María Luisa Falcao Silva avatar

María Luiza Falcão Silva

Doctorado por la Universidad Heriot-Watt, Escocia. Profesor jubilado de la Universidad de Brasilia. Miembro del Grupo Brasil-China sobre Economía del Cambio Climático (GBCMC) en Neasia/UnB. Autor de *Modern Exchange Rate Regimes, Stabilization Programs and Coordination of Macroeconomic Policies*, Ashgate, Inglaterra.

169 Artículos

INICIO > blog

Petróleo, poder y saqueo.

La situación en Venezuela expresa el retorno explícito del imperialismo bajo Trump.

Buque petrolero en el Lago de Maracaibo, Venezuela - 14/10/2022 (Foto: REUTERS/Issac Urrutia)

Trump ordena un bloqueo total de los petroleros venezolanos. La excusa es derrocar a Nicolás Maduro o combatir el narcotráfico. Finalmente, admite que el interés está en el petróleo.

La declaración del presidente estadounidense de que el despliegue naval estadounidense en el Caribe "seguirá creciendo" hasta que Venezuela devuelva "todo el petróleo, las tierras y otros activos que le robaron a Estados Unidos" no es un desliz retórico ni una bravuconería aislada. Es una declaración políticamente consciente e históricamente contextualizada que revela profundamente un peligroso punto de inflexión en el orden internacional.

Al abandonar cualquier pretensión legal o diplomática, Trump está expresando una concepción colonial del poder que muchos en Washington siempre han practicado, pero que rara vez han articulado de una manera tan cruda.

La nacionalización de 1976

Esta afirmación carece de fundamento en el derecho internacional. El petróleo venezolano siempre ha pertenecido al Estado venezolano, especialmente tras la nacionalización de 1976, que creó Petróleos de Venezuela, S.A. (PDVSA) con la función de concentrar la exploración, producción, refinación y comercialización del petróleo, que constitucionalmente pertenece al Estado venezolano.

La creación de PDVSA marcó una ruptura con un modelo en el que grandes multinacionales extranjeras, especialmente estadounidenses, controlaban la principal riqueza del país en condiciones muy favorables a sus propios intereses. Desde entonces, la empresa se ha convertido en un símbolo de la soberanía venezolana sobre sus recursos naturales, razón por la cual se ha convertido en blanco central de sanciones económicas, disputas políticas e intentos externos de deslegitimación.

No existe ningún tratado, fallo, arbitraje ni precedente legal que permita a Estados Unidos reclamar recursos naturales de otro país soberano. La Carta de las Naciones Unidas (ONU) prohíbe explícitamente la amenaza o el uso de la fuerza contra la integridad territorial y los recursos de cualquier Estado. Por lo tanto, lo que Trump anuncia no es un derecho: es una falacia.

La falsa narrativa: cuando la soberanía se convierte en “robo”

La "base histórica" ​​invocada por Trump no es legal, sino ideológica. Se basa en una reinterpretación imperial de la historia del petróleo en América Latina, según la cual los períodos en que empresas extranjeras —en su mayoría estadounidenses— explotaron recursos naturales en condiciones extremadamente favorables se consideran una especie de derecho natural perpetuamente violado.

Durante gran parte del siglo XX, las compañías petroleras estadounidenses operaron en Venezuela, pagando regalías insignificantes y ejerciendo influencia directa sobre las decisiones políticas internas. La nacionalización del petróleo, un acto soberano común a varios países productores, se reescribe en esta narrativa como "expropiación", "confiscación" o, en el vocabulario de Trump, "robo". Lo que se omite deliberadamente es que la soberanía sobre los recursos naturales es un principio bien establecido del sistema internacional desde la posguerra.

Esta inversión semántica es central: cuando un país del Sur Global ejerce soberanía, “roba”; cuando el Norte explota, “invierte”.

La Doctrina Monroe revisitada: América Latina como territorio disponible

La declaración de Trump reactiva, sin mediación, la Doctrina Monroe en su versión más agresiva. Formulada en 1823, se transformó gradualmente, a lo largo del siglo XX, en un instrumento para legitimar la hegemonía estadounidense sobre Latinoamérica. El subtexto siempre ha sido claro: la plena soberanía solo existe mientras no contradiga los intereses estratégicos de Washington.

