Pobre país donde los medios de comunicación y la justicia inspiran odio y repugnancia.
Es duro, después de haber dedicado buena parte de la vida a la lucha por la democracia, la igualdad y la justicia social, llegar a la inexorable conclusión de que la justicia ya no existe y que el monopolio que controla los medios de comunicación ha perdido todos los escrúpulos y ha emprendido una ofensiva sin cuartel contra los adversarios políticos de la clase dominante.
Es imposible no recordar el famoso exabrupto del Dr. Ulisses Guimarães, cuando la prensa le pidió que comentara uno de los innumerables ataques del régimen militar contra las libertades y garantías fundamentales: "Siento odio por la dictadura. Odio y repugnancia".
El domingo 8 de julio, al final de la nerviosa anticipación que contrastaba con claridad impactante el Brasil de los demócratas, progresistas, legalistas y nacionalistas contra el país de los golpistas, vendidos, fascistas, ladrones de riquezas nacionales y manipuladores de información, un último sentimiento me asaltó antes de que la adrenalina disminuyera y finalmente lograra dormirme: el odio y el asco que siento por los medios mafiosos y el sistema de justicia de mi país.
Huelga decir que no hay motivo de alegría al notar que este sentimiento reside en lo más profundo del alma. Pero es imposible contenerlo.
Aun en solidaridad con las víctimas de la dictadura judicial-mediática que asola nuestra nación, me encuentro cada vez más distante, filosófica y políticamente, del conformismo cristiano de poner la otra mejilla o entregar todo en manos de Dios.
Es duro, después de dedicar buena parte de la vida a la lucha por la democracia, la igualdad y la justicia social, llegar a la inexorable conclusión de que la justicia ya no existe y que el monopolio que controla los medios de comunicación ha perdido todos los escrúpulos y se ha embarcado en una estrategia sin cuartel contra los adversarios políticos de la clase dominante.
Se trata de un uso flagrante y criminal de una concesión pública para servir al nuevo tipo de dictadura que se ha instaurado tras el golpe de Estado de 2016.
Globo, el mayor enemigo de Brasil y de los brasileños, se superó a sí mismo el 8 de julio. Durante prácticamente todo el día, sus periodistas charlatanes y juristas cumplieron meticulosamente su papel de militantes de la causa del oscurantismo y los ataques a la Constitución.
Cada ilegalidad cometida por el juez descontrolado Sérgio Moro y los Gebran y Thompson Flores de este mundo fue celebrada por los incultos sirvientes de la familia Marinho. Cabe destacar que ni siquiera se ruborizaron de vergüenza al aventurarse en el mundo del análisis legal. Como lo importante es mentir y distorsionar para complacer a sus jefes, estos profesionales jamás rendirán cuentas por la impresionante cantidad de disparates y absurdos legales que escupieron durante la programación dominical.
Y como la degradación del periodismo no tiene límites, continuaron en la misma línea durante toda la semana: el juez Favreto es sospechoso por su afiliación al PT en el pasado, pero los vínculos públicos y notorios de Alexandre Moraes, Gilmar Mendes y Moro con el PSDB nunca se consideraron un problema ni motivo de inhabilitación. Un juez de turno no puede conceder el habeas corpus, pero los jueces y magistrados en vacaciones pueden desafiar la Constitución a voluntad.
El sistema judicial y los medios de comunicación avanzan implacablemente hacia la destrucción de la nación. La anarquía institucional ya es una realidad. Como pregunta el valiente periodista Luis Nassif, ¿quién podrá capturar a la bestia que anda suelta?
Tomando prestada una expresión que mi difunto padre usaba cuando se enfrentaba a situaciones que requerían anticipar la acción del enemigo: "necesitamos tenerlos a ellos para almorzar antes de que ellos nos tengan a nosotros para cenar".
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.

