El verano moral de Brasil
El país revive la lógica punitiva del Lava Jato mientras parte de la izquierda repite el moralismo que ya la hirió y transforma la política en un tribunal permanente.
Raquel de Queiroz diría que, en vísperas del año más decisivo de la política brasileña reciente, el cielo del país se volvió transparentemente "doloroso, vibrante, tembloroso, como una gasa estirada". Pero hay algo en este clima que no se limita solo a la temperatura. La sensación es familiar, como si estuviéramos en 2015, en ese Brasil donde el sudor se pegaba a la piel mientras la histeria moral se apoderaba de la esfera pública. Los entornos físicos y políticos parecen resonar entre sí: sofocantes y tensos.
Esa experiencia reorganizó la esfera pública. La operación dejó de ser un procedimiento técnico y comenzó a operar como un lenguaje moral. Cualquiera que se enmarcara en esta narrativa era inmediatamente deshumanizado, transformado en un personaje alegórico de la maldad brasileña. El proceso penal dejó de ser una mediación para convertirse en un instrumento directo de castigo simbólico. La prensa sirvió como correa de transmisión de esta gramática, y la opinión pública fue educada para confundir la justicia con el espectáculo.
Es este mismo mecanismo el que reaparece ahora. La diferencia radica en que el guion ya se conoce, y sin embargo se consume como si fuera nuevo. El caso del Maestro y el ataque dirigido a Alexandre de Moraes reaparecen envueltos en la misma retórica de purificación, el mismo clima de sospecha permanente, la misma ansiedad colectiva por culpables ya establecidos. La conmoción se produce antes de los hechos, y la condena precede a cualquier examen crítico. No se trata del legítimo deseo de esclarecimiento. Se trata del restablecimiento de una economía política del escándalo.
Este moralismo no solo se encuentra en el discurso conservador. También permea a sectores de la propia izquierda, especialmente a aquellos que se consideran guardianes de una pureza inquebrantable. Existe un tipo de activismo que espera con ansias cualquier fisura, cualquier ruido, cualquier episodio ambiguo que pueda utilizarse como combustible para desestabilizar gobiernos de coalición y experimentos reformistas. La lógica es siempre la misma: exponer al aliado como si fuera el enemigo, elevar la crítica actual a la categoría de denuncia moral absoluta y reivindicar el papel de conciencia superior del proceso histórico.
El gesto no es meramente político. Es performativo. Hay un placer en ocupar esta posición de superioridad ética, como si fuera posible conducir el caos hacia un clímax sádico que, mediante algún mecanismo casi místico, produciría una solución disruptiva. La apuesta implícita es que el deterioro de las mediaciones institucionales allanaría el camino para un cambio radical. Lo que se olvida es que, históricamente, el colapso rara vez beneficia a quienes lo desean. Con frecuencia, fortalece a las fuerzas más autoritarias y organizadas, adaptadas al uso estratégico de la destrucción.
Esta izquierda moralizadora repite el mismo error de hace una década. En aquel entonces, adherirse al discurso punitivo parecía una forma de afirmar la superioridad ética sobre el sistema político. Hoy, la lógica se repite con nuevos signos. En lugar de impugnar el proyecto, la disputa se organiza en torno a la acusación y el sacrificio simbólico de figuras públicas, incluso cuando sirven al mismo bando que, en teoría, pretenden defender. El moralismo emerge como un atajo identitario. No requiere comprender la complejidad del gobierno, la correlación de fuerzas ni las limitaciones estructurales. Basta con señalar con el dedo, denunciar y dramatizar.
El resultado es paradójico. Al atacar a los gobiernos reformistas por no ajustarse al ideal imaginado, estos sectores terminan reforzando el mismo mecanismo que históricamente ha impulsado los avances reaccionarios. El campo progresista se debilita desde dentro, transformando sus divergencias en un tribunal permanente y brindando a las fuerzas conservadoras la oportunidad de captar el descontento social. La crítica, que podría ser un instrumento de construcción, se convierte en un motor de desintegración. La política desaparece y el moralismo ocupa su lugar como una falsa promesa de redención.
No es casualidad que el clima parezca repetirse junto con el patrón de comportamiento público. El país vuelve a coquetear con el mismo abismo, como atrapado en una repetición histórica que insiste en regresar hasta que la experiencia sea procesada. El recuerdo de la Lava Jato aún no se ha transformado en aprendizaje colectivo. Permanece como estrés postraumático, un fantasma, y el fantasma siempre encuentra un nuevo cuerpo que habitar.
Parte de la prensa que se proclama progresista se adhiere a este movimiento sin percatarse de que repite el mismo mecanismo que contribuyó a erosionar la democracia hace diez años. La cobertura abandona la prudencia analítica y adopta un tono de acusación insinuada. Los titulares construyen causalidades endebles que se graban en la memoria pública antes de que se presenten pruebas sólidas. El periodismo, que debería ser escéptico, comienza a actuar como una extensión narrativa del aparato investigativo, naturalizando la lógica de la excepción como si fuera la normalidad institucional.
Cuando la izquierda sucumbe de nuevo al moralismo que ya la ha herido, y cuando la prensa retoma su gusto por las acusaciones infundadas, no nos enfrentamos a un nuevo error. Nos enfrentamos a la incapacidad de aprender del trauma. Quizás lo aterrador en este momento no sea solo la presión que pesa sobre el país, sino la facilidad con la que reactiva viejos reflejos. La historia no regresa como farsa o tragedia. Regresa como hábito, y, como en las páginas de Raquel de Queiroz, el país avanza a paso de tortuga, como un fantasma, entre las figuras sombrías de la era política, sin darse cuenta de que repite el mismo camino.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.