Trump rompe con la retórica contemporánea de «colaboración», «cooperación» o «defensa de la democracia» y retorna al lenguaje directo del poder imperial. Al hablar de «tierra», «petróleo» y «activos», reposiciona la región como un espacio disponible, susceptible a la coerción militar y la apropiación económica. Es un lenguaje prewestfaliano.

Los Tratados de Westfalia, firmados en 1648, consagraron el principio de soberanía estatal e igualdad jurídica entre los Estados. Anteriormente, las guerras se libraban como disputas patrimoniales: los territorios, las tierras y los recursos naturales se consideraban botín legítimo de conquista, no propiedad de naciones soberanas. Trump revive esta lógica arcaica, típica de las guerras coloniales y de conquista, anterior a la idea moderna de soberanía, en la que la fuerza sustituye al derecho y la posesión se deriva del poder militar, no de la legalidad internacional.

Las sanciones como arma de expropiación

Otro elemento central de este mecanismo es el uso de sanciones económicas como instrumento de saqueo indirecto. El caso venezolano es ejemplar. Primero, estrangulan la economía, obstaculizan las exportaciones, bloquean las transacciones y reducen drásticamente la capacidad operativa del Estado. Luego, el colapso resultante se atribuye exclusivamente al "régimen". Finalmente, se congelan, confiscan o transfieren activos en el extranjero, como ocurrió con CITGO Petroleum Corporation, una empresa de refinación, transporte y distribución con sede en Estados Unidos e históricamente controlada por PDVSA, la petrolera estatal venezolana.

Durante décadas, CITGO funcionó como el principal brazo de Venezuela en el mercado norteamericano, permitiendo el acceso directo a la refinación y distribución del petróleo pesado venezolano. Tras las sanciones impuestas por Estados Unidos, el control efectivo de la compañía fue retirado de PDVSA y puesta bajo administración vinculada a la oposición venezolana reconocida por Washington, convirtiendo a CITGO en uno de los ejemplos más emblemáticos de cómo las sanciones económicas han llegado a operar como instrumento para la expropiación de activos de un Estado soberano en el extranjero.

Esto crea una lógica perversa: el castigo económico genera retrospectivamente un supuesto derecho a la propiedad. Trump simplemente explicita el último paso de esta escalada al sugerir que la coerción militar serviría para "recuperar" activos que nunca pertenecieron a Estados Unidos como Estado, sino a empresas privadas estadounidenses e intereses geopolíticos específicos.

El precedente global: de Irak a Libia, ahora sin barniz.

Existen claros paralelismos con intervenciones anteriores. En Irak, la retórica de las "armas de destrucción masiva" enmascaró una guerra que reorganizó el control del petróleo. En Libia, la destrucción del Estado allanó el camino para la fragmentación y la lucha por los recursos energéticos. La diferencia ahora radica en que Trump prescinde de justificaciones morales. No habla de democracia, derechos humanos ni lucha contra el terrorismo. Habla de petróleo. Habla de tierras. Habla de activos.

Este cambio es peligroso porque normaliza, en el discurso público, la idea de que la fuerza militar puede reemplazar al derecho internacional como mecanismo legítimo para acceder a recursos estratégicos.

El impacto regional: el Caribe, América del Sur y Brasil.

Para Sudamérica, la señal es alarmante. La militarización del Caribe aumenta el riesgo de inestabilidad regional, presiona a los países vecinos y reduce el margen de maniobra para soluciones diplomáticas. Aún más grave, sienta un precedente que podría aplicarse a otros países ricos en recursos naturales, incluido Brasil.

Brasil no es un jugador neutral en este tablero. Posee grandes reservas de petróleo, minerales estratégicos, biodiversidad y agua dulce. La normalización del discurso de Trump debilita el sistema internacional que, con todas sus limitaciones, aún ofrece cierta protección legal a los países periféricos. Cuando el saqueo se verbaliza nuevamente como política legítima, el mensaje es claro: el desarrollo, la soberanía y la autonomía se consideran obstáculos.

Una última advertencia

La declaración de Trump no debe interpretarse como mera retórica, sino como un síntoma. Revela un mundo en el que la hegemonía en declive abandona las reglas que ayudó a construir. Para economistas, diplomáticos y responsables políticos del Sur Global, la advertencia es inequívoca: la lucha por los recursos estratégicos ha entrado en una fase más abierta, brutal y menos regulada.

Defender la soberanía, la legalidad internacional y la integración regional ya no es sólo un ideal normativo, sino una necesidad estratégica.

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.

Artigos Relacionados