitó a cumplir la tarea decretada por sus superiores –esa 'opinión pública' dictada por lo que los medios dicen sobre ella– o por la 'bayoneta' que, en la expresión del siempre lúcido Bernardo Mello Franco, atravesó los delicados y frágiles cuellos de nuestros jueces, cuyas togas negras van camino de otros tonos de gris.

Por cierto, el cobarde silencio del plenario (provocado por la omisión de su presidente) fue roto por la valiente, competente y lúcida voz del decano Celso de Mello, quien presentó la primera parte de su antológico voto como la respuesta del país al insidioso chantaje del entonces comandante del Ejército, seguida de inaceptables pronunciamientos de colegas uniformados y en pijama. Estos amenazaron con las armas que la República confía a las Fuerzas Armadas para defender nuestra soberanía, hoy, ante su dolorosa omisión, víctimas de la acción deletérea del gobierno ilegítimo nominalmente liderado por Michel Temer, también conocido como el "pato cojo".

(Hablando del inquilino del Palacio Jaburu: este caballero se reunió con el comandante del Ejército en la residencia de este último dos días antes del desastroso pronunciamiento. ¿De qué susurraron?)

La sociedad no olvida, o no debería olvidar, el año 1964, cuando otros generales, hablando de democracia y de sus supuestos deberes, hicieron trizas la Constitución de 1946, abolieron elecciones, clausuraron partidos políticos, revocaron mandatos electos, reprimieron derechos individuales, instauraron condenas sin debido proceso, encarcelamientos sin juicio y, en última instancia, torturas y asesinatos.

Al referirse a la impunidad de nuestros tiempos, el general Eduardo Villas Bôas olvida lo peor, lo más grave e insoportable de todo: la impunidad de los militares que, en lo más profundo de la dictadura, en las mazmorras medievales en que se convirtieron muchos cuarteles, torturaron y asesinaron a hombres y mujeres brasileños que tenían una visión diferente de la democracia. Al final, nos dejaron un país destrozado.

Esta impunidad solo es posible gracias a la presión que las Fuerzas Armadas aún ejercen sobre la República, prefiriendo identificarse no con el orden democrático y civil que todos anhelan, sino con las peores consecuencias que nuestro pueblo y nuestro país han sufrido durante los 21 años de dictadura que lideraron. Esta impunidad continúa hoy, con oficiales bajo el mando del general Villas Bôas, figuras políticas habituales.

Sólo podemos esperar que la oportuna declaración del comandante de la Fuerza Aérea no sea "una excepción".

Los dos acontecimientos –la amenaza del comandante del Ejército al orden democrático y la agresión de la Corte Suprema a la Constitución– anticipan tanto el fortalecimiento del golpe de 2016 como, en su creciente derechización, las frecuentes amenazas que pesan sobre el proceso electoral de este año, puesto en tela de juicio desde su inicio.

¿O es la proscripción de Lula el precio que exige la clase dominante para permitir la celebración de elecciones?

Las protestas de 2013, anunciadas como la "Primavera Brasileña" cuando exigían la ampliación del espacio democrático, ahora presencian el estrechamiento de la soberanía popular, precisamente porque el Poder Judicial, fuera del marco del Estado democrático de derecho, decide quién puede y quién no puede ser candidato y elimina formalmente de la elección al candidato que lidera las encuestas, dejando a millones de votantes sin apoyo. 

La democracia representativa no es un sistema serio que permita a sus jueces –cuya falta de preparación puede ser simbolizada por el ministro Alexandre de Moraes y su discurso divagante– ocupar el lugar que la Constitución dice que pertenece al pueblo.

De un solo golpe, el Supremo Tribunal Federal revocó dos cláusulas fundamentales de la Constitución: el único párrafo de su artículo 1 ("Todo poder emana del pueblo, que lo ejerce por medio de representantes elegidos o directamente, en los términos de esta Constitución"), y el taxativamente referenciado artículo 5, LVII ("Nadie será considerado culpable hasta que medie sentencia condenatoria penal firme e inapelable").

Y todo seguirá como antes en el cuartel de Abrantes: la gente, asustada, entendiendo muy poco de lo que oculta la pomposa jerga legal, mal informada por los "expertos" de los medios de comunicación, espera una señal de sus líderes. Pero estos parecen aún más asombrados.

Esto explica la calma en las calles.

Durante la crisis de 2015, el gobierno quedó paralizado, en manos del insuperable Eduardo Cunha, que tomó el control de la política cuando ocupábamos la Presidencia de la República.

En 2016, estábamos a merced de un Congreso en el que éramos minoría y, al final, el destino de Lula y del PT (y, en consecuencia, el destino de la izquierda electoral) quedó en manos de la señora Carmen Lúcia, quien, con la competencia que era evidente, evitó poner en la agenda dos acciones genéricas (informadas por el ministro Marco Aurélio) que cuestionan la prisión tras una sentencia de segunda instancia.

Se sabe que estas acciones contarían con el voto favorable de la indecisa jueza Rosa Weber. Esta maniobra fue denunciada públicamente por la descontenta jueza.

Además, el voto de la jueza Weber es un asunto que se despide de la ley y cae en el diván de Freud. Se pronunció en contra del encarcelamiento tras una condena en segunda instancia, pero, al ver que sus colegas estaban a favor de esta interpretación, decidió, por "colegialidad", denegar el recurso de hábeas corpus interpuesto por el expresidente.

 Mientras tanto, el ministro Barroso, argumentando que la teoría de la mutación constitucional —conocida por los estudiantes de primer año de Derecho desde que Adán decidió comerse la manzana— es un descubrimiento propio, invoca el derecho del Poder Judicial, como intérprete de la ley y de la Constitución, a simplemente rehacer ambas, una tarea que el Estado democrático de derecho reserva al poder legislativo y a la asamblea constituyente, algo que ni él ni sus colegas, individual o colectivamente, pueden ser, ya que carecen del aliento legitimador de la soberanía popular.

Denunció a los sabelotodo, desacreditando la miseria del sistema penitenciario brasileño, descubrió que la mayoría de los presos eran pobres y negros, criticó los procedimientos penales y civiles, criticó la lentitud del Poder Judicial y, basándose en hallazgos bien conocidos, afirmó que todos los males que nos aquejan provienen del texto del atacado artículo 5, LVII, de la Constitución. Y que el Tribunal Supremo, para salvarnos, debería declararlo perentorio. Por lo tanto, el magistrado autorizó el encarcelamiento de Lula. De esto, en su lógica de cantina, se concluye que, con la Constitución revocada y Lula llevado al cadalso, habremos instaurado el cielo en la tierra.

Para la supervivencia de la izquierda brasileña, de nada servirá simplemente identificar al enemigo y atribuirle los problemas que padece hoy y los males que vendrán, que los más sabios saben leer en las nubes.

 Es crucial y urgente evaluar críticamente su estrategia puramente reactiva, sus tácticas desligadas de los proyectos finales y sus alianzas fraudulentas. En resumen, es necesario reconocer el fracaso político de 2016 y, a partir de ahí, identificar sus causas, para no repetir en 2018 los errores que nos llevaron a depender repetidamente de nuestros adversarios.

Pero, sobre todo, es necesario unir todas las fuerzas disponibles, disipar desacuerdos y disputas, y comprometerse con un proyecto de unidad en la acción. Ya sea en las calles o fuera de la campaña, libre o en prisión, Lula seguirá siendo el mayor activo político de las fuerzas populares, un liderazgo que solo encuentra paralelo en la historia de Getúlio Vargas.

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.