Los días de ira de Trump
Al igual que en su primer mandato, Trump mantiene su propio estilo de diplomacia bilateral impulsiva, impredecible y enérgica.
Por José Reinaldo Carvalho - En su segundo mandato presidencial, que comenzó hace menos de un mes, Donald Trump despliega una especie de furia. Hace declaraciones explosivas con retórica agresiva, realiza gestos histriónicos, defiende conceptos reaccionarios y emite órdenes ejecutivas antidemocráticas que violan la soberanía nacional de otros países y el derecho internacional.
Al igual que en su primer mandato, Trump mantiene su propio estilo impulsivo e impredecible de diplomacia bilateral directa, una "diplomacia" de fuerza que socava las organizaciones multilaterales, utilizando la comunicación directa y pública a través de las redes sociales para presionar a otros países y líderes, incluidos los aliados tradicionales de Estados Unidos. Trump ha adoptado una postura abiertamente hostil hacia las instituciones multilaterales, buscando reforzar el unilateralismo estadounidense. Esta conducta se ha materializado en la retirada del país de organizaciones como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, alegando que estas entidades no defienden los intereses estadounidenses. Este desprecio por las agencias de la ONU refleja una negativa a aceptar las normas internacionales que limitan la capacidad de Estados Unidos para actuar según sus intereses imperialistas.
En su afán por “hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande”, demuestra su determinación de entrar en conflicto con otras naciones e infunde terror en la humanidad, temerosa de lo que podría resultar de su locura simulada y coreografiada.
Pero ¿qué se esconde tras estas apariencias? ¿Cuáles son los factores que impulsan la fase actual de la situación política internacional? El mundo contemporáneo está marcado por un conjunto de factores estructurales y sistémicos inherentes a la crisis del capitalismo, el declive del imperialismo estadounidense y el auge de nuevas potencias que compiten por una presencia en el escenario global. El surgimiento de un nuevo acuerdo geopolítico multipolar, manifestado a través del fortalecimiento de países como China, Rusia, India y otras naciones del Sur Global, y alianzas con naciones como los BRICS, la OCS y la CELAC, hace inviable el ejercicio de la hegemonía exclusiva de Estados Unidos.
En este contexto, el ascenso de Donald Trump al poder en Estados Unidos ha intensificado la ofensiva imperialista, que busca frenar este declive mediante una política agresiva y reaccionaria. El presidente ha implementado una estrategia de confrontación abierta con las fuerzas progresistas y las potencias emergentes, aplicando una política exterior basada en la fuerza, las relaciones bilaterales asimétricas y la injerencia en naciones soberanas.
La retórica de "Hacer a Estados Unidos Grande de Nuevo" refleja los intereses de poderosos grupos del capital financiero monopolista, que ven el unilateralismo y la fuerza como la única forma de garantizar la perpetuación de la supremacía estadounidense. La política de perseguir la primacía y la excepcionalidad de los intereses estadounidenses a toda costa y la obsesión por imponer su liderazgo mundial en cada palabra y gesto del ocupante de la Casa Blanca se ha reafirmado enfáticamente, incluyendo la ambición de apropiarse de un país vecino, Canadá, el control de Groenlandia y el Canal de Panamá, y la estrategia de recuperar la fortaleza económica mediante la imposición de aranceles. En este contexto, México y los países centroamericanos se sienten amenazados por la virulencia de la política de seguridad fronteriza destinada a frenar la inmigración ilegal. Por otro lado, la imposición de sanciones económicas y el intento de subordinar a los aliados reflejan el intento de obstaculizar el avance de las naciones que defienden su soberanía y un modelo de relaciones internacionales basado en el derecho internacional y el multilateralismo.
La administración Trump no oculta su objetivo de contener a China, lo que implica tomar medidas para frenar su impetuoso desarrollo y su creciente progreso en la modernización socialista, objetivos a los que la China liderada por el Partido Comunista jamás renunciará. Todo indica que la guerra económica contra China será uno de los pilares de la política económica de Trump, marcada por aranceles unilaterales, restricciones tecnológicas e intentos de desestabilizar la economía del país rival. Todo indica también que, a pesar de la inestabilidad que podría provocar en la economía global, es probable que esta política fracase.
La economía global está altamente interconectada, y Estados Unidos y China son dos de los principales socios comerciales del mundo. La imposición de aranceles y barreras comerciales afecta no solo a China, sino también a las empresas y consumidores estadounidenses, quienes dependen de productos y componentes chinos. Muchas cadenas de suministro globales están integradas, lo que significa que los aranceles sobre los productos chinos incrementan los costos para las empresas estadounidenses que dependen de estos insumos.
China cuenta con una economía diversificada y un mercado interno sólido, lo que la hace menos dependiente de las exportaciones a Estados Unidos. Además, el gobierno chino tiene la capacidad de implementar medidas de estímulo económico y políticas de apoyo para las empresas afectadas por aranceles. China también ha buscado diversificar sus socios comerciales incrementando sus exportaciones a otros países.
Los aranceles impuestos por Estados Unidos resultarán en mayores costos para los consumidores y las empresas estadounidenses, especialmente en sectores como la agricultura, la manufactura y la tecnología. Esto ha provocado aumentos de precios y una menor competitividad de los productos estadounidenses.
China tiene un poderoso arsenal de represalias que podría afectar a la economía estadounidense en múltiples sectores.
Es un engaño suponer que Estados Unidos puede reducir su déficit comercial con China mediante una guerra comercial. Muchos productos chinos son esenciales y no tienen sustitutos inmediatos, lo que dificulta que Estados Unidos reduzca su dependencia.
El objetivo del nuevo mandato de Trump es ejercer un imperialismo aún más exacerbado, buscando reafirmar la primacía de los intereses estadounidenses y asegurar la perpetuación de su influencia global. Su retórica ultranacionalista, en realidad, busca restaurar el papel de Estados Unidos como única superpotencia que domina la economía y la política global, lo cual solo es posible con una orientación conservadora y una política exterior agresiva.
Pero el surgimiento de la multipolaridad, impulsado por el fortalecimiento de potencias como China, plantea un desafío estructural al orden imperialista tradicional. La resistencia al dominio estadounidense sigue siendo blanco de ataques e intentos de contención, lo que demuestra que la lucha por la soberanía nacional y el desarrollo independiente sigue siendo un eje central de la situación global.
En Oriente Medio, la política de Trump parece ser de apoyo total a los expansionistas genocidas de Israel, exacerbada en los últimos días por la descarada propuesta de limpieza étnica de Palestina. El apoyo irrestricto al gobierno israelí y la marginación de las demandas palestinas demuestran la persistencia de la lógica imperialista de subyugar a pueblos y naciones en beneficio de aliados estratégicos. Para ejercer dominio en la región en complicidad con Israel, Trump mantiene una política de hostilidad hacia Irán, pero los indicios de cómo actuará son aún incipientes. Deberá afrontar el reto de fortalecer las relaciones de Israel con algunos regímenes árabes reaccionarios en un contexto en el que estos, aunque pasivamente, se distancian del genocidio contra los palestinos. En la nueva situación regional, la presencia e influencia de China, garante de un importante pacto entre Irán y Arabia Saudí, y su pertenencia al BRICS, cada vez más reconocida como una fuerte expresión de los intereses del Sur Global, son innegables.
Respecto a Rusia, es evidente que la postura política de Trump es predominantemente pragmática. Sin embargo, todo dependerá de los términos y el ritmo de las próximas negociaciones sobre el conflicto en Ucrania. Sus altisonantes declaraciones sobre el papel pasado y presente de ambas naciones, si bien demagógicas, denotan su intención de jugar la carta rusa para aislar al enemigo principal.
En el ámbito interno, Trump está implementando medidas antisociales y antidemocráticas, profundizando las desigualdades y promoviendo una agenda ultraconservadora, lo que generará contradicciones y desencadenará conflictos dentro de la sociedad estadounidense.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.



